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¡Otra oportunidad, otra oportunidad!

La elección de una carrera no siempre es el resultado de un amor a primera vista. Te presentamos historias de estudiantes que rehicieron su camino a contramano del fracaso.


Son convidados de piedra a los cursos de orientación vocacional que acaparan los recién llegados del secundario. No forman parte de las estadísticas. Son los que alguna vez se subieron a un barco que no les correspondía y naufragaron en alguna facultad de la que no se sentían parte. Son los que se permiten una segunda o tercera oportunidad porque quieren realizarse y salir adelante. Pablo, Sofía y Bruno son lo que aquí denominamos reincidentes universitarios, pibes que no se plantearon abandonar los apuntes para siempre pero si estaban dispuestos a dar un golpe de timón en sus vidas hasta encontrar la verdadera vocación.

Pensar la arquitectura 


Lleva un reloj pulsera Nike al que parece no prestar atención. Se toma el tiempo para estacionar su bicicleta amarilla GT y pide mate amargo. Con su peinado al viento y barba rala de cinco días, Pablo Balanza (27 años) se acomoda en una silla desvencijada de un departamento céntrico para hablar de una de sus pasiones, la arquitectura. Con 4 años de cursado, hoy está super familiarizado con los métodos de estudio, maneja sus tiempos y se siente mejor preparado para los nuevos desafíos. En un sentido amplio se propone crear; diseñar.

“Diseñar implica inferir todas las necesidades que requiere un tema y a partir de allí elaborar una estrategia que posibilite el cumplimiento de la mayor cantidad de premisas posibles en un espacio dado. Tenés que confrontar con la realidad y discutir con los demás hasta llegar al resultado final”, dice Pablo.

La terminología que emplea para explicarse ar-qui-tec-tó-ni-ca-men-te tiene relación con una rama de las humanidades que él recorrió durante 2 años. Inferencias, premisas, silogismos y otras yerbas eran moneda corriente en filosofía, donde se instaló luego de transitar un secundario de doble escolaridad inflamado de matemática avanzada y física a granel.

La filosofía se le presentó como un campo ligado a la investigación y, por consiguiente, a los viajes. “Quería viajar y estudiar, viajar y saber; aprender”, recuerda. Pero el suyo fue un camino errático y sentía que se alejaba cada vez más de su romántica idea inicial. ““En aquellos tiempos comencé a frecuentar la casa de un amigo que hacía Arquitectura. Compartí con él y sus compañeros largas noches de estudio. Encontré un universo diferente: actividades totalmente prácticas y grupales, una materia diferente cada día, un ritmo más dinámico. Sentí que se abría una posibilidad más enriquecedora”.

Su estilo de vida dio un vuelco. De lector y redactor de ensayos teórico-filosóficos en un espacio de gran intimidad y reflexión pasó casi sin transiciones al tablero, el montaje de maquetas, el diseño de objetos y más. Si bien los comienzos fueron duros -con altibajos incluidos- no se arrepiente del cambio…y su interés por las humanidades se mantiene intacto. “Filosofía me ayudó para interiorizarme en la teoría de la arquitectura, que en mi carrera no es un área fácil de abordar. Me va muy bien con la parte teórica y eso -como en cualquier disciplina- te da una ventaja muy grande. Me pasaba horas leyendo y al final del día trabajaba menos para las entregas”.

De carrera en carrera

Es jueves santo y en el shopping de Villa Cabrera la circulación de gente es mínima. Mientras estrecha la mano de Iván -el mozo-, Bruno Alberstein (22 años) pide un desayuno: té, tostadas y mermelada casera. La tele está sintonizada en el Lagarto Show y las risotadas del conductor se mezclan con el repiqueteo de la máquina de pochoclos del multicine que no deja de producir cantidades industriales de pelotitas de telgopor comestible.

Rubio, flaco y alto, de melena frondosa y cejas tupidas, Bruno tiene un parecido indisimulable con el cantante Carlos Baute. Construyó su propia filosofía -la del esfuerzo- con una máxima que derrocha voluntarismo (“todos podemos hacer todo, no hay nada que no se pueda hacer”). A partir de allí, se lanzó a transitar ciudades y carreras. Sin embargo, como él mismo aclara, todavía le queda mucho por hacer.

Terminó el secundario y se fue aLa Plataa estudiar Sistemas. Decepcionado, regresa a Bariloche y el año siguiente se anota en Producción de Medios Audiovisuales para abandonarla más tarde y radicarse en Córdoba. Enla UNC, hace un curso de orientación vocacional donde descubre inclinaciones hacia administración de empresas y vuelve a Río Negro para probar suerte en esa carrera. Al poco tiempo, la dejó.

En 2010, Bruno se instala nuevamente en Córdoba, arranca una carrera humanista mientras vive en un hostel y busca un trabajo para sobrevivir pero sus múltiples intereses no encuentran el cauce esperado. Piensa anotarse en el IPEF y aprovechar su historial como atleta pero no. Piensa en carreras clásicas, piensa en Abogacía y tampoco se decide. El 2011 lo encuentra de novio, instalado en un departamento, con un trabajo estable y…estudiando una carrera distinta a las anteriores.

“No me sirve esperar 5, 6 años de carrera para ver que onda y recién ahí empezar una pasantía o un trabajo ad honorem. Además, si pudiera hacer lo que realmente quiero tendría que cursar 7 licenciaturas y el tiempo no alcanza. Ahora conseguí una carrera que articula con todas mis inquietudes, sin mucha carga horaria y lo mejor es que en un año puedo empezar a laburar”, dice Bruno.

La revelación le llegó mientras realizaba junto a su novia un plan de marketing para un empresa de telefonía celular. “Ese trabajo me definió la carrera de publicidad y marketing”, explica esperanzado en lo que vendrá. Sus padres, que lo apoyan de manera incondicional, también se ilusionan y esperan que esta sea la definitiva. “No quiero caer en la monotonía. Soy una persona muy inquieta y me puedo llegar a aburrir rápido. Al cambio ya estoy acostumbrado”, advierte como quien deja abierta la puerta a cualquier posibilidad.

Cambiar para triunfar

A Sofía Simón (24 años) le costaba horrores aceptar que la comunicación social no era lo suyo. Es que durante el verano previo al ingreso universitario viajó al Chaco y sucumbió ante los cantos de sirena de una prima encandilada con esa carrera. La incertidumbre del futuro cristalizaba por fin en una idea reveladora: “iba a ser periodista”, dice.

Padecía las materias, extrañaba su familia y a sus amigos de Ucacha pero no quería aceptar el traspié. Cuando la situación se tornó insostenible empezó a evaluar otras opciones y se acercó a la psicopedagogía. “Le metí pilas y en menos de 5 años la terminé”, comenta diez días después de su última materia.

A la flamante psicopedagoga se le acelera el pulso de solo recordar el 11 de abril. Aquella tarde, vestida de impecable camisa blanca, pollera negra y zapatos finos, no conseguía controlar el traqueteo de sus piernas. Con los nervios a flor de piel defendió su trabajo final ante un tribunal evaluador y todo fue un sueño cumplido.

Rindió con 10 y en el fragor de los festejos, entre llantos y abrazos con sus amigas-compañeras, se acercó una señora para ofrecerle trabajo en un centro de integración. La contrataron. “La integración consiste en realizar una adaptación curricular para quienes tienen dificultades de aprendizaje”, explica.

Ahora, tras varios años de experiencia en consultorios privados de rehabilitación cognitiva, se largó por su cuenta y planifica abrir un consultorio propio. En el presente de Sofí soplan vientos de cambio: a pesar de que no oculta la necesidad de estar siempre acompañada quiere mudarse a vivir sola y dejar atrás la vida de estudiante y el departamento que comparte con dos de sus hermanos sobre calle Rondeau.

Las trayectorias estudiantiles de Pablo, Bruno y Sofía ponen en evidencia que definir un futuro profesional desde el momento en que se abandonan las tranquilas aguas del cole secundario no siempre resulta una tarea fácil. Pero después de la tormenta siempre llega la calma. Pablo encontró en la filosofía un mundo nuevo que hoy explota con la arquitectura, Bruno no deja de incorporar conocimientos de cada una de las carreras que emprende y Sofí aprendió a ser más flexible y comprendió que un cambio de rumbo no significa fracaso. En la elección de la carrera, como ocurre a veces en las películas, las segundas entregas pueden resultar mejores.

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El escritor oculto

El medico y escritor H. Lanvers en una aldea Masai durante su ultimo viaje al Africa.

Casi un desconocido para el gran público, H. Lanvers es un médico cordobés que prepara estudiantes de medicina y en sus tiempos libres se dedica a viajar y escribir. Recién llegado de su décima visita al África, relata cómo escribió dos de las novelas más vendidas en los últimos años en Argentina.

 

Hernán Lanvers es rubio, alto, fornido y podría ser la personificación local de Indiana Jones. Se recibió de médico cirujano pero nunca ejerció. Durante muchos años jugó al rugby en el exclusivo Jockey Club aunque a veces no le alcanzaba para comer.

Mientras cursaba tercer año de la facultad descubrió que podía enseñar a otros lo que aprendía en la universidad y abrió su propio instituto que funciona actualmente en Nueva Córdoba.

Lanvers consiguió recibirse con mucho sacrificio. “Era un estudiante muy pobre: vivía en una pensión con cinco peruanos en el barrio Clínicas. Cuando llegaba fin de mes tenía que vender mis libros porque no tenía para comer. Tuve muchos trabajos –incluso fui vendedor de choripanes- hasta que descubrí que era bueno en uno: dar clases. En el primer mes y medio conseguí 40 alumnos y cuando me recibí de médico decidí dedicarme de lleno a la enseñanza”.

Lo reseñado hasta aquí es solo una parte de su historia personal. La otra tiene que ver con su labor de escritor. A pesar de ser casi un desconocido para el gran público, Lanvers es un fenómeno editorial que llegó al tope de las listas de best-sellers con su primera novela ‘África. Hombres como dioses’.

Agotó seis ediciones en Córdoba para luego hacer pie en Buenos Aires y el exterior a través de un sello internacional (Random House/Sudamericana), éxito que se repetiría con su segunda obra ‘África. Harenes de piedra’.

¿Cómo lo logró? Envió ejemplares de su primera novela a cada uno de los 90 empleados de la editorial con una nota redactada de puño y letra en la que les pedía que dedicaran al menos diez minutos al texto y luego le escribieran un e-mail con su opinión…bajo la inocente amenaza de enviarles un nuevo ejemplar todos los meses durante cinco años si no accedían a su pedido.

La arriesgada apuesta dio sus frutos, leyeron el libro y ‘África. Hombres…’ apareció en las librerías de todo el país.

-¿Cómo llegaste a publicar tu primer libro? 

-“Lo único que había escrito antes era una guía en español para escalar el Kilimanjaro, la montaña más alta de África. El editor de entonces me animó a que hiciera algo masivo y eso coincidió con la inquietud de los pobladores del este africano que me consultaban si me dedicaba a escribir o contar historias y…me la jugué”.

Un día de invierno Lanvers recibe un correo electrónico donde le informan que su libro se vende como pan caliente. Lo curioso es que él no sabía que ya estaba publicado. Al poco tiempo llegaría otro aviso anunciándole que estaba entre los 3 autores más vendidos. Seguiría escalando posiciones hasta alcanzar la cima. Envalentonado con las buenas noticias, el autor quería un ejemplar de su libro y se fue a buscarlo a Buenos Aires.

-“Todavía no tenía posibilidad de conseguirlo en Córdoba. Viajé a Capital un domingo para no perder días de trabajo. Entré a un shopping y había una vidriera completa tapizada con mi libro. Compré tres ejemplares y pegué la vuelta. Uno puede creerse muy importante pero la realidad es que la editorial ni siquiera me envió algunos ejemplares de gentileza”.

El éxito de la novela ‘África. Hombres como dioses’ superó fronteras y la obra también se publicó en México y España. Pero Lanvers tampoco recibió ejemplares de esas ediciones.

¿Qué explicación le encontraste a tamaño éxito?

-“Es un fenómeno extraño. El primero lleva dos años en la calle y nunca fue presentado. Las dos entregas son las únicas en los últimos 25 años que llegaron a ser best-seller sin ganar premios y sin protagonizar un gran escándalo. En la primera edición a nivel nacional se lanzaron 12.000 ejemplares cuando a cualquier autor primerizo le editan no más de 1.500 y, sin embargo, se agotaron en menos de un mes. La primera tirada de “África. Harenes de Piedra” fue de 10.000 y desapareció en 15 días”.

¿Cómo te llevas con los intelectuales, con los escritores?

-“Pienso que estamos en rubros distintos. Muchos de los que se consideran escritores escriben complicado, para escritores. Yo escribo para la vieja del almacén de la esquina”.

Lanvers acaba de regresar de su último periplo por África, el décimo. Viajó a Kenia y Tanzania para escalar el monte Meru (4560 mts.) y en su estadía se alojó en una aldea Masai, un pueblo guerrero muy respetado que se distingue por cazar leones. Allí convivió con nativos en chozas construidas con bosta de vaca.

-“De todos los viajes extraigo cosas que después utilizo en mis libros. La idea es dedicarme a escribir únicamente sobre África. Tengo una biblioteca con 500 libros sobre el continente negro”.

-¿Cuándo aparece tu próximo libro?

-“Estoy escribiéndolo y calculo que será publicado en unos tres años. La idea es crear una saga de siete libros con las mismas familias inglesas como protagonistas. Puede llevarme unos 20 años y como no trabajo de esto ni aspiro a ser un novelista profesional…no tengo apuro. Si quisiera trascender más debería mudarme a Buenos Aires pero no me interesa. Quiero hacer todo lo que pueda desde Córdoba y continuar con mi trabajo en el instituto que me entretiene y me divierte”.

Cabezas humeantes

estudiantes destacados

Estudiantes de alto vuelo académico.

 

 

Admirados, envidiados o condenados por sus singulares capacidades, los estudiantes destacados afirman que encontrar la fórmula propia del éxito es la llave para alcanzar grandes resultados. En la siguiente crónica te contamos tres historias fuera de lo común.

 

Nerd, comelibros, traga, bocho, cerebrito, genio, groso son solo algunos de los múltiples apodos que reciben aquellos que dedican una devoción inusual a sus estudios.

El promedio general, esa convención creada para ‘medir’ el nivel de conocimientos, les sonríe siempre o casi siempre. Suelen ser inteligentes y cultos, obsesivos y perfeccionistas, tímidos y nerviosos, y sobre todo humanos.

Doctambulos! fue a buscarlos a las universidades para averiguar quiénes son esos chicos que hacen fácil lo que a muchos les resulta imposible.

 

El salteño de los días perfectos

 

Tres pibes abrumados de tanto sol persiguen una nube que surca el cielo frente a la Facultad de Astronomía, Matemática y Física de la UNC. Es mediodía de viernes y en el ingreso al edificio un chico de frondosa cabellera rizada a lo Bob Patiño cruza los brazos a la altura del pecho y durante unos segundos eternos aprieta con su mano derecha el escudo del equipo de sus amores –Belgrano- que sigue estampado sobre la camiseta que viste. Habla con otro -lentes oscuros, bermudas negras- sobre la transformación de la materia. De repente el ruludo recobra su gesto adusto: “Todavía no rendí Álgebra”, dice con pesar y el otro se le queda mirando enmudecido, sin saber que hacer, dónde encontrar consuelo. Mientras tanto, en el segundo piso, Hebe chequea su correo en una de las compus del Centro de Estudiantes. Le pido un nombre, promete conseguirlo.

 

Cuatro días después, en un departamento ubicado en el corazón de Nueva Córdoba, Alejandro Naser Pastoriza se bajará tres termos completos de Mate Listo Taragüí antes de contar su historia de estudiante exquisito. Ale es un pibe diez. Para que quede bien claro: su historia académica en la Licenciatura en Computación registra un promedio -escalofriante- de dos dígitos, diez.

 

-¿Cuál es el secreto para obtener un puntaje ideal?

 

-Depende de muchos factores: es muy difícil tener siempre un buen día, saber escribir bien, saber manejar los tiempos en exámenes que duran entre 5 y 6 horas. Si bien estudio a fondo las materias, mi habilidad principal es saber rendir finales. Hay una diferencia muy grande entre una cosa y la otra.

 

Dice Ale. Su romance con los números se remonta a 2004, cuando comenzó a participar de las olimpiadas nacionales de matemáticas durante el 5to año de secundario. Las competencias lo cautivaron de tal manera que estaba decidido a abandonar el cole a pesar de la resistencia de sus padres y profesores. Se recibió a duras penas y viajó 1200 kilómetros desde Orán –Salta- para estudiar Matemáticas en Córdoba. Siguió con las olimpiadas y obtuvo numerosos reconocimientos junto a su amigo y ex compañero Diego Sulca. La Competencia Ernesto Paenza, la más importante a nivel universitario, fue una de las victorias más celebradas por el dúo.

 

-Son instancias donde se prueban los conocimientos adquiridos pero a su vez se pone en juego un nivel de ingenio poco común -nada trivial- que requiere años de entrenamiento.

 

Lejos del estereotipo nerd, a Ale le cuesta horrores seguir una rutina o cursar en la facu. Prefiere vivir de noche, descansar de día y comer cuando pinta. En 2008 vivió un año sabático de fiesta y descontrol pero ahora está de novio e intenta llevar una vida “más tranquila”. Mientras, en 2011 se propone cursar materias de 2do y 4to año en Computación.

 

-¿Te gustaría mantener tu rendimiento académico?

 

-Aun no me decido. Un ejemplo: me pasó de promocionar con 9 Algoritmo y Estructura de Datos I y ¿qué hice? Rendí el final para sacarla con 10. Eso es algo bastante odiable para el resto…pero decir 10 es supremo. Abrir tu historia académica y ver que el promedio con aplazos suma 10 es hermoso. Una historia académica así es una obra de arte.

 

El fin justifica el bochazo

 

Siesta de Miércoles. Llovizna, garúa finito. Andrés Valdéz piensa que es un momento especialmente oportuno para tirarse a la cama y sintonizar Los Simpsons pero en cambio tiene que conformarse con ver llegar al cronista de Doctambulos! a las corridas. Dos cafés, libros por doquier, de fondo suena un tema viejísimo de Los Redondos. Andrés dice que dejará todo para ir a Salta a ver la presentación del Indio Solari. Aclara que le gusta leer textos de Cortazar, Sabato y Walsh pero las obras que verdaderamente lo cautivan son aquellas con las que se formaron sus profesores de Ingeniería Mecánica en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN).

 

-Siempre busco los libros que usaron mis profes cuando ellos cursaron la carrera. No me interesa los que ellos me proponen ahora porque yo no quiero estar al nivel de mis compañeros, siempre quise estar al nivel de mis profesores. Tener esos libros en las manos genera cierto fetichismo. No hay mayor satisfacción para un estudiante.

 

Andrés es, en realidad, Pinky en honor al verdadero cerebro de la dupla de dibujos animados. Así lo apodaron en la secundaria y así lo conocen todos en la UTN.

 

-En las últimas elecciones de consejeros estudiantiles tuve que ir curso por curso aclarando que soy Andrés Valdéz. Seria feliz si la boleta dijese Pinky…me ahorraría un trabajo astronómico.

 

Pinky forma parte de un grupo de investigación y estudio que se dedica al calculo estructural de elementos finitos, “una herramienta que permite resolver ecuaciones diferenciales con menos condiciones de contorno”, explica. Ante mi cara de zozobra, pide disculpas y entre risas dice que quiénes lean esto seguro van a entender. Ojalá.

 

Si bien su prioridad es recibirse, ello no equivale a realizarlo a cualquier precio. Estar a la altura de los profes implica que si alguno de los integrantes del grupo contesta mal una pregunta ante una instancia de examen final ¡el estudiante en cuestión solicitará que lo reprueben automáticamente sin derecho a replica!.

 

-Nosotros tratamos de explicarle ‘profe en esta materia me fue bien pero esta pregunta que usted me hizo está incorrecta, ya está, cortemos acá, póngame el 2’. Podríamos  pedir que nos coloquen ausente pero preferimos que nos aplazen porque es lo que realmente corresponde.

 

Dice Pinky. Como si nada fuera suficiente, tiene un talento poco frecuente: cursa materias y rinde finales en tiempo record. De las 12 materias que cursó en 2010, rindió y aprobó 9. Actualmente está cursando 8 materias de Ingeniería y 2 de Física en Famaf. Lleva al día su carrera prioritaria: está en 4to. año y tiene apenas 21 años. Además, acaba de editar un libro titulado ‘Termodinámica Técnica’ que será publicado en abril por la editorial Universitas. Y, por si ya lo olvidaron, cuando este ejemplar esté en tus manos él ya habrá regresado de Salta, empapado de pasión ricotera.

 

Premiada en valores

 

Cae la tarde del miércoles y la llovizna se intensifica acompañada ahora por una suave brisa del sur. Estoy retrasado y para llegar más rápido voy haciendo zancadas por calle Montevideo, evadiendo charcos.

Paula Ledesma me recibe en una oficina sobria, un estudio de abogados: despacho, biblioteca, cámara de seguridad. Sentada detrás del escritorio familiar destila pulcritud: cabello largo recogido, aros perlas blancas, sonrisa amplia de brackets estéticos, remera al tono y un enorme pañuelo negro y blanco anudado al cuello que disimula cualquier atisbo de piel coronado por pulseras y anillos en ambas manos.

 

Paula está a punto de egresarse de la licenciatura en Recursos Humanos y fue seleccionada como la estudiante destacada de 2010 en la Universidad Empresarial Siglo XXI (UE) por reunir los valores que esta última proclama: dedicación al estudio –tiene 9.04 de promedio general-, liderazgo y compromiso social. En 2012 planea realizar un Maestría en Administración de Empresas.

 

-¿Cómo haces para tener un desempeño académico tan elevado y realizar otras actividades?

 

-“No es imposible llevar una vida a la par de los estudios. Para mi los 4 ingredientes indispensables son organización, esfuerzo, dedicación y entusiasmo. No me cuesta dejar de salir un finde por estudiar pero tampoco estoy estudiando todo el día. Tengo otras ocupaciones que si me pongo a contarte vas a preguntar ‘¿Cuando dormís?’”.

 

En síntesis, su amplio abanico de actividades comienza por la tesis y continua con el asesoramiento a empresas en una consultora de rr.hh.; como ayudante en la cátedra Emprendimientos Universitarios de la UE; colaborando con la Fundación Nalbaldian y también en la Fundación Junior Achievement; formando parte de un grupo juvenil católico (Fasta) y participando de “una red pro-vida a nivel nacional que trabaja con jóvenes el tema de la drogadicción y la prevención del aborto”, explica.

 

-¿Cómo influyó el premio en lo personal y en lo profesional?

 

-“En la facu todos los profes me saludan pero algunos compañeros no tan compañeros me dejaron de hablar de un día para el otro…quizás un poco de envidia, no se, pero mis amigos amigos siempre están. En lo laboral yo tenía toda la esperanza. Mi sueño fue siempre trabajar en empresas grandes con una estructura de rr.hh. armada desde la cual nutrirme -como Roggio, Arcor o Coca-Cola- pero lo que conseguí en la consultora es algo más particular. Mi segundo sueño es tener mi propia consultora pero primero quiero tener más experiencia. Es difícil que vengan y me busquen con 23 años”.

 

Paula tiene que partir a su clase de Inglés y yo debo continuar mi camino. Antes de la despedida le ofrezco un ejemplar de Doctambulos! –N° 43, Septiembre de 2010-. La ojea rápidamente y al pasar una nota sobre Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS) dice “¡Porque ponen tantas cosas de sexo, todo pasa por el sexo, hay cosas mas importantes!”. Ensayo una justificación, le digo que la nota explica cómo prevenir las ETS. Ella contesta:

 

-“Si, si, no te acostés con cualquiera y vas a ver como las vas a prevenir de rápido…había un artículo que hablaba de los homosexuales, de una película gay, no me acuerdo…acá está (lee el titulo de la página 51, en voz alta):  “Una fiesta (del cine) gay”. Me dejo ésta, haber que dicen”.

 

Ingresantes: el precio de la libertad

Perderse en las calles de Nueva Córdoba, soportar inclemencias climáticas, mantener el ritmo de estudio o sobrellevar el desarraigo son algunos de los múltiples desafíos que enfrentan los nuevos aspirantes a la universidad. Sebastián Sigifredo te muestra cómo viven hoy los profesionales del mañana. 

 

Imaginá que de un día para el otro el estadio de Belgrano, el ‘Gigante de Alberdi’, explota de ingresantes. Unos 25 mil chicos y chicas recién salidos del secundario poblando plateas, palcos, la popular. Todos, casi en simultáneo, esforzándose por conseguir su lugar dentro del amplio abanico de carreras universitarias que brinda Córdoba ciudad.

Ellas son mayoría: del total, los varones no superan los 10 mil.

Llegan desde distintos puntos de la ciudad, también de ciudades y pueblos del interior provincial –desde Río Cuarto hasta Deán Funes-, y de otros interiores: San Luis, Jujuy, La Rioja y un largo etcétera.

Lejos de ser un grupo minoritario los ingresantes conforman un ejercito en las sombras de tal magnitud que si todos se tomarán de las manos de uno en uno podrían unir Córdoba con la veraniega Villa Carlos Paz (distante a unos 35 kilómetros).

 

Casi 2 de cada 10 personas que circulan por Nueva Córdoba son ingresantes. Aunque intentan pasar desapercibidos son fácilmente reconocibles: pichones de bichos raros que aparecen cuál aves migratorias desorientadas en un hábitat que les resulta hostil. Para colmo el aluvión ocurre en enero, época en que desaparece hasta el portero del edificio.

 

Ingresantes, bichos raros.  Así los miran los demás, así lo viven ellos.

 

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Para los recién llegados la ciudad y en particular el epicentro de la vida estudiantil -Nueva Córdoba- resulta un complejo rompecabezas de piezas que no siempre encajan bien. Y si no lo creen hagan la prueba: deténganse un rato en la intersección de Independencia e Hipólito Irigoyen y verán un espectáculo recurrente: chicos y chicas, solos o acompañados, que miran, desconcertados, los carteles de la calle -y levantan la vista hacia todas las direcciones posibles- porque no saben donde están, cuando fue que se perdieron.

 

José es santiagueño y vive en un departamento de dos ambientes en calle Balcarce, a metros del Parque Sarmiento. Quiere estudiar Relaciones Públicas. 

 

-Estoy ubicado cerca de la terminal de ómnibus. Mis puntos de referencia son la facu, Patio Olmos, Plaza España y la terminal. Me pierdo seguido si no camino por avenidas importantes.

 

Dice José, 18 recién cumplidos, hincha de River, amante de la chacarera y la cumbia con igual fascinación. El 16 de febrero cayó miércoles pero no fue un día como cualquier otro. Por la tarde le dijeron que obtuvo un 6 en el primer parcial y José sintió que tocaba el cielo con las manos. Había que festejar la hazaña y por eso después de clase se fue a lo de Lucas –que también aprobó-. Esa noche comieron pizza, tomaron dos cervezas. Cuando José intentó regresar se dio cuenta que estaba lejos de casa, en el límite entre Nueva Córdoba y barrio Guemes.

 

-Me metí por calles que nunca pisé. ¡No sabía dónde estaba! Por suerte encontré un taxi que me llevó hasta el departamento. Entre pizza, cervezas y taxi me quedé sin plata. Ahora voy a comer fideos con crema hasta que mi mamá me deposite. ¡Eh, chango! ¡Que bronca! Tengo que aprender las calles porque así no hay presupuesto que aguante.

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Ser ingresante no es lo mismo que tener cualquier ocupación u oficio. Ser ingresante significa estar destinado a desaparecer: se aprueba el curso de ingreso/nivelación y se alcanza el grado inmediato superior -el ‘subtítulo’ de estudiante- o llega la revelación menos esperada, la que nadie quiere escuchar, el indeseable “seguí participando”.

 

A Carolina el viaje desde Salta le resultó eterno. Llegó a Córdoba de madrugada, en medio de una lluvia demencial. Esperó en vano por un taxi libre y decidió caminar hacia la Cañada, hasta el departamento que desde ese día comparte con Laura, su prima y confidente. Solo tuvo tiempo para cambiar de ropa y secarse el pelo. Se las arregló para llegar 9,30 al instituto de apoyo universitario donde se prepara. Era 10 de enero y Caro no tenía dudas de porqué estaba donde estaba aquel día gris y húmedo a más de 900 kilómetros de su casa de toda la vida. 

 

-No me importa si se cae el cielo, si aprieta el calor o se corta la luz. Cuando se me pone algo en la cabeza no paro hasta conseguirlo. Quiero ser psicóloga y estoy feliz de estar en la universidad.

 

-¿Cómo imaginás tu vida en Córdoba? ¿Qué te gustaría que suceda?

 

-Quiero aprobar el ingreso para relajarme un poco. Estoy a mil, super nerviosa. Tengo curiosidad por conocer la ciudad, conocer más gente, seguir experimentando esto de vivir sin mis viejos. Ahora trato de concentrar mis energías en una cosa: estudiar, estudiar y estudiar. Si todo sale bien lo demás llegará solo.

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Es mediodía de martes y en la zona del Paseo del Buen Pastor pasan autos por calle Independencia abriéndose camino a bocinazos, aceleradas y frenadas bruscas. Los transeúntes cruzan la calle esquivando vehículos atascados mientras dos policías se aburren de estar parados en la esquina de siempre haciendo nada.

Sentados en un banco bajo la sombra de una palmera, Mario y Juan hacen una pausa para despejarse: toman coca-cola en vasitos de plástico blanco, diminutos. Recién salen de clases, tienen que ir a almorzar, estudiar y otra vez a clase. Si les queda tiempo –y ganas- esta noche van a repasar lo que aprendan hoy en la facu de Derecho.

 

-“Tengo una rutina pero a esta altura ya estoy cansado. No estamos acostumbrados. Me estoy amoldando a la vida de estudiante pero cuesta mantener el ritmo”, dice Juan.

 

Igual que su amigo y compañero, Mario pensaba que el ingreso sería más fácil. 

 

-Creía que con un buen plan de estudio y haciéndome preparar no tendría problemas. Me equivoqué. Hay un abismo comparado con el secundario.

 

Mario está en Córdoba desde el 6 de enero y todavía no regresa a su pueblo, Realicó, en el norte de La Pampa. “Todavía tengo acá para rato”, se lamenta. Los dos amigos aprobaron su primer parcial pero tras casi dos meses de frenetismo estudiantil empiezan a mostrar signos de agotamiento. Cuando los ánimos flaquean se piensa más en los afectos, las ganas de volver se intensifican.

 

-¿Qué extrañas de tus pagos?

 

-“La familia, los amigos, la gente. Extraño la tranquilidad, el silencio, salir a la calle y que alguien te salude…no sentirme un número más”, dice Mario entre nostálgico y melancólico. 

 

José conserva en su memoria postales de su historia reciente: el viaje de egresados, el asado con los amigos de siempre, las fiestas con los compañeros de 6to año. De vez en cuando, Caro extraña los rituales familiares y muy frecuentemente -casi todo el tiempo- los sabores de la comida hecha en casa. En cambio, Juan y Mario darían lo que sea por volver a jugar fútbol como en los ‘viejos’ tiempos.

 

Diseminados por Nueva Córdoba, el Centro y más allá, miles de sueños de ingresantes laten con intensidad diversa. Algunos quedarán en el camino y muchos más seguirán adelante. Mientras esto ocurre, la vida en la gran ciudad continua su marcha vertiginosa: surgen amores desesperados, alguien abandona la ciudad, otro consigue trabajo.

Para recibirse de ingresante hay que pagar el precio de la libertad.

Aprenderlo todo al mismo tiempo –estudiar, cocinar, limpiar, amar, sufrir: ¡vivir!- sin recetas, con ayuda de nadie.

Puro ensayo y error.

Historias filmadas a muchas manos

Parte del numeroso equipo de Muchas Manos Films.

Un grupo de jóvenes vinculados al mundo cinematográfico formó una cooperativa para rodar películas que conjugan entretenimiento y contenidos de calidad. Sebastián Sigifredo te cuenta cómo se hace cine en Córdoba con recursos limitados y una buena cuota de ingenio.

Enero de 2009. Los 35 grados del verano cordobés hacen difícil moverse, pensar, actuar. A Matías Carrizo el calor lo tiene sin cuidado: lo obsesiona la idea de hacer cine. En uno de esos días agobiantes, Matías se topa con el siguiente dilema: “Si la ciudad reúne tantos realizadores, creativos y talentos de la cinematografía que no tienen dónde mostrarse ¿Porqué no armar una comunidad para producir películas?”. De aquella pregunta iniciática surgiría una asociación cooperativa de trabajo que para hacer honor a su carácter multitudinario –congrega a más de 30 personas- se dio en llamar “Muchas Manos Films”.

Para crear la cooperativa el grupo debía filmar si o si. Necesitaban demostrar (y demostrarse) que no sólo se trataba de buenas intenciones. Así que parieron su primer vástago: un corto titulado ‘Sola en la noche’. Fue el acto fundacional al que luego le siguieron nuevos proyectos.

Los chicos de Muchas Manos comprendieron que para romper con la “abstinencia cinematográfica” -concepto acuñado por los integrantes para explicar el estado de desesperación de los realizadores cuando no producen, cuando no filman- se vuelve indispensable dejar de lado los recelos personales. Mientras se empapaban de cine, definían los principios básicos que iban a regir la flamante organización.

“Decidimos privilegiar la horizontalidad, abrirnos a una suerte de creación colectiva en la que todos somos productores ejecutivos, es decir, compartimos equipamientos, recursos, talentos, creatividad e incluso dinero en efectivo con el objetivo de filmar los productos de todos”, comenta Matías, fundador de Muchas Manos.

La cooperativa lleva adelante sus proyectos sin respaldo de empresas o fundaciones. A pesar que golpearon muchas puertas, la respuesta siempre es la misma: “Lo siento, estamos en crisis”. Un país que atraviesa vaivenes económicos permanentes y donde el cine no necesariamente es una prioridad, exige agudizar el ingenio y explotar al máximo la creatividad.

“Todo lo hacemos a pulmón y el dinero sale de nuestro bolsillo. El primer corto se filmó con equipos semiprofesionales propios. Para la segunda producción hicimos un esfuerzo mayor y alquilamos luces profesionales. En el tercer proyecto logramos reunir más fondos y utilizamos mejores equipos”, explica Matías.

De rodaje en rodaje

Los integrantes de Muchas Manos incursionan en la industria del cine a través de cortometrajes. La ópera prima ‘Sola en la noche’, fue dirigida por Matías Carrizo y protagonizada por Gisela Casalis. Se inscribe en el género del terror y fue escrito y rodado en un sólo día durante febrero de 2009. Además, participó recientemente del festival de género fantástico SHOTS 2010 en Nueva York.

‘El Bar donde Boris pierde el tiempo’, la segunda producción, nace de un proyecto postergado de Luis Maldonado: “El guión lo escribí en la época de la facultad. Era una cuenta pendiente que pude concretar con Muchas Manos. Se nutrió del aporte de todo el grupo, lo que enriqueció el producto final”, dice Luis.

El Bar… tiene la estética del cine negro de los años ‘50. Hicimos scouting por un montón de lugares hasta que dimos con la ambientación de antaño del -hoy desaparecido- bar Royal, en Alta Córdoba. El corto es atemporal, no se sabe en qué época transcurre: hay autos modernos pero el bar es antiguo. Nos inspiramos en las series de ‘Batman’ y en pelis como ‘Sin City’: queríamos darle ese aire”, añade Matías. A fines de marzo, la obra de Luis fue seleccionada para participar de la competencia oficial del Festival Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata (MARFICI).

El salto cualitativo lo dieron con ‘Sin Pulso’, una comedia de acción de zombies que se filmó en varias locaciones de Unquillo y Salsipuedes e incluyó a 80 extras en escena.”El verdadero bautismo grupal se dio en el rodaje de ‘Sin Pulso’. Se generó mucha expectativa, fue una gran producción. Se trabajó fuerte en un uso eficiente de los recursos. Era el arte de arreglarse con lo que teníamos a mano: la sangre se hizo con almíbar y colorante; las vísceras con miga de pan, jalea y tinta”, recuerda Andrés Perona, otro destacado integrante de Muchas Manos.

Antes de que se retire el otoño se proponen rodar ‘En el mismo mar’, de la jujeña Jimena Muñoz, un drama donde los personajes se conectan entre sí durante una tarde lluviosa.”Refleja la importancia de las pequeñas cosas, lo valioso de los pequeños momentos”, revela Matías. Andrés agrega: “Tiene un enfoque experimental muy interesante. Me parece bella e inteligente en el uso de los recursos. Un ejemplo: apela a la animación para narrar cuestiones emocionales”.

Muchas Manos es una usina de ideas. Como dice su fundador “hay muchas historias en cola, hay muchas cabezas pensado todo el tiempo”. A la posproducción de un videoclip de Smoke Sellers, una banda oriunda de Villa María, se suman varios proyectos en danza: una miniserie realizada para el exterior, un corto de animación, otro del género fantástico…y hasta una comedia entre grotesca y bizarra sobre los correambulancias, unos oscuros personajes que intentan ganar dinero reclutando clientes entre las personas lesionadas en accidentes de tránsito. Por el momento la realización de largometrajes no está al alcance de la productora pero ya cuentan con dos guiones en espera: ‘SubUrbia’ y ‘Los recuerdos de Florencia’.

Entretenimiento con calidad

Mientras los cortos continúan recorriendo festivales y muestras itinerantes, los integrantes de Muchas Manos se ilusionan con difundir sus producciones entre el público local. Andrés considera que los festivales son interesantes “pero soñamos con fundar algo así como un mercado audiovisual; deseamos mostrar al ciudadano común que se pueden consumir realizaciones hechas en Córdoba porque están al nivel de lo que llega de afuera. Creemos que hay un público potencial que espera cosas y está muy bueno tener a esa gente en mente”.

En este camino de definiciones y objetivos, Muchas Manos se propone anular el distanciamiento que existe entre lo festivalero y lo popular, entre lo técnicamente depurado y la masividad. Por ello es que sus productos terminados pueden apreciarse en You Tube y por ello es que reivindican  filmes como la multipremiada ‘El secreto de sus ojos’ de Juan José Campanella o la aclamada serie ‘Los Simuladores’ de Damián Szifron.

“Queremos hacer cine donde pasen cosas, queremos personajes y conflictos. Queremos llegar a un público masivo brindándoles historias que condensen entretenimiento con contenido”, puntualiza Matías. Andrés completa el concepto: “Es posible hacer cine entretenido que a su vez tenga altos estándares narrativos y técnicos: ahí está el verdadero desafío”.

El artículo completo fue publicado en revista Doctámbulos! del mes de abril/2010.

La ruta del mochilero: una travesía desde Córdoba al Machu Picchu

Cada año miles de jóvenes se calzan la mochila para emprender un viaje inolvidable hacia la ciudad sagrada del antiguo imperio incaico. Sebastián Sigifredo pasó dos meses en la ruta y recorrió cuatro países de la región  para contarte los destinos que no te podes perder en este verano.  (Versión completa de la nota publicada en revista Doctámbulos, nro. 36, diciembre de 2009, Córdoba, Argentina. ver http://www.doctambulos.com.ar)

En las alturas de la ciudadela del Machu Picchu, Perú.

En este número Doctámbulos! propone un camino, una alternativa posible para aquellos que se ilusionan con dar un pequeño-gran paso en sus vacaciones: lanzarse a la ruta por algún tiempo para conocer personas, paisajes, aromas y sabores distintos.

La experiencia corre por cuenta de éste cronista que regresó recientemente de un itinerario por el norte argentino, Bolivia, el sur de Perú y el norte de Chile. Fue un viaje iniciático: primera vez como mochilero, primera vez haciéndolo sólo, primera vez en una travesía tan extensa: 8000 kilómetros por Sudamérica.

 Mientras las luces y los ruidos de la ciudad que transitamos todos los días van desapareciendo por la ventanilla del ómnibus, un cúmulo de sensaciones encontradas te toman por asalto. Pero una vez que la aventura se hecha a rodar la imaginación se ve superada por la realidad.

Como el momento en que me encontré con un viejo amigo de la facu que no veía desde hace años y que sin dudarlo un instante abrió las puertas de su casa para compartir unos días -y unas noches- inolvidables en su Santiago del Estero natal.

O aquella tarde volviendo de un city tour por los sitios emblemáticos de la ciudad de Tucumán en que arribé en un hostel completamente vacío donde sólo había otro viajero que sin conocerme me invitó a compartir su ruta por los Valles Calchaquíes. Así se larga esta historia. 

El norte de los contrastes

El recorrido entre Tucumán y Tafi del Valle tiene postales a la vista de quién quiera sorprenderse. Hay de todo: verdes tenues en los valles fértiles, amarillos chillones en las plantaciones de caña de azúcar, verdes intensos en la zona virgen de las yungas y un abanico de tonos pardos en el cordón pre-cordillerano. Región indispensable para quienes desean conectarse con la naturaleza, la ruta de los valles tucumanos es muy transitada por mochileros que siguen camino hacia Salta a través de un pueblito de ensueño: Cayafate.

Además de tener sol los 365 días del año, Cafayate es la tierra del vino torrontés. Bodegas, comidas típicas, noches de peña y el ambiente colonial de sus casonas antiguas es una invitación al disfrute que difícilmente el viajero pueda rechazar.

Camino a Salta capital desde Cafayate se encuentra el circuito denominado Quebrada de las Conchas donde la irregular estructura montañosa se funde con el viento para generar motivos únicos. La erosión permite recrear el hundimiento del Titanic, divisar la figura de un obispo pétreo o contemplar un sapo de cinco metros de diámetro descansando eternamente al lado del camino.

Lo más impactante llega sobre el final. A la Garganta del diablo le sigue el Anfiteatro, una suerte de fortaleza rocosa de una acústica natural con tal grado de fidelidad que nada tiene que envidiar a cualquier teatro importante.

El ‘Anfiteatro’ en la Quebrada de las Conchas (Salta, Argentina)

La siguiente posta es Salta, la linda. No es pretencioso hablar de la belleza de su centro histórico. Cabildo, iglesias y museos se conjugan con una moderna peatonal comercial. Para obtener una panorámica nada mejor que subir al cerro San Bernardo en el teleférico. Sin embargo, la noche interminable de “la Balcarce” –calle que concentra los principales pubs y boliches salteños- es, por lejos, la principal atracción para los jóvenes.

Siguiendo hacia el norte, San Salvador de Jujuy es un paso obligado para quienes se disponen a disfrutar la imponencia de La Quebrada de Humahuaca. Desde que fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, el corredor que une la pintoresca Purmamarca con el sereno poblado de Humahuaca vive un aluvión turístico sin precedentes. Entre ambas localidades se ubica Tilcara, tierra de míticos cantores que se disfraza de carnaval en los meses de verano. 

En la Quebrada la afluencia desmedida de camionetas 4×4 y gringos de todas las nacionalidades que circulan entre chicos descalzos y ranchos de adobe se vuelve parte de un paisaje de enormes contrastes entre la abundancia de unos pocos y las carencias de los demás.

Al norte del norte, el país se acaba en La Quiaca. Allí donde la aridez del paisaje se asemeja al desierto y el cielo parece al alcance de la mano, la gente se refugia en una inquebrantable fe religiosa a partir de un sincretismo de ritos propios de la liturgia católica con aportes de las creencias de los pueblos originarios.  

El día que pasé por allí me tocó presenciar el culto que rendían a la virgen de Copacabana la familia que me alojaba. Una nutrida orquesta de vientos tocó durante toda la tarde. Al día siguiente la familia y sus allegados participan de una procesión por las calles del pueblo entre autos adornados, petardos al aire, cánticos y la imagen de la virgen en el centro de la escena. 

En las alturas de Bolivia

Entrar a Bolivia demora lo que se tarda en cruzar un puente: casi nada. Pero los trámites en Migraciones pueden demorar entre 2 y 3 horas según el horario elegido para el cruce. Durante el trayecto que separa la porosa frontera con la estación de trenes de Villazón, las calles están abarrotadas de negocios y puestos callejeros que ofrecen cientos de opciones a precio de remate. Comerciar lo que sea es una norma no escrita pero esencial para la supervivencia en esta región inhóspita y de tránsito fluido.

De la puna hacia el altiplano, el tren inicia su esforzada marcha entregando postales de pueblitos grises y deliciosos senderos entre los cerros. De cuando en cuando, algún campesino detiene su marcha y la de sus 3 o 4 vacas flacas para mirar cómo se pierde en el horizonte la locomotora.

El paisaje se modifica drásticamente cuando se llega al Salar de Uyuni, uno de los más grandes del mundo. Un océano blanco de 12.000 kilómetros cuadrados que sólo se ve interrumpido por algunos islotes plagados de cactus. Una extraña sensación de pequeñez se apodera de uno ante semejante inmensidad.

Camino hacia el corazón del país andino está Potosí, la ciudad que alberga el Cerro Rico, la montaña emblema de la minería. Aunque el Cerro ya no es fuente de riqueza aún hoy unas treinta cooperativas de mineros se internan cada día en sus profundidades para seguir alguna veta que los rescate de la pobreza. La vida “útil” de un minero es de 4 o 5 años pero la mayoría pasa allí el doble de tiempo o incluso más: hasta que sus pulmones dicen basta. No se recuperan nunca más.

La visita al Cerro es una experiencia única: internarse bajo tierra recorriendo túneles cada vez más estrechos, completamente a oscuras, entre el polvo en suspensión y una temperatura cada vez más elevada a medida que se avanza, te acerca ligeramente al infra-mundo de la explotación.

Hay un momento de comunión con 3 mineros: el guía les ofrece gaseosa, un bolsa de hojas de coca y alcohol a 96°. Charlamos y brindamos en las tapitas de las botellas. Ellos como si nada toman a discreción y observan mis gestos de sufrimiento cuando el alcohol puro se transforma en fuego al recorrerme las entrañas. Estallan las risas. Segundos después el fuego se apaga.

La ruta continua en La Paz, el techo de Bolivia. Está ubicada a 4.700 metros sobre el nivel del mar y cualquier esfuerzo físico, por mínimo que sea, allí cuesta el doble. Jamás me sentí tan desahuciado como cuando debía subir a duras penas por escalera los dos pisos que me separaban de la habitación en el hostel. Ahora entendía mejor porqué los futbolistas se quejan tanto de la altura.

Como toda capital de país, la ciudad tiene de todo pero la diferencia está en sus detalles: el mercado de las Brujas, donde se consiguen hasta fetos de llama para ahuyentar los malos espíritus, o el museo de la coca, donde se explica el valor ancestral y cultural de su cultivo y consumo.

El mercado de las Brujas, La Paz, Bolivia.

Bolivia llega a su fin en Copacabana, la ciudad que descansa al margen del lago navegable más alto del mundo: el famoso Titicaca. Del otro lado de la costa está el Perú y a medio camino se encuentra la Isla del Sol. Un día caminando sus playas de arena blanca y una noche en penumbra bajo las estrellas son argumentos más que elocuentes para detener la marcha antes de cruzar, por segunda vez, una frontera.

En los recodos del Perú

Otra opción es embarcarse desde la ciudad peruana de Puno con rumbo a la Isla de los Uros, que cuenta con la particularidad de ser un conjunto de islotes flotantes construidos en base a totora. La ansiedad de llegar al Cusco hizo que la dejara pasar por alto.

La capital de lo que fuera el imperio incaico es hoy una ciudad de neto corte colonial: la mayoría de los vestigios de sus antiguos pobladores fueron borrados de cuajo a partir de la caída de la ciudad en manos españolas, hacia el año 1536. El cinismo de los realistas llegó al nivel de destruir los principales íconos incaicos para construir sobre sus cimientos -de probada solidez antisísmica- los templos religiosos que ahora engalanan el casco histórico. Quedan en pie algunas ruinas, sobre todo en las partes altas de la ciudad, como un botón de muestra de lo que fue ésta civilización milenaria.

Una calle del Cusco donde se aprecia un templo religioso construido sobre la estructura incaica.

El Cusco también es la puerta de entrada hacia el Machu Picchu. Sólo 110 kilómetros la separan de la ciudadela pero de acuerdo al medio de locomoción que se elija para hacerlo el tramo puede tomar un mínimo de 8 horas…o un par de días. Entre cafetales, plantaciones de plátanos y la exhuberancia de un entorno natural casi virgen se llega hasta Aguas Calientes, la aldea que descansa al pie de la célebre fortaleza.

El día del ascenso la jornada arranca a las 4 de la mañana. Hay que trepar cientos y cientos de escalones durante hora y media en un clima dominado por la humedad extrema y la falta de oxígeno. Puede resultar desalentador pero lo que te espera arriba vale por si sólo el titánico esfuerzo. Si tu estado físico no está en buenas condiciones, tenés la opción del colectivo que por 8 dólares te sube hasta el ingreso. 

Cuando se abre el parque los primeros rayos de sol comienzan a inundarlo todo y la marea humana se lanza estrepitosamente a recorrerlo. El Machu Picchu fue una especie de universidad para los incas y en su época de esplendor cobijó a unas 500 personas de manera permanente. Para evitar el acoso español de un día para el otro sus pobladores lo abandonaron, cerraron los caminos de acceso y se trasladaron hacia tierras más bajas, a decenas de kilómetros de allí. Así lograron que permanezca oculto durante más de tres siglos.

Después de la adrenalina inicial, de la visita guiada y las fotos de rigor, la gente se recuesta sobre el pasto y se entrega a la contemplación. Te entran ganas de quedarte allá arriba. El lugar esconde un magnetismo especial. Algunos mencionan la existencia de un campo energético. Yo no la tengo muy clara pero me rompo la cabeza pensando como hicieron aquellos hombres para crear esa maravilla en un medio tan hostil. No puedo dejar de sorprenderme.  

A esta altura del viaje, el dinero comienza a escasear y es tiempo de tomar decisiones trascendentes. Hay que emprender el regreso aunque duele admitirlo. Arnaud, un amigo francés, me comenta su periplo desde Chile y decido replicarlo, en sentido inverso.

Así que la siguiente posta es Arequipa, la segunda ciudad del Perú, con 2 millones de habitantes. La llaman la ‘ciudad blanca’ por su construcciones en sillar, una piedra volcánica que se obtiene en la región. Su arquitectura es única y se caracteriza por el grabado de motivos indígenas plasmados en edificios de neto corte europeo.

Muy cerca de allí está el Cañón del Colca, una falla de la corteza terrestre de unos 100 kilómetros de extensión y de una profundidad que supera los 3.200 metros. El lugar también representa el último refugio del cóndor andino, y éste cada mañana despliega sin pudor alguno su vuelo majestuoso ante cientos de indiscretas cámaras de fotos provenientes de todo el mundo.

Más al sur, en el límite con Chile, Tacna se presenta como un terreno incierto, otra frontera porosa: entre el comercio legal y el trafico de electrodomésticos, peruanos y chilenos hacen negocios al margen de las disputas nacionalistas que en los últimos meses enfrentaron a los gobiernos de ambos países.

En las arenas chilenas

Atravieso la aduana en una suerte de auto-taxi junto a un oscuro comerciante y dos “pasadoras” de mercadería sin declarar. Mi temor a ser asaltado y abandonado en medio del desierto se diluye cuando ingresamos en Arica, el puerto más septentrional de Chile.

El océano Pacífico se recorta contra el desierto y en la costa las gaviotas pugnan por encontrar un almuerzo apetitoso. El cuerpo sin vida de un lobo marino joven yace inerte en una playa vacía. Arica es un lugar de paso.

El Pacífico se funde con montañas de arena en Arica, al norte de Chile.

Me espera un centenario pueblo pre-cordillerano enclavado en medio del desierto: San Pedro de Atacama. Austero en su fisonomía, cuenta con una capilla antiquísima, un moderno museo, un mercado de artesanos, calles angostas, construcciones de adobe y poco más…pero por su ubicación privilegiada es elegido para hacer decenas de travesías hacia playas cálidas, salares, geysers, aguas termales, volcanes nevados, lagunas, desiertos, singulares pueblitos de trazos coloniales y pequeños valles y quebradas con vegetación autóctona.

Chile es demasiado caro para el bolsillo mochilero y los últimos billetes se evaporan más rápido de lo previsto. El retorno a la Argentina por el Paso de Jama es el broche de oro que marca el fin de un círculo imaginario trazado en un mapa de Sudamérica a través de los cuatro países visitados.

Sobre el final de sus notas de viaje inmortalizadas en la película ‘Diarios de Motocicleta’ un joven Ernesto “Che” Guevara dice: “El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina. El que las ordena y pule, “yo”, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Este vagar sin rumbo por nuestra Mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí…”.

Al viajar algo de nosotros se queda en el camino y sin embargo la mochila vuelve cargada de muchas cosas que no se alcanzan a percibir a simple vista pero dejan sus marcas imborrables: encuentros sorpresivos, lugares de ensueño, personas entrañables, despedidas, risas, algún lagrimón. La aventura espera, concretar ese sueño depende de vos.