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Piernas, sudor y lágrimas

Buena parte de los mortales aborrecen practicar atletismo. Prefieren cualquier actividad aeróbica pero correr jamás. Por eso es que para muchos un maratón puede resultar una actividad intrascendente. Para acercarles otra mirada les dejo ésta crónica de una tarde cordobesa surcando el pavimento bajo un sol abrasador. 

Uno de los competidores, apurado por llegar a la meta.

Uno de los competidores, apurado por llegar a la meta.

 

La tarde del feriado es el marco ideal para disfrutar al aire libre. El cielo diáfano permite al sol desplegar su manto de tibieza mientras la gente se agolpa en el Parque Sarmiento.

La Municipalidad de Córdoba convocó a una maratón con nombre de fecha patria y nadie quiere estar ausente. Hombres y mujeres, niños y ancianos se ubican desordenadamente detrás de la línea de partida. Los muchachos saltan en el lugar y estiran sus piernas. Las mujeres cuentan con la vista a sus niños y estos, a su vez, verifican que los cordones de sus zapatillas no vayan a zafarse.

 

En el palco oficial, situado a la vera del trayecto, autoridades de la Secretaría de Deportes y Recreación intercambian saludos con los dirigentes de la Asociación Cordobesa de Atletismo.

 

Entre los presentes, una cabeza se distingue de las demás: Fabio “La Mole” Moli, el boxeador de Villa del Rosario, saluda al público y brinda palabras de aliento a los corredores desde un micrófono.

 

Sobre las veredas de la Avenida del Dante y entre los árboles del predio se ubican padres, hijos, hermanos o amigos de los maratonistas. Con cara de expectación buscan a sus seres queridos entre la muchedumbre que minuto a minuto se hace más nutrida.

 

 

La partida

El momento de la largada se acerca. El locutor ensaya la cuenta regresiva, los participantes se preparan. El aplauso del público aumenta la ansiedad. Un disparo de salva marca el inicio de la competencia, los más avezados toman la delantera.

 

El resto se mueve lentamente. Hay demasiadas piernas y poco espacio por donde circular. Algunos atletas experimentados, que arrancaron más atrás de lo deseado, se desplazan haciendo zigzag para superar a los primeros rezagados que obstruyen el camino.

 

La marea humana comienza a disgregarse y la circulación se torna más fluida al pasar frente al zoológico. El recorrido oficial tiene varias curvas y algunos maratonistas prefieren obviarlas atravesando los árboles del parque.

 

Quienes continúan por la traza original se quejan en voz alta del artilugio pero nada pueden hacer los banderilleros para detener el flujo incesante de personas.

 

Al llegar al Teatro Griego todo a retornado a la normalidad y cuando toman la curva para rodear el pulmón de la ciudad nadie intenta cruzar por el atajo prohibido.

 

Aunque el tránsito fue interrumpido con antelación algunos autos quedaron atascados por la competencia. En general, los ocupantes de los vehículos observan con cara de pocos amigos a los corredores. Los más ofuscados les tocan bocina.

La llegada

Los transeúntes, en cambio, optan por ubicarse en zonas privilegiadas para entretener a sus hijos con el espectáculo. Sentados en el cordón de la avenida Presidente Roca, detrás del Córdoba Lawn Tenis, dos niños discuten si ganará el atleta de musculosa amarilla o el que lleva una gorra roja, sin ponerse de acuerdo.

 

Los deportistas aceleran la marcha para escalar posiciones. La gente continúa apostada en los márgenes, junto a las vallas, alentando a quienes llegan. El locutor hace lo propio. Arriban los primeros y estalla la algarabía.

 

Los minutos pasan. Más atletas atraviesan la meta con igual ímpetu que el primero aunque con signos evidentes de cansancio. La prueba fue todo un desafío para quienes no entrenan regularmente. Junto al refrigerio cada deportista recibe su diploma de participación de manos de unas bellas promotoras.

 

Reina en el ambiente un clima festivo que trasciende a la competencia. Los vecinos disfrutan la tarde junto a los suyos. Luego vendrán los sorteos y la ceremonia de premiación de los ganadores. Se entonará el himno nacional y un anciano derramará algunas lágrimas embriagado por la emoción. 

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