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En los trenes del olvido

El andén de la estación Mitre, en Córdoba, minutos antes de la partida.

Quiero describir las sensaciones que me embargan antes de la salida de la formación. Escribo un mensaje de texto: “Ya estoy en el tren…el aire es denso, el calor agobia, hay decenas de niños de todas las edades y aún faltan 20 minutos para partir…así y todo sigue siendo mágico”.

Entre la boletería y el andén la gente hace fila para verificar su pasaje. El empleado que realiza el control usa un gorro verde con visera ancha como los que utilizaban los soldados europeos en la segunda guerra mundial. El vestuario se completa con un saco en el mismo tono, con botones muy grandes y dorados.

Parapetado frente al único acceso hacia el tren, el sujeto vocifera destino y categoría de cada uno de los pasajeros. A su lado, otro empleado anota lo que dice el primero en una prolija planilla plagada de recuadros. Detrás de ellos, tres guardias de seguridad con cara de pocos amigos observan la escena con desinterés.

Atravieso el control y alcanzo a tomar una panorámica del andén cuando uno de los guardias se acerca para increparme:

 -“Señor! No! No se pueden tomar fotografías…no y no!”

Contrariado, a regañadientes, regreso la cámara al estuche. Pregunto porqué, recibo idéntica respuesta. Espero un rato por otra oportunidad. No consigo pasar desapercibido: ahora son los guardias de seguridad que custodian el ascenso a los vagones quienes siguen con la vista cada uno de mis movimientos. Algunos curiosos se asoman por las enormes ventanillas de la formación para hacer lo mismo.

El vagón de los niños

Locomotora y tres vagones; un tren pequeño, un trencito. Trepó a la escalinata más cercana, la del vagón intermedio, y recorro el pasillo buscando un sitio que tenga todos los asientos vacíos. Imposible. Todavía resta media hora para la partida y sólo quedan algunos lugares sin ocupar.

Me ubico en una butaca doble frente a una mujer de mediana edad. Arrugas profundas en frente y pómulos; manos gastadas de tanto fregar pisos ajenos y lavar ropa de otros hacen que aparente más años de los que en realidad tiene. La mujer se queja por la espera: es que llegó una hora antes por una confusión en el horario de partida.

Niños. Los hay por todos lados, saltando, jugando en suelo, trepados a los asientos, asomados por las ventanillas. Se divierten copando el vagón de punta a punta. Un gordito con pañales pasa gateando a mi lado con rumbo incierto impulsado vaya uno a saber por qué interés. Los más activos tienen entre 5 y 7 años: se reúnen en grupos y conforman pequeñas brigadas de exploración que se lanzan a la conquista del convoy.

En las butacas que dan hacia la ventanilla del lado opuesto a mi ubicación dos hombres comen criollos y de tanto en tanto toman seven up de una botella plástica que comparten. Los acompaña una mujer. Ella se encarga de proveer alimentos en abundancia y del cuidado de un niño pequeño llamado Mateo.

Mateo quiere participar de las brigadas de exploración pero su espíritu aventurero lo desborda: también pretende bajar hasta el andén para volver a realizar la proeza del ascenso soñado. Cuando la mujer que lo cuida le prohíbe esto último, el niño se queja por lo bajo y emprende el paseo…sin bajar del vagón.

Por las vías, en zigzag

Ya no quedan lugares disponibles. La locomotora se pone en marcha y dos estruendosos bocinazos anuncian la proximidad de la partida. Reina un clima de algarabía a pesar del intenso calor que se filtra por todos lados.

La marcha fatigosa del tren calma a los niños y alivia a los adultos pero la esperanza de captar un poco de aire fresco se disipa a medida que el sol comienza a colarse por las ventanillas que dan hacia el oeste.

El traqueteo del tren en movimiento sacude los cortinados teñidos de un naranja chillón y el sol se filtra con relativa facilidad para dar de lleno en el rostro de quienes quedamos enfrentados a su intensa luz.

Intento mantenerme inmóvil, como un lagarto. El cuerpo suda por más que me esfuerce en no hacer esfuerzos. La transpiración se anuncia en gotas profusas desde la cabeza e impacta alternativamente en las ropas o la butaca.

Se hace difícil escribir a la velocidad crucero del tren -45 kilómetros por hora- por el estado deplorable de las vías férreas. Los vagones se bambolean de un lado al otro y como en una sinfonía donde todo está meticulosamente sincronizado los pasajeros inclinamos el cuerpo hacia izquierda y derecha, de derecha a izquierda y así…y así…

Pasa el guarda requiriendo los boletos. Otra vez. Perfora uno por uno y los devuelve con un orificio perfecto en el margen inferior derecho. Una pareja con cinco niños en edad escolar no encuentran los suyos. El guarda se impacienta. Hace una pausa y continua su marcha butaca por butaca.

Tres minutos después regresa junto a la familia numerosa. Los boletos aparecen, el guarda perfora, saluda parcamente y se pierde hacia el final del pasillo.

Así se ve el boleto que el guarda perfora durante el trayecto.

Optimistas, se buscan

Para hablar de viaje placentero es indispensable ser sumamente optimista, demasiado optimista. Si bien la posibilidad de utilizar otro trazado que no sea la ruta convencional o la autopista resulta, per se, atractiva, como lo es también el ritual de detenerse en casi todos los pueblos, nada compensa la carencia absoluta de ventilación, la (in) comodidad de butacas a 90 grados que no se reclinan o el espacio insignificante entre los asientos enfrentados.

Las cosas tampoco resultan fáciles para quienes necesitan utilizar los baños: la maestría está en saber dirigir el chorro dentro de los límites establecidos sin salpicar a los demás y ha uno mismo. Pocos lo consiguen y un hedor nauseabundo se disemina por el lugar.

Al girar la cabeza hacia el fondo del pasillo alcanzo a divisar el vagón que sigue, el definitivo. Es el que más se sacude y me arrepiento de no haberlo elegido. Aprovechando el zarandeo del último vagón un chico de rulos y una chica de piel muy blanca ocupan el pasillo intentando no perder el equilibrio. Dan la impresión de surfear sobre una sucesión infinita de pequeñas olas.

Cuando el tren se inclina hacia los costados los pierdo de vista pero luego reaparecen raudamente, con sus sonrisas estampadas de oreja a oreja. De a ratos, hablan entre ellos pero la distancia que nos separa es demasiado grande como para entender qué se dicen ¿Serán ellos los optimistas que no hallé en el segundo vagón?.

Tratado de impaciencia

El sol se retira y los campos sembrados desaparecen en la oscuridad total que sólo se ve interrumpida por alguna luz, lejana y solitaria. Con la noche también llega la impaciencia: un señor canoso se levanta de su sitio cada 5 a 10 minutos y se asoma por la ventanilla esperando alguna respuesta en el horizonte.

-“¿Cuánto falta?”, pregunta la mujer de manos gastadas. “Sólo 30 kilómetros”, respondo. Ella lanza un suspiro de resignación mientras su mirada se pierde en la noche cerrada.

Cuando las primeras luces de la ciudad dan la señal de alerta a los viajeros cada familia reúne a los suyos y comienza el acarreo de bolsos, valijas y bolsas plásticas de todos los tamaños y colores. Después se dirigen hacia las puertas de salida y la puja pasa por saber quién descenderá primero.

La estación se colma de reencuentros. El rugido de la locomotora se resiste al silencio y se mezcla con los sonidos de la calle. Me alejo despacio, entre la hierba recién cortada, siguiendo la senda de otros viajeros solitarios.

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