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Éxodo forzado al atardecer

Vista reciente de la desparecida Villa Richardson

 

Quedé azorado. Mamá preparaba el mate cocido con pan mientras nos acomodábamos alrededor de la mesa. Seguíamos jugando y discutíamos sin ponernos de acuerdo.

 

 

El Leo, mi hermano, quería correr carreras con un autito en cada mano y yo con uno, nomás, total el mío le gana a cualquiera. De pronto nos detuvimos en seco. Un golpe lacerante recorrió la pieza.

 

 

Sólo en dos oportunidades había experimentado algo semejante. En una de ellas, papá anunció así su llegada antes de descargar los cartuchos de la escopeta contra un blanco móvil: mi mamá.

 

 

Por suerte esa tarde estaba lo suficientemente borracho cómo para que los tiros se perdieran por los techos. La última ocurrió cuando la policía vino a buscar al Tero, mi primo, por un choreo.

 

Está vez era distinto. Al ruido seco y cortante de la chapa desvencijada acude un sonido penetrante, marcado por la urgencia. Atinamos a cruzar miradas y el Leo me tomó la mano. Quiero abrazar a mamá pero ella camina hacia la puerta.

 

El golpe vuelve a estallar más fuerte que en la primera ocasión. Corrido el cerrojo, la hoja de chapa cede. No podíamos pensar. No sabíamos qué hacer. Una turba de policías armados y otros de civil nos obligan a salir. Mamá, fuera de sí, solloza. Se toma pequeñas pausas para gritar: “¡¡¿Ahora qué pasa?!! ¡¡¿Qué hemos hecho!!?”.

 

El Leo se quedó con un autito, lo esconde en su mano izquierda, tiene miedo y no quiero perderlo. No se donde está el mío. Temblamos sobre una pirca al lado de la polvareda que levanta la batalla campal. Seguimos la escena llenos de ira y rencor contenido. Entonces aparece.

 

Desde el acoplado de un celular policial se desliza por la rampa, gira a la izquierda y emprende una carrera desenfrenada contra el barrio. Tiene una boca enorme, dientes frondosos y afilados.

 

La pieza de Cuca y don Mario es su primera víctima. Tras dos zarpazos voraces se desploma como un castillo de naipes. Continua su marcha inexorable hiriendo de muerte la casa de la Mari, le sigue la del tío Juan. La casilla del viejo Lucho casi no opone resistencia.

 

El otro

El clima es tenso. Algunos ocupantes se resisten con violencia, parapetados en los ranchos, gritando sus razones ante la mirada petrificada de mis compañeros de la seccional.

 

El Subcomisario nos organizó en dos grupos: la mitad hacemos una barrera de contención para que no pasen los villeros y los demás se encargan de desalojar a los que quedaron en las casillas, si es necesario por la fuerza.

 

Por seguridad conducimos a los menores hacia la entrada del asentamiento mientras otros sujetos no identificados de sexo femenino y algunos septuagenarios intentan desbaratar el operativo. 

 

El Sub vuelve sobre sus pasos y supervisa cada movimiento desde lejos, no se quiere ensuciar las manos. Menos ahora que llega la televisión. Observo a mis superiores, los invade la satisfacción: la tarea es un éxito.

 

A la espera de una provocación, entre gestos adustos y sonrisas cómplices, vigilamos de cerca, sin perder pisada, esperando un paso en falso para descargar la furia contenida. Nada de eso ocurre. Los villeros quedan perplejos. No tienen más fuerza para pelear.

 

Un silencio espectral se apodera del lugar. El tiempo queda suspendido hasta que un grito bañado de dolor quiebra la espesura del aire. La tierra parece partirse al medio y la ex Villa Richardson muestra su rostro más siniestro.

 

Aquel llanto del alma comienza a tener eco entre las mujeres. Catarsis de impotencia que dura apenas unos segundos, lo suficiente para hacerles recobrar la respiración.

 

 

Los subimos a los móviles. El personal del Ministerio de la Solidaridad les promete otro barrio, casas nuevas, un título de propiedad. Parten raudamente hacia los suburbios del sur donde está el nuevo asentamiento construido por el gobierno. Me quedo haciendo los trámites de rigor. Nunca volví a saber de ellos.

 

 

 

 

 

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