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Tiempos de peña

Peñas no: Esta vez no pudo ser en el comedor universitario.

Peñas no: Esta vez no pudo ser en el comedor universitario.

Sábado 22:30. La caminata por la desolada ciudad universitaria es interrumpida, apenas, por el paso de algún colectivo que no detiene su marcha. Las sombras de la noche reflejadas en el suelo se confunden con mis pasos, huidizos, presurosos de llegar a destino.

 

Es noche cerrada y el silencio espectral que reina da un marco atípico para una peña universitaria. Rodeo la facultad de Odontología y me encuentro con el Comedor en penumbras.

 

 

Algo anda mal: reunidos en torno a algunas cajas con comida, a la intemperie, un grupito se aburre. En cuestión de segundos nos ven y una de las chicas viene hacia donde estamos con paso decidido.

 

 

“¿Vienen a la peña de Rally?” –pregunta la chica en un español con inconfundible acento galo-. Sin esperar respuesta explica que el Comedor fue clausurado, que están organizando para ir hacia la costanera, al lugar de reemplazo.

 

 

La francesa nos invita a sumarnos al grupo. Accedemos. Son parte de la organización del evento, de la universidad trashumante y tienen la tarea de dar aviso a los desprevenidos. Si los recién llegados no cuentan con medio de movilidad, también intentan proveérselo.

 

 

Mis alpargatas no son de gran ayuda: está algo frío y la dilatada espera por el transporte se ve compensada por una empanada caliente y una gaseosa…también caliente.

 

 

Somos los primeros de una abultada lista que comienza a engrosarse con el correr de los minutos. De los cuatro puntos cardinales se filtran a cuentagotas parejas, grupos de amigos, gente joven y no tanto, algún alma solitaria. Todos traen la misma cara de perplejidad, mezcla de resignación y expectativas contenidas.

 

 

Un colectivo se estaciona junto al cordón. Ya somos unos 40 pero se registran algunas bajas porque la mayoría de los automovilistas que sigue camino hacia la “verdadera” sede de la peña acepta llevar a más gente si cuenta con asientos disponibles.

 

 

Cuando el ánimo de los más jóvenes empieza a caldearse se da la orden de abordar. El micro se completa. Los chicos de la organización se quedan un rato más, en inmediaciones del comedor, alertando a los trasnochados que siguen llegando en pequeñas dosis.

 

 

Desde la ventana observo el festín de dos perros hambrientos que ante un descuido de los trashumantes se apoderan de las cajas con empanadas. Luego, uno de ellos sumerge el hocico en un vaso de gaseosa sin chorrear ni una gota. Nada se desperdicia cuando el hambre apremia. 

 

 

Sábado 23:45. En Captain Blue XL la peña está en pañales. Del tablado bajan las primeras melodías: zambas suaves y chacareras cansinas son acompañadas por un cuerpo de baile al pie del escenario.

 

 

La concurrencia aún no es nutrida y se agolpa junto a los bailarines. En la entrada los cuadros del expositor de turno son ignorados por la mayoría.

 

La escena se continua con sendas barras de bebidas a ambos lados del predio para terminar en los baños y exactamente en frente se erige un improvisado stand de merchandaisin del colectivo trashumante ofreciendo remeras, libros y cedes del artista que cierra el evento.

 

La previa al número central se extiende pero a nadie parece importarle demasiado. Los unos, pegados contra el escenario se concentran en la música, los otros, más dispersos y al fondo, charlan a sus anchas. Entre diálogos y presentaciones la noche transcurre sin sobresaltos.

 

 

Domingo 1:15. La calma iniciatica deviene en montonera, intensidad, energía y entrega con la presencia de los jujeños Inti Huayra. La síntesis de sonidos latinos y acordes andinos deja estupefactos a unos cuantos, entre los que me incluyo.

 

 

Pronto se termina y se hace carne una sensación de orfandad musical, algo semejante a una hambruna que no fue saciada. Queremos, necesitamos, ver y oír  más de Inti Huayra. Si el municipio no lo frustra, el 15 de mayo tendrán “su” peña en el Comedor universitario.

 

 

Domingo 2:30. Con la platea todavía extasiada por el vendaval jujeño hace su entrada Raly Barrionuevo. Primero presenta a su pareja musical de la noche Laura Ros. Comparten 15 minutos en escena ante un público silencioso, demasiado silencioso. Ella es una chica poco carismática pero con una voz prodigiosa. 

  

 

En su faz solista, Raly también hizo de las suyas en una maratónica velada que se completo con algunos temas recientes y muchos clásicos que fueron acompañados de efusivos bailes entre chinitas y mocitos.

 

 

Pañuelos blancos al viento, manos que se toman, zapateos, giros y el aire denso de la ciudad pegándonos en la cara.   

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