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Cruz de Caña

Fiestas patronales en Cruz de Caña. Musica, baile y un tetra que no se entrega.

Fiestas patronales en Cruz de Caña. Musica, baile y un tetra que no se entrega.

Cerré la tranquera y me acomodé en el asiento trasero del auto para saborear el pan recién horneado por los hijos de Gallina. Estaba deliciosamente esponjoso y el hambre me carcomía las entrañas. La Negra se detuvo en el vado para ver si la creciente había cedido. Ya no quedaban paisanos de La Candelaria del otro lado, tampoco la policía bloqueaba el paso.

El auto siguió bordeando la falda de los cerros. La noche era cerrada y los faros del vehículo iluminaban los pasos de la gente que caminaba rumbo al polideportivo. La procesión se realizaba en total oscuridad debido a la ausencia de alumbrado público.
Nos detuvimos frente a la única cancha de futbol –una zona relativamente alta-, y caminamos entre la maleza con los celulares en mano buscando una señal que no llegó. Llevábamos 2 días de desconexión total.

Cinco minutos después nos detenemos frente al pórtico de la capilla: la sala está abierta e iluminada con lámparas blancas y amarillas. Reina el silencio sepulcral de siempre. No quedan rastros de la maratónica jornada de bautismos y comuniones que hoy movilizaron al pueblo como cada 6 de enero.
Frente a la capilla está la comuna y, a su lado, el polideportivo. Ante el portón que bloquea el ingreso hay puestos de venta ambulante atendidos por jóvenes africanos negros. La esposa del intendente cobra las entradas, invita a pasar y hasta te ofrece una mesa.
Sobre el playón de cemento se extienden hileras de tablones de madera y mesas de plástico de esas que abundan en patios y jardines. Hay un escenario a 2 metros de altura de la pista y 3 metros más arriba un enorme tinglado de zinc: la última gran obra del jefe comunal.

Todavía es temprano. Los lugareños, repartidos entre las mesas, se dedican a charlar sin quitar la vista del escenario a la espera de que aparezca la animadora anunciando el comienzo de la fiesta. La ansiedad viene ganando la partida.
Me ofrezco a buscar algo de comer y mientras atravieso el playón hacia la barra esquivo niños y perros. Los paisanos, hombres de rostros duros curtidos por el sol y el trabajo en el campo, me miran con interés: la cara, el cabello, las ropas de forastero. Por un momento me acuerdo de los africanos que liquidan anteojos de sol meidin china en la puerta del predio.

Menú: choripán y vino toro –en caja-. Se abre con los dientes y se rebaja con coca para diluir el efecto etílico. Suena música en vivo. Los primeros bailarines se arremolinan sobre un planchón de cemento que hace las veces de pista improvisada.
El grupo quitapenas es el número de fondo. Su líder -un sexagenario delgado de pelo blanquísimo que le cae sobre los hombros-, disimula el paso del tiempo con una camisa abierta a la altura del pecho, jeans ajustados y el oleaje de su abundante cabellera. Se mueve –decidido- entre sus músicos: baila y se sacude todo el tiempo como si no pudiera detenerse, como si fuera a caer rendido si lo hiciera.

Más allá del escenario las parejas dan vueltas por el playón al ritmo de la cumbia, el cuarteto, la tarantela, como si se tratara de un gran plato giratorio. Está el que baila estrechando los hombros pero los pies no le responden, está la chica de las mejillas encendidas que baila un chamamé eterno amarrada a su compañero, está la pareja de ancianos que apenas mueve los codos y sonríen a los que pasan a su lado, están los muchachones que bailan entre sí, a un costado, a falta de compañeras de baile y también está un borracho de panza prominente que busca pelea a quien se acerque a menos de dos metros de él o de su mujer.

En lo que resta de la noche no volverá a repetirse la comunión de tantos bailarines: Los Minaqueros pondrán toda su potencia vocal para seducir a un público que recibe con cierta indiferencia la impronta chalchalera de los guitarreros.

Falta tunga-tunga. El folclore juega de visitante en este territorio campesino y cordobés.

La fiesta patronal llega a su fin. Con el ave maría de fondo, aparece entre amplificadores y pies de micrófonos un pesebre viviente encabezado por la mujer del intendente ahora en el rol de un ángel inmaculado junto a un burro –de carne y huesos- con cara de susto al tiempo que unos esforzados reyes magos tiran caramelos masticables a los niños que se abalanzan contra el escenario pidiendo más y más.

Haciendo dedo en el cruce

En un paraje donde solo se ven perros y motos conseguir transporte al pueblo vecino es todo un desafío. El dueño de la única camioneta oferta 90 pesos por el traslado. Nos negamos. Queremos hablar con algún transeúnte que nos indique alguna referencia pero en plena siesta ni las moscas se asoman. Camino junto a la ruta hasta que veo una puerta abierta, ingreso sin anunciarme y los parroquianos dejan de reír, de hablar, de tomar vino y uno de ellos baja el volumen del televisor. Esperan que hable. Les digo. Dos cuadras después, donde se diluye el poblado, está una pulpería del siglo XXI: unos pibes juegan billar, dos jornaleros arrugados como tortugas beben vino con coca y desde los fondos emerge una enorme panza con una cicatriz de apendicitis del tamaño de una lombriz amazónica. Un paso más atrás viene su dueño, el remisero del pueblo, conductor de un fiat palio rojo que es la debilidad de su hijo adolescente. “Son cien”, dice el gordo con su mejor cara de fastidio. Fue un error levantarlo de la siesta.

Para llegar a este enclave escondido en el noroeste cordobés debimos tomar un colectivo, hacer un trasbordo en Cruz del Eje para llegar a la desolada La Higuera, caminar hasta el desvío y hacer guardia por tres horas hasta que un visitante de Villa El Libertador, hijo de una comadre del pueblo, detuvo su auto en medio del camino y, tomándose todo el tiempo del mundo, nos recogió con su mejor sonrisa. Nuestros bártulos fueron a parar al baúl junto al cajón de coca-cola y una bolsa de harina repleta de varillas de pan. Estábamos –ella y yo- felices. Nuestro peregrinaje por fin se hacía realidad.

Epílogo

Cruz de caña es la paz hecha camino de tierra, monte de espinillos, aguas frías y claras. Es un atardecer de enero de luciérnagas apuradas y motociclistas que no tienen dónde ir. Es un pedacito de tierra debajo del algarrobo donde domar las brazas de un asado para saborear con las manos. Es el crepitar del agua con la crecida y su mansa melodía en las noches de luna llena. Es un promontorio de estrellas fijadas sobre el cielorraso de la vía láctea.

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El mundo en tu casa

CouchSurfing: es una red social de viajeros 2.0

CouchSurfing: es una red social de viajeros 2.0, una comunidad de contactos en línea permite viajar por el mundo sin tener que pagar un hotel. Sebastián Sigifredo te cuenta cómo hacer turismo alternativo, nuevos amigos y aprender idiomas desde la comodidad de tu departamento.

CouchSurfing (CS) es una red social que promueve el intercambio cultural entre personas de todo el mundo. Con CS podes viajar muy lejos o hacerlo sin moverte de tu casa acumulando experiencias con personas de otros países.

La comunidad tiene más de 2 millones de usuarios y está disponible en 33 idiomas. Fue creada en 2004 por Casey Fenton y en Argentina vive un auge vertiginoso desde 2009. La edad de los viajeros comprende desde los 18 a los 50 años pero la tendencia de “surfear un sillón” es elegida mayoritariamente por los jóvenes universitarios entre 20 y 28.

“La idea es compartir, conocer y nutrirse de las experiencias humanas de otros con diferente educación, cultura y pensamiento. Nos moviliza a ser personas de mente abierta”, cuenta Luciano, 28 años, estudiante y uno de los miembros más activos del grupo Córdoba de CS.
Para Federico Acosta, otro miembro local, la red “nació de una utopía y su mensaje es el de generar una posibilidad de encuentro e igualdad entre todos aquellos que sentimos la pasión de viajar porque vemos al planeta como nuestra casa. Reconociendo nuestras diferencias como algo enriquecedor y donde es posible aprender nuevas cosas y formas de ver el mundo”.
Para ingresar a la comunidad no es necesario cumplir requisito alguno. El primer paso consiste en hacerte miembro y completar tu perfil. A partir de allí podés empezar a hospedar a viajeros de cualquier parte del mundo o localizar contactos en los lugares donde quieras viajar. No existe ninguna obligación de las personas de alojar y tampoco tiene un fin comercial así que las estadías no se cobran. Lo único que esperan obtener a cambio es que te integres a su modo de vida y, en algunos casos, algo de ayuda con las tareas del hogar.
Luciano descubrió CS mientras atendía a una cliente extranjera en su trabajo. Corría el 2007 y él era vendedor en un local comercial al que llegó una chica alemana que nadie prestaba atención. Él ayudó a la viajera en su compra y ésta lo invitó a bailar tango junto a otros miembros de CS. “Jamás me sentí tan cómodo en un grupo nuevo de personas, en la mayoría de los casos reina la buena onda y la predisposición de ayuda es inmensa”, comenta Lucho. En cambio, Federico se sumó por referencia de un viajero suizo que encontró en la Patagonia y más tarde se convirtió en su amigo.

CouchSurfing en Córdoba

En cada ciudad existe un grupo más o menos estable que organiza actividades para los miembros. En Córdoba, durante un par de días se presentan opciones que incluyen desde reuniones para tomar mates en el Paseo del Buen Pastor pasando por un karaoke nocturno o una escapada de fin de semana a La Quebrada de los Condoritos. Actualmente, el grupo de Córdoba está más consolidado pero no siempre fue así. Cuenta Luciano: “Desde mi ingreso asumí un rol muy activo en la comunidad ya que siempre me gustó organizar mettings con personas que tienen interés de ayudar a conocer la ciudad a los viajeros. Cuando comencé no había mucha actividad pero le metimos pilas junto a otros surfers (miembros) locales y ahora es el nexo de conexión para varias actividades”.
La participación dentro de CS depende de los intereses y expectativas de cada usuario. Mila Francovich, 22 años, estudiante de Psicología, elige participar hospedando y hospedándose pero no descarta otras alternativas. “En algunas ocasiones que no puedo ofrecer mi couch me encuentro con gente sólo para tomar algo o salir a pasear”.

Visitas raras

Viajar a otros países parece la forma ideal de acceder a experiencias interculturales pero la tarea de los surfers en el ámbito local demuestra que también parte de esas vivencias pueden trasladarse a tu propio hogar. “Conocer a alguien de otra cultura no sólo te muestra mejor como es el mundo sino que completa la mirada de tu propio país sobre las cosas que nosotros, por vivir acá, las tenemos naturalizadas”, afirma Federico.
“Estar en contacto con personas que tienen realidades tan distintas a la nuestra y alojarlos en tu casa es como si su ciudad viniese con ellos y te enseñaran cada rincón”, opina Lucho.
Por el departamento de Mila ya pasaron unas 25 personas de distintos países del mundo pero más allá de la cuestión numérica ella rescata el factor humano: “De todos aprendí algo. Aclaro que jamás tuve una experiencia negativa si bien algunas son mejores que otras. En general, la gente es muy respetuosa y he aprendido sobre idiomas, costumbres, comidas, geografía, de todo”.
Lo cierto es que al recibir viajeros también se generan vínculos de amistad y muchos de los visitantes ofrecen sus hogares aunque no tienen obligación de hacerlo. “La mayoría de las personas que han pasado por mi casa me han ofrecido la suya y en algunos casos ya he retribuido tal gesto de amistad”, confiesa Samuel Cil, 33 años, egresado universitario y miembro activo desde 2009.
Lucho tiene planes de viajar a Brasil y luego pasar por Bolivia, continuar hacia Perú e intentar alcanzar México, siempre a través de la red de contactos de CS. Además, recibió invitaciones para ir a Puerto Rico y otra muy especial “para visitar Alemania con pasaje pago, cortesía de mi primera amiga de Couch en forma de agradecimiento por la ayuda y el tiempo brindado a ella durante su estadía en Córdoba”.

Experiencias seguras

La buena onda de los participantes hace que el éxito esté prácticamente garantizado de antemano. Sin embargo, CS cuenta con un sistema de validación y referencias que permite conocer los antecedentes del viajero o del posible anfitrión para evitar sorpresas desagradables.
El más utilizado consiste en revisar el perfil del candidato para saber las opiniones positivas o negativas que recibió de experiencias anteriores. Cada miembro califica a la persona con la que compartió la estadía y esa información queda disponible para que los demás usuarios de la comunidad puedan estimar el nivel de confianza del participante y valorar su hospitalidad.
“Es normal estar miedoso o inseguro ante la primera oportunidad pero después de la primera experiencia se aprende mucho. Además siempre se puede recurrir a otros miembros locales para asesorarte de onda”, dice Samuel. Mila cree que no hay motivos para preocuparse si uno está atento al sistema de referencias: “He tenido alrededor de 60 experiencias en CS y nunca me pasó nada negativo. Es cierto que se necesita tener la mente abierta y buena disposición, pero es de lo mejor que he hecho en mi vida”.

+ info: http://www.couchsurfing.org

En los trenes del olvido

El andén de la estación Mitre, en Córdoba, minutos antes de la partida.

Quiero describir las sensaciones que me embargan antes de la salida de la formación. Escribo un mensaje de texto: “Ya estoy en el tren…el aire es denso, el calor agobia, hay decenas de niños de todas las edades y aún faltan 20 minutos para partir…así y todo sigue siendo mágico”.

Entre la boletería y el andén la gente hace fila para verificar su pasaje. El empleado que realiza el control usa un gorro verde con visera ancha como los que utilizaban los soldados europeos en la segunda guerra mundial. El vestuario se completa con un saco en el mismo tono, con botones muy grandes y dorados.

Parapetado frente al único acceso hacia el tren, el sujeto vocifera destino y categoría de cada uno de los pasajeros. A su lado, otro empleado anota lo que dice el primero en una prolija planilla plagada de recuadros. Detrás de ellos, tres guardias de seguridad con cara de pocos amigos observan la escena con desinterés.

Atravieso el control y alcanzo a tomar una panorámica del andén cuando uno de los guardias se acerca para increparme:

 -“Señor! No! No se pueden tomar fotografías…no y no!”

Contrariado, a regañadientes, regreso la cámara al estuche. Pregunto porqué, recibo idéntica respuesta. Espero un rato por otra oportunidad. No consigo pasar desapercibido: ahora son los guardias de seguridad que custodian el ascenso a los vagones quienes siguen con la vista cada uno de mis movimientos. Algunos curiosos se asoman por las enormes ventanillas de la formación para hacer lo mismo.

El vagón de los niños

Locomotora y tres vagones; un tren pequeño, un trencito. Trepó a la escalinata más cercana, la del vagón intermedio, y recorro el pasillo buscando un sitio que tenga todos los asientos vacíos. Imposible. Todavía resta media hora para la partida y sólo quedan algunos lugares sin ocupar.

Me ubico en una butaca doble frente a una mujer de mediana edad. Arrugas profundas en frente y pómulos; manos gastadas de tanto fregar pisos ajenos y lavar ropa de otros hacen que aparente más años de los que en realidad tiene. La mujer se queja por la espera: es que llegó una hora antes por una confusión en el horario de partida.

Niños. Los hay por todos lados, saltando, jugando en suelo, trepados a los asientos, asomados por las ventanillas. Se divierten copando el vagón de punta a punta. Un gordito con pañales pasa gateando a mi lado con rumbo incierto impulsado vaya uno a saber por qué interés. Los más activos tienen entre 5 y 7 años: se reúnen en grupos y conforman pequeñas brigadas de exploración que se lanzan a la conquista del convoy.

En las butacas que dan hacia la ventanilla del lado opuesto a mi ubicación dos hombres comen criollos y de tanto en tanto toman seven up de una botella plástica que comparten. Los acompaña una mujer. Ella se encarga de proveer alimentos en abundancia y del cuidado de un niño pequeño llamado Mateo.

Mateo quiere participar de las brigadas de exploración pero su espíritu aventurero lo desborda: también pretende bajar hasta el andén para volver a realizar la proeza del ascenso soñado. Cuando la mujer que lo cuida le prohíbe esto último, el niño se queja por lo bajo y emprende el paseo…sin bajar del vagón.

Por las vías, en zigzag

Ya no quedan lugares disponibles. La locomotora se pone en marcha y dos estruendosos bocinazos anuncian la proximidad de la partida. Reina un clima de algarabía a pesar del intenso calor que se filtra por todos lados.

La marcha fatigosa del tren calma a los niños y alivia a los adultos pero la esperanza de captar un poco de aire fresco se disipa a medida que el sol comienza a colarse por las ventanillas que dan hacia el oeste.

El traqueteo del tren en movimiento sacude los cortinados teñidos de un naranja chillón y el sol se filtra con relativa facilidad para dar de lleno en el rostro de quienes quedamos enfrentados a su intensa luz.

Intento mantenerme inmóvil, como un lagarto. El cuerpo suda por más que me esfuerce en no hacer esfuerzos. La transpiración se anuncia en gotas profusas desde la cabeza e impacta alternativamente en las ropas o la butaca.

Se hace difícil escribir a la velocidad crucero del tren -45 kilómetros por hora- por el estado deplorable de las vías férreas. Los vagones se bambolean de un lado al otro y como en una sinfonía donde todo está meticulosamente sincronizado los pasajeros inclinamos el cuerpo hacia izquierda y derecha, de derecha a izquierda y así…y así…

Pasa el guarda requiriendo los boletos. Otra vez. Perfora uno por uno y los devuelve con un orificio perfecto en el margen inferior derecho. Una pareja con cinco niños en edad escolar no encuentran los suyos. El guarda se impacienta. Hace una pausa y continua su marcha butaca por butaca.

Tres minutos después regresa junto a la familia numerosa. Los boletos aparecen, el guarda perfora, saluda parcamente y se pierde hacia el final del pasillo.

Así se ve el boleto que el guarda perfora durante el trayecto.

Optimistas, se buscan

Para hablar de viaje placentero es indispensable ser sumamente optimista, demasiado optimista. Si bien la posibilidad de utilizar otro trazado que no sea la ruta convencional o la autopista resulta, per se, atractiva, como lo es también el ritual de detenerse en casi todos los pueblos, nada compensa la carencia absoluta de ventilación, la (in) comodidad de butacas a 90 grados que no se reclinan o el espacio insignificante entre los asientos enfrentados.

Las cosas tampoco resultan fáciles para quienes necesitan utilizar los baños: la maestría está en saber dirigir el chorro dentro de los límites establecidos sin salpicar a los demás y ha uno mismo. Pocos lo consiguen y un hedor nauseabundo se disemina por el lugar.

Al girar la cabeza hacia el fondo del pasillo alcanzo a divisar el vagón que sigue, el definitivo. Es el que más se sacude y me arrepiento de no haberlo elegido. Aprovechando el zarandeo del último vagón un chico de rulos y una chica de piel muy blanca ocupan el pasillo intentando no perder el equilibrio. Dan la impresión de surfear sobre una sucesión infinita de pequeñas olas.

Cuando el tren se inclina hacia los costados los pierdo de vista pero luego reaparecen raudamente, con sus sonrisas estampadas de oreja a oreja. De a ratos, hablan entre ellos pero la distancia que nos separa es demasiado grande como para entender qué se dicen ¿Serán ellos los optimistas que no hallé en el segundo vagón?.

Tratado de impaciencia

El sol se retira y los campos sembrados desaparecen en la oscuridad total que sólo se ve interrumpida por alguna luz, lejana y solitaria. Con la noche también llega la impaciencia: un señor canoso se levanta de su sitio cada 5 a 10 minutos y se asoma por la ventanilla esperando alguna respuesta en el horizonte.

-“¿Cuánto falta?”, pregunta la mujer de manos gastadas. “Sólo 30 kilómetros”, respondo. Ella lanza un suspiro de resignación mientras su mirada se pierde en la noche cerrada.

Cuando las primeras luces de la ciudad dan la señal de alerta a los viajeros cada familia reúne a los suyos y comienza el acarreo de bolsos, valijas y bolsas plásticas de todos los tamaños y colores. Después se dirigen hacia las puertas de salida y la puja pasa por saber quién descenderá primero.

La estación se colma de reencuentros. El rugido de la locomotora se resiste al silencio y se mezcla con los sonidos de la calle. Me alejo despacio, entre la hierba recién cortada, siguiendo la senda de otros viajeros solitarios.

La ventana

La ventana es una bisagra abierta al mundo.

La ventana es una bisagra abierta al mundo.

 

He pasado varios años interiorizándome de los avatares del mundo, sus penurias, sufrimientos, marchas y contramarchas.

 

 

Sin embargo, entre las inconmensurables regiones del orbe ninguna despierta en mi tan poderosa e inigualable atracción como Latinoamérica.

 

Diarios, periódicos, revistas, libros, publicaciones, artículos y relatos de viajeros alimentaron mi espíritu hasta la llegada de un nuevo tiempo, el de las vivencias en primera persona.

 

Lo que ocurre tiene una explicación. Me canse de observar la patria grande por la ventana. Por cierto, el protagonismo de esta historia no recaerá sobre el escriba sino en lo que ocurra a su alrededor, en el camino, en el curso de una travesía que arranca en Córdoba y terminará en algún lugar.

 

Primer paso

Pero antes de todo hubo una antesala, una protohistoria. Tras años de postergaciones viajeras el inmovilismo se tornó insostenible. Asumir la decisión no fue tan difícil. Su concreción, en cambio, demanda esfuerzo personal. Un sustrato inmaterial alimentado por el motor del deseo de hacerlo.

 

De cara a este proyecto el fin si justifica los medios. Desterré al baúl del olvido la proclama que decía ‘nunca volverás a pisar un call center’.

 

Me sumergí en el submundo de las llamadas telefónicas con la mira puesta en la recaudación y, por suerte, la experiencia en el kill center tiene fecha de vencimiento próxima.

 

Falta poco, resta menos: reviso calendarios, hago números, planificó, sueño despierto, respiro, sigo viviendo. Mientras espero el día de la partida me entretengo con los preparativos.

 

De vez en cuando me asomo a la ventana. Entonces el horizonte se fija en mis ojos y la huella del camino se presenta sin anunciarse, recorre los frontales, se ensancha en los parietales hasta colarse por los occipitales. Después el rastro se pierde y yo también…

 

Aiesec me cumple un sueño…

Al final de este viaje llegaré a Fin del Mundo, un paraje en plena selva tucumana.

Al final de este viaje llegaré a Fin del Mundo, un paraje en plena selva tucumana.

 

 Al principio no tenía muy en claro hacia dónde ni de que modo quería abordar el camino. El entusiasmo me volvió al cuerpo al toparme con un avisito en un diario local invitando a una reunión informativa de un grupo de jóvenes que promueve viajes internacionales.

 

Sin meditarlo mucho me llegue hasta el auditorio de una seudo universidad -mejor conocido como colegio universitario- donde se dieron cita unas 80 personas  a escuchar la propuesta de Aiesec.

 

La organización surgió en las postrimerías de la segunda Guerra Mundial como una iniciativa para profundizar los lazos entre jóvenes de distintas naciones y promover la paz mundial.

 

Cabe destacar que el núcleo fundacional estuvo compuesto por estudiantes franceses de administración de empresas y contabilidad.

 

 

Los aiesecos crecieron y ahora están por todo el mundo pero el sesgo economicista que les dio vida no se perdió sino que se ha profundizado. Cada delegación funciona como una pequeña -o no tanto- unidad de negocios. Lo cual no está nada mal.

 

 

El planteo de la charla era el siguiente: “joven argentino próximo a egresar o recién egresado puedes ‘aplicar’ para una pasantía paga a algún lejano país a cambio de US$ 450 o puedes enrolarte en una especie de voluntariado en un país latinoamericano por unos US$ 150”.

 

 

Para los amantes de los números y la informática las opciones de viaje/trabajo eran diversificadas. Por el contrario, quienes pertenecemos a las ciencias sociales debíamos contentarnos con trabajar para una ONG respaldada por alguna multinacional…dentro de un engranaje diseñado para lavar culpas con el pomposo nombre de “responsabilidad social empresaria”.

 

 

La revelación

En mi afán por participar de un viaje me uní al grupo tras superar las pruebas de selección -que incluyeron rol play y entrevistas-. Finalmente, se me aceptó como miembro de Aiesec Cono Sur.

 

 

Al día siguiente se organizó la bienvenida o “inducción”: una jornada maratónica de 10 horas en la que no faltaron charlas introductorias, videos institucionales, juegos infantiles y la enseñanza tanto de bailes tipo porristas como de eslóganes poco felices del estilo: “¡What’s up!”….“Aiesec” (sic).

 

 

Aquella jornada de octubre fue determinante para saber que estaba en el lugar equivocado. Cada vez que se me rebelaban los versículos de la filosofía aieseca en igual medida se desdibujaban mis intereses y motivaciones.

 

 

En varios pasajes de aquel día me sentí un completo extraño. Si hasta me retrotrajo a otra tarde equivocada cuando estuve a punto de enrolarme en una secta fundamenta-evange-lista en pos de una experiencia periodística.

 

 

Pero Aiesec no fue en vano. Sirvió nada menos que para envalentonarme en la planificación de un viaje único. Diferente a todo lo que jamás hice. Sin la ayuda de nadie.

Gracias Aiesec!!!