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Aquella marcha, aquella mujer

 

Es 24 de marzo, por la tarde. Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Día de conmemoración en las calles de la ciudad. Los soles del 24 son cálidos, transitivos, distantes: como si indicarán que el otoño en realidad comienza hoy. De camino hacia Colón y cañada, un encuentro casual con una amiga de H.I.J.O.S. se ve alterado por la irreverencia de una paloma con buena puntería.

La tibieza húmeda recorre el cuello hasta ser detenida por un pañuelo descartable. Se para la hemorragia pero no sus efectos: dos manchas negruzcas quedan estampadas sobre la prenda a la altura de la clavícula derecha.

Bajamos por Jujuy hasta Colón. La avenida está de bote a bote y sólo se puede circular por un estrecho corredor sobre la vereda. Después de un rato, mi amiga encuentra a sus compañeros, decido no acompañarlos y perderme entre el gentío.

 

Instantáneas

 

Hago diez metros y encuentro a Reinaldo, un hombre sensato que no veo hace muchos años. Según cuenta, participa desde las primeras marchas, allá por 1980, cuando la dictadura todavía no había mostrado signos importantes de resquebrajamiento.

Dice que entonces era otra cosa. Que no cortaban calles, que muy pocos se movilizaban, que marchaban junto al cordón entre el miedo y la desesperanza. Dice que las cámaras de foto intimidaban. Ante mi extrañeza, responde: “¿Qué otro destino podían tener esas fotografías tomadas en tiempos de censura sino el de delatarnos?”.

Aquellas instantáneas de ayer, de miedo y terror, en nada se parecen a las cientos y cientos de fotos que toman esta tarde reporteros gráficos, fotógrafos y demás asistentes. Hoy se constituyen en testimonios visuales, formas potenciales de difusión de lo que acontece al interior de la concentración, de sus rituales y protagonistas.

 

Ojos de cielo

 

Continúo la marcha, mi marcha, en sentido inverso al de la marea humana que se ubica en dirección al microcentro. La llegada de varias columnas de militantes variopintos que quieren ocupar sus parcelas entre bombos, redoblantes y banderas, hace difícil alcanzar el lugar donde se ubican los más rezagados.

Me escabullo igual, doy un rodeo completo, sin resultados. Parezco vagar sin rumbo fijo pero hace rato que intento localizar a una muchacha, qué no sabe de mi búsqueda y me será esquiva, toda la tarde.

Cuando el orador anuncia la partida me encuentro rodeado de adolescentes. Son parte del colectivo de estudiantes secundarios organizados, la sangre nueva, que a fuerza de cánticos desafinados, salto y baile imprimen un ritmo contagioso a quienes quedamos a su merced.

El paso es lento y cansino. Los 900 metros que separan el punto de salida y la Plaza San Martín se recorrerán en hora y media. Esta tarde nadie está apurado: el ritmo febril de vehículos y peatones, de todos los días, tiene aquí su contracara. Se agitan consignas, se charla, se discute; y por momentos te envuelve un silencio reparador, y así, ensimismado, uno puede echarse a recorrer sus propios pliegues interiores.

En una de las detenciones esporádicas siento un cosquilleo en la espalda, sutil e intermitente. No es un simple roce: alguien me acaricia. Al girar la cabeza una bebé depositaria de unos enormes ojos color cielo descansa en los brazos de su padre, mira la remera y continua extendiendo su mano izquierda. Al verla me sonríe y agita sus dedos con insistencia: doy la vuelta y la dejo hacer.

 

 Aquella mujer

 

Veinte metros más y una nueva pausa. Mis ojos recorren el entorno sin detenerse en nada hasta que aparece aquella mujer en el horizonte. Creo que encontró al muchacho antes que él a ella y por eso vuelve su cuerpo hacia atrás, para que él preste atención. Es cuarentona, tiene el pelo castaño oscuro y corto, tez morena y apenas supera el metro sesenta. Él tiene veintitantos, cabello rubio y tez blanca, supera ligeramente el metro ochenta. Ella mira y sus ojos pendulan entre la muchedumbre y el rostro del muchacho. Espera, agazapada, alguna reacción.

Por fin las miradas se encuentran, ella se abre paso entre la gente y se ubica a muy corta distancia. Hace una seña tomándose el cuello con su mano izquierda y agita la otra para que él se acerque. Con un hilo de voz le dice al oído que no puede hablar, que está afónica. Él asiente con la cabeza y contesta –“Hola”.

Por un momento ella parece olvidar su malestar y hace preguntas al muchacho. –“¿Te recibiste? ¿Y qué haces? ¿Cómo está tu hermana? Decile que quiero verla…”, agrega enfatizando la última frase. Él responde haciendo un uso desmedido de la síntesis. Ella vuelve a la carga. –“¿Dónde vivís? ¿Qué hace tu hermana? ¿Tenés novia?”.

Está incomoda y se le agotan los interrogantes así que levanta su brazo izquierdo llamando a alguien. Es la señal para que aparezca en escena un señor pelado y de bigotes anchos que minutos antes estaba a su lado, abrazándola. Se parece bastante al Puma Goity, el actor, pero se llama Roberto. Roberto saluda al muchacho, ella reitera que no puede hablar y los tres se despiden sencillamente.

La pareja se adelanta unos metros y el muchacho detiene su marcha esperando una distancia prudente para no volver a verlos. Cuando quedamos otra vez codo a codo, el rubio sonríe y dice: -“Es mi progenitora…no la veía desde hace años”. Luego calla y permanecerá así el resto del trayecto.

 

Golpe de suerte

 

De nuevo entre adolescentes. En este grupo todos portan carteles con fotos blanco y negro de personas desaparecidas. En el amontonamiento una pancarta impacta ligeramente en mi cabeza. La chica que la carga me toma con suavidad del hombro y pide disculpas con una sonrisa pudorosa. Lo dice con tanta dulzura que pienso en negarme un rato, por si insiste.

 

Razones subversivas

 

Al llegar a la Plaza, las madres sueltan globos blancos y naranjas que identifican a su organización y un aplauso cerrado acompaña el cortejo. La gente se arrima contra el palco y sobre las tablas se reúnen representantes de madres, nietos, meretrices, trabajadores, estudiantes, campesinos y pobladores de la argentina profunda para leer por tramos el documento consensuado con los organismos de derechos humanos.

Toto, uno de los oradores más encendidos, dice:

-“La urgencia del amor es subversiva”.

La frase me pega en la frente y caigo en la cuenta que ya no tengo nada que hacer allí. Mientras me alejo por calle Deán Funes pienso en lo que encierra esa frase, en su densidad y en que Toto tiene razón, mucha razón.

Curiosidad. En la foto publicada por La Voz el 24 de marzo aparece aquella mujer.

Curiosidad. En la foto publicada por La Voz el 24 de marzo aparece aquella mujer.

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