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Un diálogo por-sobre-entre revistas universitarias

Doctambulos! es la revista joven para los universitarios de Córdoba.

Doctambulos! es la revista joven para los universitarios de Córdoba.

La añoranza de los estudiantes de comunicación social que se inclinan para el periodismo escrito tiene que ver con la idea narcisista de ver impreso su nombre en un texto publicado y -siendo menos pesimistas- también con hacer lo que les gusta: investigar, entrevistar, analizar, cuestionar(se), etc.  

 

En este sentido, los emprendimientos editoriales desarrollados por estudiantes con poca o nula experiencia han marcado un camino a veces problemático pero no menos esperanzador: el de la autogestión.

 

Decimos problemático porque no siempre existe un plan de acción preconcebido y las turbulencias económicas pueden hacer peligrar su sustentabilidad. Lo destacable viene entrelazado al desarrollo de un proyecto editorial desde cero con las potencialidades y la libertad que ello permite.

 

En Córdoba, y más específicamente en Nueva Córdoba, dos proyectos de estás características -revistas gratuitas solventadas con venta publicitaria- se repartieron la atención de los universitarios durante algún tiempo hasta que uno de ellos terminó de eclipsar al otro.

 

Nos referimos a Doctambulos! (D!) y Kátedra Zeta (KZ), dos publicaciones pensadas y diseñadas íntegramente por estudiantes de comunicación de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

 

Dos revistas, dos proyectos

 

Con su particular modo de interpelación a los jóvenes cada una de las Revis -como les decimos cariñosamente sus integrantes- fueron (y son) fieles al contrato de lectura propuesto a su lector. Lo que permitió la consolidación de D! y la decadencia de KZ.

 

Señalo lo de KZ con dolor porque fui parte de las escaramuzas del último año de publicación (2007). Gente valiosa y aprendizajes varios forman parte de este acervo de buenos recuerdos que aún conservo.

 

Sin embargo, KZ ya venía marcando su despedida sólo que no supimos verlo a tiempo. La solidez de sus cimientos no era tal y el estrechamiento de la base económica desató un derrumbe previsible.

 

A ello se sumaron los cambios editoriales que incidieron decididamente sobre la curva financiera: tapa a color, aumento de páginas -textos extensos letras pequeñas-, precio de tapa y venta en mano.

 

A su vez, el afán por redoblar los contenidos con fuerte presencia de temas políticos, históricos y sociales restringía demasiado al público: estudiantes de universidad pública, preferentemente de humanidades o ciencias sociales, asiduos lectores, con ligeras inclinaciones hacia el rock y la literatura.

 

D!, en cambio, transitó un camino diferente. Con una propuesta editorial más amplia y diversificada logró granjearse la aceptación de un público masivo de estudiantes en Nueva Córdoba.

 

Se reconvirtió en el momento indicado sin dejar la distribución gratuita -aumento de tirada y páginas, cambios en el formato y el papel-, mejoró su cartera de auspiciantes y empezó a disputar un espacio en la web desde su página y a través de las redes sociales.

 

Si bien D! tiene objetivos más modestos y no es tributario de un discurso contestatario no es menos cierto que el nivel de impacto e influencia entre los jóvenes ha sido mayor.

 

La clave de su éxito radica en todo eso -y más- pero dejando atrás incluso lo coyuntural queda claro que al poner blanco sobre negro siempre debe buscarse un equilibrio entre lo deseable y lo posible sin descuidar los recursos disponibles.

 

 

 

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Una explicación para doña Rosa

En una tapa de elvernaculo aparece una viejita parecida a Doña Rosa

En una tapa de elvernaculo aparece una viejita parecida a Doña Rosa

 

Con doña Rosa nos conocemos desde hace varios años. Ella vive con su hija en un departamento de dos ambientes, en pleno centro cordobés. Casi nadie la visita y desde que una caída la obligó a caminar con andador ha renunciado al contacto con el mundo exterior.

 

No le costó acostumbrarse. Dentro de esas cuatro paredes se siente segura y su hija se encarga que nada le falte. Cualquier diría que pasa muchas horas en soledad pero ella tiene una amiga fiel: la tele.

 

Rosa vive con la tele y a través de la tele. La realidad televisada de Rosa le permite almorzar con Mirtha Legrand, tomarse un yogurt libre de colesterol, bailar por un sueño y hasta enamorarse del actor buen mozo que aparece en la novela de la siesta. Si hasta sus opiniones son una reproducción exacta de lo visto y oído en la tele.

 

Una tarde en su casa me pide que le cuente que es eso del periodismo cultural porque ella sólo conocía a los periodistas de espectáculo. Dice que escuchó cuando Analía, su hija, me preguntó si trabajaba y yo respondí algo de una revista de interné y ahora ella también quiere saber.

 

No se por donde arrancar. Para ganar tiempo le pido que me cuente que sabe ella de los periodistas de espectáculos. Se acomoda en la silla como para dar un discurso y me doy cuenta que va a ser más difícil de lo que pensaba…

 

Para doña Rosa estos cronistas forman una casta de advenedizos. Se hacen invitar a eventos con entradas agotadas, reciben trato preferencial por parte de organizadores y artistas -siempre consiguen buenas ubicaciones y todos les rinden pleitesía-, y se codean con el jet set en un entorno plagado de lujo, mujeres y despilfarro. 

  

“Son estrellas que brillan sin subirse a un escenario”, intenta explicarme Rosa mientras se zambulle en su mecedora para darse una panzada de zapping entre Rial y la Canosa.

  

Quiero reírme y llorar al mismo tiempo. Intento ensayar una explicación pero me quedo balbuceando sólo: Rosa está extasiada con la tele. Los truculentos detalles del escándalo de turno ejercen un efecto 100 veces más poderoso que mis alicaídas cualidades de orador circunstancial.

 

Llega la pausa. Aprovecho el momento para comentarle mi experiencia en elvernáculo. Le relato mi primera -y frustrada- cobertura: la presentación de un libro cuya autora seguramente se había fugado de una obra del colombiano Botero; que sus poemas eran un compendio de palabras gastadas y que la autorotulada escritora logró despistarnos porque el evento se realizó en una sala del circuito oficial -según parece porque tiene amigos influyentes-.

 

Rosa ríe a carcajadas mientras se impulsa en la mecedora. Se agita un poco y se detiene. Sigue sin entender pero la situación le resulta lo suficientemente grotesca como para mantenerse callada.

  

Le cuento que en otra ocasión todo el staff de la revista fue invitado a la Sexpoerótica. Ahora le brillan los ojitos y más arrugas se le marcan en la frente. Aunque Rosa ya se ha retirado del club del sexo -por lo menos desde que enviudó, en 2001- cada vez que alguien dice el término su rostro se transforma: ahí aflora su estampa de vieja verde.

 

Baja el volumen de la tele y por primera vez me observa intrigada.

 

Le relato mi decepción de “la” feria del sexo porque sólo había hordas de onanistas buscando alternativas para dejar de rascarse compulsivamente la bragueta. Rosa vuelve a relojear la tele. Tengo que remontar, urgente.

 

Me explayo, entonces, sobre la clase de sexo oral que “dictó” la impresentable Natacha Jaitt dando muestra de una proverbial flexibilidad bucal para deglutir una salchicha Vienisima de 20 centímetros.

 

El movimiento pendulante de su mecedora y sus chillidos faraduleros indican que todavía no la perdí. Rosa repite como quién acaba de descifrar un problema matemático irresoluble “¡¡!!oohhh, ya me acuerdo, es la chica que apareció en Tinelli, ooooohhhh!!!!”, grita a los cuatro vientos.

 

Ahora Rosa quiere que le confiese algo escandaloso. Me despacho relatando el cierre de una sala teatral, El Cuenco. Ella reclama una confidencia.

 

– “Hábleme del teatro de revistas o si Moria Casán es tan glamorosa como sale en la tele”, replica.

 

A riesgo de sucumbir, redoblo la apuesta. Le hablo de la jornada artística de resistencia al desalojo en Villa La Maternidad que se coronó con un guiso junto a los vecinos del lugar. La viejecita hace un largo silencio y antes que vuelva a cuestionarme prosigo, algo turbado. Saco a relucir el contacto con El Hombre Amarillo.

 

– “¿¿El hombre qué??” dice mientras parece imaginar a un ser estelar con forma humana y rasgos de androide.  

 

“No, no, nada de eso”, le respondo. El Hombre Amarillo es un colectivo artístico de hombres privados de su libertad que interpelan a los de afuera -es decir, a nosotros- con obras de una densidad estética comparable a la de artistas reconocidos. Nos comunicamos con ellos a través de un profesor de la UNC que les brinda clases en la Penitenciaria de Barrio San Martín.

 

– “¿Cómo? ¿Les enviaron una carta?” pregunta, desconfiada, sin dejar de lado el trato formal que siempre me dispensa.

 

– Claro, le digo. Enviaron un cuaderno con sus respuestas de puño y letra. El escrito contenía también una invitación personal para que yo vaya a visitarlos a la cárcel: la invitación era por demás sugestiva, casi una propuesta indecente que deseché de plano ante las cargadas de mis compañeros de laburo.

 

– “Yo sabía que todos esos sabandijas que están en la cárcel son unos degenerados. Menos mal nene, de la que te salvaste”, advierte Rosa con la certeza de quien conoce el paño.

 

Quiero contarle de Chun Wang, un pianista chino, virtuoso como pocos, que logró cautivar a las viejas paquetas del teatro San Martín pero me frena en seco.

 

Con cierto pesar Rosa mira hacia el suelo, vuelve su mirada hacia mi y dispara: “Ya entendí que es eso del periodismo cultural: son cosas que no salen en la tele”.

 

Me quedo en silencio pensando que la ambigua respuesta de Rosa es lo bastante certera como para dejar (nos) conformes.

Es tiempo de partir…

y me voy.