Posts Tagged ‘universitarios’

Ingresantes: el precio de la libertad

Perderse en las calles de Nueva Córdoba, soportar inclemencias climáticas, mantener el ritmo de estudio o sobrellevar el desarraigo son algunos de los múltiples desafíos que enfrentan los nuevos aspirantes a la universidad. Sebastián Sigifredo te muestra cómo viven hoy los profesionales del mañana. 

 

Imaginá que de un día para el otro el estadio de Belgrano, el ‘Gigante de Alberdi’, explota de ingresantes. Unos 25 mil chicos y chicas recién salidos del secundario poblando plateas, palcos, la popular. Todos, casi en simultáneo, esforzándose por conseguir su lugar dentro del amplio abanico de carreras universitarias que brinda Córdoba ciudad.

Ellas son mayoría: del total, los varones no superan los 10 mil.

Llegan desde distintos puntos de la ciudad, también de ciudades y pueblos del interior provincial –desde Río Cuarto hasta Deán Funes-, y de otros interiores: San Luis, Jujuy, La Rioja y un largo etcétera.

Lejos de ser un grupo minoritario los ingresantes conforman un ejercito en las sombras de tal magnitud que si todos se tomarán de las manos de uno en uno podrían unir Córdoba con la veraniega Villa Carlos Paz (distante a unos 35 kilómetros).

 

Casi 2 de cada 10 personas que circulan por Nueva Córdoba son ingresantes. Aunque intentan pasar desapercibidos son fácilmente reconocibles: pichones de bichos raros que aparecen cuál aves migratorias desorientadas en un hábitat que les resulta hostil. Para colmo el aluvión ocurre en enero, época en que desaparece hasta el portero del edificio.

 

Ingresantes, bichos raros.  Así los miran los demás, así lo viven ellos.

 

 **********

  

Para los recién llegados la ciudad y en particular el epicentro de la vida estudiantil -Nueva Córdoba- resulta un complejo rompecabezas de piezas que no siempre encajan bien. Y si no lo creen hagan la prueba: deténganse un rato en la intersección de Independencia e Hipólito Irigoyen y verán un espectáculo recurrente: chicos y chicas, solos o acompañados, que miran, desconcertados, los carteles de la calle -y levantan la vista hacia todas las direcciones posibles- porque no saben donde están, cuando fue que se perdieron.

 

José es santiagueño y vive en un departamento de dos ambientes en calle Balcarce, a metros del Parque Sarmiento. Quiere estudiar Relaciones Públicas. 

 

-Estoy ubicado cerca de la terminal de ómnibus. Mis puntos de referencia son la facu, Patio Olmos, Plaza España y la terminal. Me pierdo seguido si no camino por avenidas importantes.

 

Dice José, 18 recién cumplidos, hincha de River, amante de la chacarera y la cumbia con igual fascinación. El 16 de febrero cayó miércoles pero no fue un día como cualquier otro. Por la tarde le dijeron que obtuvo un 6 en el primer parcial y José sintió que tocaba el cielo con las manos. Había que festejar la hazaña y por eso después de clase se fue a lo de Lucas –que también aprobó-. Esa noche comieron pizza, tomaron dos cervezas. Cuando José intentó regresar se dio cuenta que estaba lejos de casa, en el límite entre Nueva Córdoba y barrio Guemes.

 

-Me metí por calles que nunca pisé. ¡No sabía dónde estaba! Por suerte encontré un taxi que me llevó hasta el departamento. Entre pizza, cervezas y taxi me quedé sin plata. Ahora voy a comer fideos con crema hasta que mi mamá me deposite. ¡Eh, chango! ¡Que bronca! Tengo que aprender las calles porque así no hay presupuesto que aguante.

 ********** 

Ser ingresante no es lo mismo que tener cualquier ocupación u oficio. Ser ingresante significa estar destinado a desaparecer: se aprueba el curso de ingreso/nivelación y se alcanza el grado inmediato superior -el ‘subtítulo’ de estudiante- o llega la revelación menos esperada, la que nadie quiere escuchar, el indeseable “seguí participando”.

 

A Carolina el viaje desde Salta le resultó eterno. Llegó a Córdoba de madrugada, en medio de una lluvia demencial. Esperó en vano por un taxi libre y decidió caminar hacia la Cañada, hasta el departamento que desde ese día comparte con Laura, su prima y confidente. Solo tuvo tiempo para cambiar de ropa y secarse el pelo. Se las arregló para llegar 9,30 al instituto de apoyo universitario donde se prepara. Era 10 de enero y Caro no tenía dudas de porqué estaba donde estaba aquel día gris y húmedo a más de 900 kilómetros de su casa de toda la vida. 

 

-No me importa si se cae el cielo, si aprieta el calor o se corta la luz. Cuando se me pone algo en la cabeza no paro hasta conseguirlo. Quiero ser psicóloga y estoy feliz de estar en la universidad.

 

-¿Cómo imaginás tu vida en Córdoba? ¿Qué te gustaría que suceda?

 

-Quiero aprobar el ingreso para relajarme un poco. Estoy a mil, super nerviosa. Tengo curiosidad por conocer la ciudad, conocer más gente, seguir experimentando esto de vivir sin mis viejos. Ahora trato de concentrar mis energías en una cosa: estudiar, estudiar y estudiar. Si todo sale bien lo demás llegará solo.

 ********** 

Es mediodía de martes y en la zona del Paseo del Buen Pastor pasan autos por calle Independencia abriéndose camino a bocinazos, aceleradas y frenadas bruscas. Los transeúntes cruzan la calle esquivando vehículos atascados mientras dos policías se aburren de estar parados en la esquina de siempre haciendo nada.

Sentados en un banco bajo la sombra de una palmera, Mario y Juan hacen una pausa para despejarse: toman coca-cola en vasitos de plástico blanco, diminutos. Recién salen de clases, tienen que ir a almorzar, estudiar y otra vez a clase. Si les queda tiempo –y ganas- esta noche van a repasar lo que aprendan hoy en la facu de Derecho.

 

-“Tengo una rutina pero a esta altura ya estoy cansado. No estamos acostumbrados. Me estoy amoldando a la vida de estudiante pero cuesta mantener el ritmo”, dice Juan.

 

Igual que su amigo y compañero, Mario pensaba que el ingreso sería más fácil. 

 

-Creía que con un buen plan de estudio y haciéndome preparar no tendría problemas. Me equivoqué. Hay un abismo comparado con el secundario.

 

Mario está en Córdoba desde el 6 de enero y todavía no regresa a su pueblo, Realicó, en el norte de La Pampa. “Todavía tengo acá para rato”, se lamenta. Los dos amigos aprobaron su primer parcial pero tras casi dos meses de frenetismo estudiantil empiezan a mostrar signos de agotamiento. Cuando los ánimos flaquean se piensa más en los afectos, las ganas de volver se intensifican.

 

-¿Qué extrañas de tus pagos?

 

-“La familia, los amigos, la gente. Extraño la tranquilidad, el silencio, salir a la calle y que alguien te salude…no sentirme un número más”, dice Mario entre nostálgico y melancólico. 

 

José conserva en su memoria postales de su historia reciente: el viaje de egresados, el asado con los amigos de siempre, las fiestas con los compañeros de 6to año. De vez en cuando, Caro extraña los rituales familiares y muy frecuentemente -casi todo el tiempo- los sabores de la comida hecha en casa. En cambio, Juan y Mario darían lo que sea por volver a jugar fútbol como en los ‘viejos’ tiempos.

 

Diseminados por Nueva Córdoba, el Centro y más allá, miles de sueños de ingresantes laten con intensidad diversa. Algunos quedarán en el camino y muchos más seguirán adelante. Mientras esto ocurre, la vida en la gran ciudad continua su marcha vertiginosa: surgen amores desesperados, alguien abandona la ciudad, otro consigue trabajo.

Para recibirse de ingresante hay que pagar el precio de la libertad.

Aprenderlo todo al mismo tiempo –estudiar, cocinar, limpiar, amar, sufrir: ¡vivir!- sin recetas, con ayuda de nadie.

Puro ensayo y error.

Anuncios

Estudiantes crónicos: el dilema de nunca egresar

Graduarse dentro de los plazos estipulados en los planes de estudio resulta cada vez más difícil. El fenómeno del denominado ‘estudiante crónico’ atraviesa al sistema educativo en su conjunto y en el ámbito público como en el privado la solución más recurrente es la invisibilización del problema.

El dilema de ser estudiante crónico.

Está todo bien con ser estudiante en igual medida que está todo mal si te consideran estudiante crónico. Llevar el estigma de estudiante crónico es cargar una mochila demasiado pesada y no está claro que esta forma de nombrar las dificultades que se presentan en el periplo por alcanzar un título ayude al abordaje del fenómeno.

‘Crónico’ es un término peyorativo y en última instancia implica una descalificación como estudiante pero nunca, jamás, esconde algo bueno. ¿Cuántas personas conocés en esa condición que estén dispuestos a salir a la calle con una remera estampada con la leyenda “soy alumno crónico…y qué”?

La extensión en los plazos de egreso más allá de lo pautado en los planes de estudio no admite respuestas rápidas ni simplificaciones. En todo caso dispara una serie de interrogantes de difícil resolución: ¿Los planes de estudio son formulados pensando en un esquema de cursado realista? ¿Hasta qué punto el régimen de correlatividades es un avance hacia la excelencia académica o se convierte en un obstáculo entre un año y el siguiente? Las universidades ¿generan mecanismos para estimular la permanencia y el egreso de sus estudiantes? ¿Se contempla que hay personas que necesitan trabajar o tienen familia a su cargo y otras que no?

 Cada casa es un mundo 

Así dice el refrán que mejor le cabe a lo que ocurre en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Y es que cada facultad decide de manera autónoma cómo hacer frente a los mal llamados estudiantes crónicos.

Hay unidades académicas como la Facultad de Ciencias Químicas que exigen un piso de dos materias aprobadas por año para ser considerado alumno activo -regular- y que ofrecen, en contrapartida, un gabinete psicopedagógico de asistencia a los estudiantes. Pero también se observan otras realidades: en la oficina de apoyo de Derecho es casi imposible dar con el responsable o solicitar un turno. Se puede estar peor: en algunas facultades el tema está invisibilizado y rige una regla no escrita que indica ‘arreglate como puedas’.

Desde la Secretaría de Asuntos Estudiantiles de la UNC consideran que la discusión sobre la “cronicidad” tiene un trasfondo ideológico. “Esto se vincula con una visión mercantilista de la educación como formadora de profesionales y técnicos para el mercado y que hunde su raíz en la política neoliberal de los años ’90 con la sanción de la Ley de Educación Superior”, advierte Alejandro Miraglia, 29 años, quién además de ser la mano derecha del Secretario –Matías Dreizik- es estudiante de trabajo social.

Miraglia cree que en este tema la Universidad tiene una deuda que aún no ha saldado pero que puede corregirse con la implementación de políticas orientadas al largo plazo como el otorgamiento de becas -de manutención, alimentación, transporte, etc.-, la creación de pensiones estudiantiles, la apertura de guarderías infantiles y la flexibilización de la cursada sin afectar la calidad de la enseñanza.

“No debe olvidarse que existen principios básicos sobre los que se sostiene el sistema público de educación. El ingreso irrestricto, por ejemplo, plantea la igualdad de oportunidades. Se postula una universidad inclusiva donde pueden convivir quien tiene el respaldo económico para dedicarse exclusivamente a su carrera con aquel que necesita trabajar o tiene familia a su cargo, con el consabido impacto que ello implica en los tiempos de estudio”, afirma Miraglia.

Estudiantes de ayer, profesionales del mañana

La Secretaría académica de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) regional Córdoba implementa un sistema de tutorías en sus carreras que incluyen reuniones periódicas para los alumnos de los tres primeros años porque es en esa franja donde se detecta el mayor nivel de estancamiento.

Pero hay más: también se ocupan de alentar a aquellos estudiantes de planes que ya no están vigentes para que se reinserten al circuito educativo y culminen sus estudios de grado. En este sentido, una experiencia sin precedentes es la que se desarrolla con los alumnos de Ingeniería en Sistemas pertenecientes al plan ¡1985!

Es martes por la tarde y en la sala del Consejo académico de la UTN unos treinta estudiantes aguardan por el inicio de una reunión. Entre los hombres, la mayoría peina canas cuando no está pelado; en el caso de las mujeres, las visitas periódicas a la peluquería disimulan algo más el paso del tiempo. Todos son alumnos del vetusto Plan ’85 y sueñan con recibirse ¡veintitantos años después de haber ingresado a la universidad!.

La gran mayoría de estos estudiantes cuarentones abandonaron sus estudios hace ya muchos años cuando se insertaron de manera prematura en el mercado laboral. En este tipo de carreras dónde la demanda de recursos humanos supera a la oferta de profesionales, las empresas reclutan a estudiantes cada vez más jóvenes que cambian cuadernos y pupitres por computadoras y oficinas.

Claudia Castro, coordinadora del Programa, comenta que el proyecto “arrancó en 2007 con 67 alumnos y hasta el momento se lograron 23 egresos”. Algunos de esos flamantes ingenieros están presentes en la reunión para relatar sus experiencias y estimular a sus compañeros más rezagados.

El más aplaudido de todos es Cesar Guerrero que cometió una proeza: mientras continuaba con su trabajo en una empresa de desarrollo de software en Villa Allende aprovechó el año académico 2009 para rendir 16 materias y recibirse en diciembre pasado. ¿Su secreto? Encontró el espacio para estudiar en el lugar menos pensado: la casa de su futura suegra, la madre de su actual novia. También se escuchó el testimonio de Román Aloy que rindió 14 materias hasta alcanzar el ansiado objetivo y la exposición de Nancy Ira, que hizo lo propio con cuatro hijos a cuesta. 

 Hazte fama y échate a dormir

 Las comparaciones son odiosas pero a veces inevitables. Tal como ocurre con las rivalidades futbolísticas entre River y Boca o Belgrano y Talleres, existe un debate sobre el tema que parece enfrentar a la universidad pública contra las instituciones privadas y viceversa. A primera vista, la disputa parece favorecer a las segundas.

Sin embargo, las estadísticas tienden a desmitificar la idea de que los estudiantes “crónicos” son patrimonio exclusivo de ‘las públicas’. Según los datos aportados por la Secretaría de Políticas Universitarias perteneciente al Ministerio de Educación de la Nación -actualizado al 2008-, los estudiantes argentinos tardaron en promedio un 50 por ciento más que la duración teórica de todas las carreras para graduarse dentro del sistema público…y un 35 por ciento más para obtener el diploma en las universidades privadas.

Aunque algunas instituciones privadas se muestran reticentes a compartir cierta información (por ejemplo, la Universidad Católica de Córdoba rehusó participar de éste requerimiento periodístico), otras como el Colegio Universitario IES Siglo 21 reconocen que sus alumnos demoran un 30 por ciento más en promedio para egresar.

En la IES Siglo 21 la caída en el rendimiento académico se trabaja desde el Departamento de Orientación y Asesoramiento (DOA). Ana María Salazar, su directora, explica que apuestan fuertemente a la contención institucional. “Se realiza un acompañamiento integral del alumno que abarca desde la enseñanza de estrategias de estudio y aprendizaje hasta la organización y planificación de los tiempos pasando por el desarrollo de las capacidades individuales y lo motivacional”, dice Salazar para luego concluir que “éstas medidas hacen la diferencia para que aquí la cronicidad no sea problemática”.

A palabras necias…

A la hora de evaluar la cronicidad la lógica mercantil también se cuela en el debate. Desde la Fundación Atlas –una usina de pensamiento ‘liberal’ sobre temas educativos- se señala que el actual régimen de las universidades nacionales -gratuito, irrestricto y sin limitaciones temporales- traslada “el costo de una carrera crónica sobre la sociedad y no sobre los mismos estudiantes, alentando la demora en la conclusión de los estudios”.

En un informe redactado por Martín Simonetta, director ejecutivo de Atlas, se plantea que al analizar el presupuesto universitario -que fue de 7.366 millones de pesos para 2008- y relacionarlo con el registro total nacional de 65581 egresados en el mismo año, se puede “concluir que cada graduado cuesta a la Nación una suma superior a 112 mil pesos”. Esto equivale a decir unos $ 22.463 anuales en una carrera de cinco años, es decir diez cuotas mensuales de $ 2246. “De más está indicar que dicha cifra resulta varias veces superior al costo de la mayoría de las universidades privadas de nuestro país”, argumenta Simonetta. Desde ésta visión, la solución pasa por el arancelamiento liso y llano pero, curiosamente, Simonetta olvida mencionar que en las universidades privadas también se detecta una tendencia progresiva a la prolongación del cursado.

Para no perderse entre cifras que a veces confunden bien vale rescatar un párrafo del preámbulo de la declaración de la Conferencia Mundial de Educación Superior 2009, celebrada en Francia, por la UNESCO: “La educación superior en tanto bien público e imperativo estratégico para todos los niveles educativos y base de la investigación, la innovación y la creatividad debe ser asumida con responsabilidad y apoyo financiero por parte de todos los gobiernos”.

Corría el año 1948 cuando la Declaración Universal de Derechos Humanos ya enarbolaba en su artículo 26 el principio de igualdad de oportunidades: “el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos”.

Tanto o más preocupante que el tema presupuestario es la persistencia de un alto porcentaje de deserción en las universidades públicas: de cada diez alumnos que ingresan, siete no se reciben. Parece más atinado, entonces, preguntarse cuáles son las condiciones de permanencia y tránsito de los jóvenes en la universidad para la búsqueda de verdaderas soluciones de fondo.