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La cruz invertida: escuela y religión

El colegio dónde no me confirmé. Detrás, a la izquierda, puede observarse la torre de la parroquia.

El colegio dónde no me confirmé. Detrás, a la izquierda, puede observarse la torre de la parroquia.

El primer día de clases entré al aula, miré el crucifijo estratégicamente colgado en la pared y pensé “¡¡¡ que mierda hago acá…!!!” pero me quedé y al final del año me despedí de la primaria sin pena ni gloria.

Era la primera vez en mucho tiempo que dejaba de lado cierto nomadismo escolar -registraba un record personal de tres escuelas diferentes en tres años consecutivos- y hacía escasos meses que mi familia se había establecido en Villa María.

Todo me resultaba más o menos conocido en el nuevo colegio a excepción de su impronta religiosa que rompía por completo mis esquemas laicos.

Hasta entonces el único contacto que había tenido con los representantes de Dios en la tierra se reducía a la machacona insistencia de una abuela por llevarme algunas tardes de verano a la iglesia y enseñarme las “oraciones”.

Durante el módulo de religión siempre me sentía desorientado: al no contar con el adoctrinamiento de los seis años previos –¡gracias a Dios!- mis compañeros llevaban mucha ventaja y para no sufrir la condena pública me escondía detrás de un pupitre al final del aula con la esperanza de que no se pusiera a prueba mi (des)conocimiento en la materia.

Las horas de religión eran una proverbial pesadilla y, por si fuera poco, la intratable maestra de matemáticas era la encargada de repasar las vicisitudes de los Misterios del Señor… cuando está mujer hablaba del tema era tal su entrega, pasión y fanatismo que llegué a preguntarme por su esperpéntica cordura.

El regalo divino

Por suerte, la muy devota, nos tenía reservado un ‘regalo divino’ para coronar nuestra formación religiosa. Los contenidos de todo el año se orientarían al sacramento que faltaba brindarnos a los cristianitos de esa edad: la confirmación.

Así que después de haber sido bautizado sin mí consentimiento resulta que ahora me iban a confirmar. Confirmar qué? No tenía que confirmar nada. Menos aún mis exiguos lazos con la religión católica-apostólica-romana. Pero el procedimiento era una exigencia de la institución.

De la noche a la mañana comencé a asistir a misa, aprendí oraciones y alabanzas y desarrollé cierta fobia hacia los que visten sotana y viven encerrados detrás de sus altares.

Debía confirmarme y para hacerlo tenía que acreditar mi condición de ‘hijo burocratizado de Dios’ presentando mi certificado de comunión. Nunca lo obtuve porque nunca hice comunión alguna.

Así las cosas, los días fueron pasando y la insistencia de la curia escolar por la documentación que me abriría las puertas del cielo iba in crescendo.

Los papeles jamás llegaron y tampoco me presenté el día indicado. El lunes siguiente debía enfrentar la lapidación pública a menos que tuviese una buena explicación para argumentar mi ausencia: de otro modo, la herejía caería sobre mis espaldas.

El día del juicio final

Con los nervios de punta y con ánimo de quién transita el corredor de la muerte previo a la inyección letal, entré al colegio, formé fila, canté Aurora como nunca y en el instante en que me dirigía rumbo al aula soy interceptado por las profesoras.

La señorona de religión encabeza el interrogatorio. Piden una explicación. “Usted es el único que no se ha confirmado”, repite la devota con insistencia. Todos mis compañeros desaparecen. Un silencio atronador recorre el salón. Sus miradas inquisidoras reclaman respuestas. En ese momento comienzo a hacer gala de mi mejor cara de pecador arrepentido y miro a los ojos de cada una haciendo una pausa eterna.

Les digo.

Acto seguido, las tres intercambian miradas cómplices y con un dejo de falsa ternura una me acaricia el cabello cómo si tuvieran lástima de mi paupérrima existencia. Las otras dos se esfuerzan por sonreír, en vano.

Retomo mi marcha hacia el aula enjugándome las lágrimas de cocodrilo que derramé para darle mayor verosimilitud a la escena.

Ellas se quedan cuchicheando. Nunca más volverán a mencionar el tema. Mi historia de la familia interreligiosa enfrentada por sus orígenes judeo/cristianos había dado sus frutos.

 “¡¡¡Alabado sea el señor!!!”

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Nadar contra la corriente

de-espalda

Una rubia se tiño de negro. Ocurrió en Guatraché.

 

Tras una década de ausencia regresé el pasado fin de semana a La Pampa. Esta vez para visitar a un@s amig@s cuyos rostros casi no recordaba. El reencuentro fue emotivo y borró de un plumazo todos esos años de distanciamiento. Pasó mucho tiempo pero en esencia somos los mismos.

 

Más allá del anecdotario personal, encontré en Guatraché -el pueblo donde viven estos amigos- algo fuera de lo común que merece especial atención.

 

Guatraché es un pueblo de 3.700 almas ubicado al este pampeano y casi al límite con la provincia de Buenos Aires. Situado en un área geográfica difusa, “no termina de pertenecer a la patagonia ni tampoco a la región pampeana”, dice al respecto un célebre habitante del lugar.

 

Amén de otras cualidades Guatraché tiene una singularidad compartida por escasos pueblos en el territorio nacional: con la llegada de los primeros colonos a la zona, en los albores del siglo XX, se asentaron allí varias oleadas de inmigrantes, en particular de origen eslavo.

 

Los descendientes de aquellos colonos conservan en sus apellidos y en su aspecto físico los últimos rasgos que la argentinización de sus ancestros no alcanzó a borrar. Grande fue mi sorpresa cuando conocí una muchacha que pugna por diferenciarse de sus pares tiñéndose el pelo color negro azabache. Luego descubrí que eran muchas las jóvenes que siguieron ese camino.

 

Se sabe: conseguir pareja en un pueblo puede ser una tarea compleja pero que una veinteañera rubia, de ojos claros y piel al tono decida renunciar a sus ‘cabellos dorados’ en un país donde los morochos son, como mínimo, valorados negativamente, marca un vuelco copernicano en la historia de la segregación vernácula.

 

Las consecuencias son imprevisibles pero se estima que tras la difusión de la noticia aumentará el número de suicidios entre los skin-heads que pululan en las grandes ciudades del mundo. Sin embargo, no serían los únicos consternados: Una investigación reciente logró determinar la existencia de otros experimentos sociológicos bizarros que podrían equiparársele.

 

Mendigos por elección

 

En Buenos Aires, una logia secreta formada por gerentes de multinacionales pertenecientes a sectores tan disímiles como el petróleo, la minería, las finanzas y la producción de soja, decidieron reeditar una historia por la que derramaron ríos de lágrimas en la niñez: “El príncipe y el mendigo”.

 

En la reserva más absoluta, los cuatro renunciaron a sus trabajos de oficina y a sus vidas de opulencia, se olvidaron de sus familias y se radicaron en Ciudad Oculta. Allí no fueron recibidos como esperaban pero están saliendo adelante con una pequeña cooperativa para recoger cartones.

 

Experiencia lujuriosa

 

Otro caso emblemático es el del Padre Juan. Juan era un sacerdote tucumano que dedicó más de 30 años de su vida a la carestía y el celibato hasta que harto de ver a sus pares vivir como reyes y nunca convocarlo para las ‘reuniones privadas’ decidió tomar cartas en el asunto.

 

Como se quería ir por la puerta grande canceló casamientos, aplazó bautismos y organizó una “misa especial” en su parroquia. Ese sábado dio el sermón de su vida y consiguió cautivar de tal manera a su auditorio que cuando empezó a sonar la cumbia mientras los monaguillos repartían vino entre los presentes nadie se horrorizó.

 

Los fieles se tomaron demasiado en serio -o en joda- la velada y la fiesta terminó mal. De madrugada la policía retiró los últimos borrachos que vegetaban sobre el altar. 

 

 

Nada volvió a saberse en Tucumán sobre el paradero del curita pero algunos viejos chismosos comentan que se fugó con la suculenta limosna de esa noche y se compró una chacra en Paraguay donde cultiva marihuana.

 

Los casos de personalidades invertidas se multiplican. A cuidarse porque quienes predican que no se puede nadar contra la corriente habrían comenzado a dudar…y yo también.