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Un viaje a través de la lengua

Cursos intensivos de idioma en Cordoba.

Cursos intensivos de idioma en Cordoba.

El verano ofrece una oportunidad inmejorable para estudiar un idioma extranjero. Te presentamos algunas opciones copadas en la siguiente crónica. 

 

Verano en la ciudad. Calor, humedad, más calor. Soles majestuosos pero sin playa ni océano a la vista. Hay formas de encontrar un alivio transitorio: una ducha de agua fría, un ventilador que vomita aire caliente. Si te toca laburar, estudiar o quedarte en casa por falta de guita, si no sos el feliz ganador del Gordo de Navidad o de un viaje paradisíaco para 4 personas, no queda otra que sobrellevarlo de la mejor manera.

Nos preguntamos entonces ¿No es injusto tener que soportar la felicidad ajena de los que si disfrutan sus vacaciones y colapsan Facebook con fotos y sonrisas desde destinos soñados? ¿Acaso los que se quedan no pueden viajar a Berlín, Paris, Florencia, Londres o New York…aunque sea imaginariamente?.

Pensando en estos viajeros de entrecasa, dedicamos dos jornadas a recorrer espacios emblemáticos que dictan cursos de idiomas extranjeros durante el verano. Una forma diferente de viajar hacia otros países a través de su lengua y su cultura pero sin presentar pasaporte.

En la ciudad de la furia

Jueves 11.00 a.m.: el cronista está indeciso y no sabe por donde comenzar. Casi por instinto se dirige a Plaza España. La idea de actuar de incógnito para obtener información es tranquilizadora: cuando uno se presenta como periodista algunos piensan que la verdadera intención es vender publicidad o brindar una imagen distorsionada de su institución. De nada sirven las explicaciones.

-“Seguro hay algo raro… ¿Cuál es la trampa?”.

Pero no hay secreto, no hay revelación y ante la incredulidad de nuestro ocasional interlocutor no queda otra opción que buscar la puerta de salida.

Esta vez es distinto: mi papel consiste en pasar por un potencial estudiante de idiomas que deambula por Nueva Córdoba y el centro con el fin de conocer las ventajas que ofrecen los cursos de verano.

Como decir cerveza en alemán

Jueves 11.20 a.m.: La primera escala es Avenida Yrigoyen 646, sede del Goethe-Institut. Allí no vas a encontrar una réplica a escala del Muro de Berlín pero si podes aprender alemán. Está emplazado en una casona antigua y silenciosa. En la recepción una chica de sonrisa amplia se esmera en contestar mis preguntas mientras ofrece un volante con información clave. También me quedo con otro folleto que promociona los cursos con la imagen de un vaso lleno de cerveza acompañado de la leyenda “Bier…ya estás aprendiendo”. El gancho funciona. Dan ganas de tomar cerveza y de paso aprender alemán.

El intensivo de verano inicia el 03 de enero en módulos de 3,15 horas de duración, dos días a la semana. Para cursar en un nivel superior al principiante es indispensable rendir un examen de nivelación.

Cinco en uno

Jueves 11.45 a.m: Camino hacia el centro paso frente al ex Palacio Ferreyra y por suerte la Asociación Argentina de Cultura Británica tiene sus puertas abiertas. En el lugar reina una calma chicha apenas interrumpida por la voz firme de una señora vestida con zapatos, falda y saco negro que explica:

-“Aquí no se dictan cursos de verano”.

La oferta de inglés de Cultura Británica está orientada sobre todo a niños y adolescentes y como ellos desaparecen durante las vacaciones, la actividad es nula.

Jueves 12.10 p.m: El calor del mediodía ahuyenta a los transeúntes hacia la vereda donde el sol golpea menos. En la zona del Mercado Sur, mujeres en grupos de 2 o 3 pelean cuerpo a cuerpo por las mejores ofertas en ferias de ropa trucha y locales de segunda selección.

Al 159 de Ituzaingó, entre un banco y un local de ropa interior femenina, se encuentra el área de Cursos Intensivos dependiente de la Facultad de Lenguas de la UNC. Hay que recorrer un extenso pasillo para llegar hasta las pizarras informativas. Las opciones abundan: inglés, francés, portugués, alemán e italiano. Las clases comienzan a partir del 10 de enero y se cursa 4 veces a la semana durante 2 meses. Si contás con conocimientos previos siempre está abierta la posibilidad de rendir un examen de ubicación. Si en cambio tu nivel es avanzado la alternativa pasa por los cursos de consolidación. Sus contenidos incluyen desde pronunciación y articulación hasta películas, juegos y aspectos culturales como tradiciones, comidas, música y arte.

¡Guardia! ¡Guardia!

Viernes 19.30 p.m.: El Instituto Italiano de Cultura brinda sus cursos en un viejo edificio próximo al Consulado. El aislamiento acústico es increíble: desde la ventana pasan autos y colectivos pero solo se escucha el televisor de la sala principal con el sintonizador clavado en la RAI. Después de un rato de espera aparece un guardia de seguridad que se excusa porque nadie puede atender y me invita a dirigirme hasta Ayacucho 131. Diez minutos más tarde, ya en la sede central, otro guardia de seguridad anuncia que la secretaria salió a realizar un trámite y que toda la información necesaria está en el folleto rojo furioso que entrega a todo aquel que ingresa al lugar.

Se escuchan voces de fondo cantando a capella.

-“Es que hay un ensayo. El miércoles se cierra el año con un número de ópera. Es gratis, puede venir si quiere”, dice el guardia.

Le doy las gracias y apuro el paso. El folleto rojo indica que desde el 17 de enero hasta el 11 de marzo se dictan cursos intensivos de italiano solo para primero y segundo nivel.

Viernes 19.55 p.m.: En el bar de la Alianza Francesa dos personas que toman café me miran pasar con indiferencia. La ventanilla de la Secretaría está cerrada. La empleada está de pie del otro lado del vidrio con su cartera en la mano y amaga con irse. Le hago señas desesperadas. Me entrega el folleto de rigor y se despide a toda velocidad.

La Alianza propone su propio Tour de France. “Un recorrido intenso por la lengua y la cultura francesa” en cuatro niveles de perfeccionamiento que inician el 2 de febrero y concluyen el 11 de marzo. Se cursa dos veces por semana, tres horas por día.

La última de las postales del día muestra la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo en una misma secuencia junto al Arco de Córdoba y la Iglesia de Los Capuchinos. Ojalá todo estuviera tan cerca. ¡Oh la lá! París!.

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Aquella marcha, aquella mujer

 

Es 24 de marzo, por la tarde. Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Día de conmemoración en las calles de la ciudad. Los soles del 24 son cálidos, transitivos, distantes: como si indicarán que el otoño en realidad comienza hoy. De camino hacia Colón y cañada, un encuentro casual con una amiga de H.I.J.O.S. se ve alterado por la irreverencia de una paloma con buena puntería.

La tibieza húmeda recorre el cuello hasta ser detenida por un pañuelo descartable. Se para la hemorragia pero no sus efectos: dos manchas negruzcas quedan estampadas sobre la prenda a la altura de la clavícula derecha.

Bajamos por Jujuy hasta Colón. La avenida está de bote a bote y sólo se puede circular por un estrecho corredor sobre la vereda. Después de un rato, mi amiga encuentra a sus compañeros, decido no acompañarlos y perderme entre el gentío.

 

Instantáneas

 

Hago diez metros y encuentro a Reinaldo, un hombre sensato que no veo hace muchos años. Según cuenta, participa desde las primeras marchas, allá por 1980, cuando la dictadura todavía no había mostrado signos importantes de resquebrajamiento.

Dice que entonces era otra cosa. Que no cortaban calles, que muy pocos se movilizaban, que marchaban junto al cordón entre el miedo y la desesperanza. Dice que las cámaras de foto intimidaban. Ante mi extrañeza, responde: “¿Qué otro destino podían tener esas fotografías tomadas en tiempos de censura sino el de delatarnos?”.

Aquellas instantáneas de ayer, de miedo y terror, en nada se parecen a las cientos y cientos de fotos que toman esta tarde reporteros gráficos, fotógrafos y demás asistentes. Hoy se constituyen en testimonios visuales, formas potenciales de difusión de lo que acontece al interior de la concentración, de sus rituales y protagonistas.

 

Ojos de cielo

 

Continúo la marcha, mi marcha, en sentido inverso al de la marea humana que se ubica en dirección al microcentro. La llegada de varias columnas de militantes variopintos que quieren ocupar sus parcelas entre bombos, redoblantes y banderas, hace difícil alcanzar el lugar donde se ubican los más rezagados.

Me escabullo igual, doy un rodeo completo, sin resultados. Parezco vagar sin rumbo fijo pero hace rato que intento localizar a una muchacha, qué no sabe de mi búsqueda y me será esquiva, toda la tarde.

Cuando el orador anuncia la partida me encuentro rodeado de adolescentes. Son parte del colectivo de estudiantes secundarios organizados, la sangre nueva, que a fuerza de cánticos desafinados, salto y baile imprimen un ritmo contagioso a quienes quedamos a su merced.

El paso es lento y cansino. Los 900 metros que separan el punto de salida y la Plaza San Martín se recorrerán en hora y media. Esta tarde nadie está apurado: el ritmo febril de vehículos y peatones, de todos los días, tiene aquí su contracara. Se agitan consignas, se charla, se discute; y por momentos te envuelve un silencio reparador, y así, ensimismado, uno puede echarse a recorrer sus propios pliegues interiores.

En una de las detenciones esporádicas siento un cosquilleo en la espalda, sutil e intermitente. No es un simple roce: alguien me acaricia. Al girar la cabeza una bebé depositaria de unos enormes ojos color cielo descansa en los brazos de su padre, mira la remera y continua extendiendo su mano izquierda. Al verla me sonríe y agita sus dedos con insistencia: doy la vuelta y la dejo hacer.

 

 Aquella mujer

 

Veinte metros más y una nueva pausa. Mis ojos recorren el entorno sin detenerse en nada hasta que aparece aquella mujer en el horizonte. Creo que encontró al muchacho antes que él a ella y por eso vuelve su cuerpo hacia atrás, para que él preste atención. Es cuarentona, tiene el pelo castaño oscuro y corto, tez morena y apenas supera el metro sesenta. Él tiene veintitantos, cabello rubio y tez blanca, supera ligeramente el metro ochenta. Ella mira y sus ojos pendulan entre la muchedumbre y el rostro del muchacho. Espera, agazapada, alguna reacción.

Por fin las miradas se encuentran, ella se abre paso entre la gente y se ubica a muy corta distancia. Hace una seña tomándose el cuello con su mano izquierda y agita la otra para que él se acerque. Con un hilo de voz le dice al oído que no puede hablar, que está afónica. Él asiente con la cabeza y contesta –“Hola”.

Por un momento ella parece olvidar su malestar y hace preguntas al muchacho. –“¿Te recibiste? ¿Y qué haces? ¿Cómo está tu hermana? Decile que quiero verla…”, agrega enfatizando la última frase. Él responde haciendo un uso desmedido de la síntesis. Ella vuelve a la carga. –“¿Dónde vivís? ¿Qué hace tu hermana? ¿Tenés novia?”.

Está incomoda y se le agotan los interrogantes así que levanta su brazo izquierdo llamando a alguien. Es la señal para que aparezca en escena un señor pelado y de bigotes anchos que minutos antes estaba a su lado, abrazándola. Se parece bastante al Puma Goity, el actor, pero se llama Roberto. Roberto saluda al muchacho, ella reitera que no puede hablar y los tres se despiden sencillamente.

La pareja se adelanta unos metros y el muchacho detiene su marcha esperando una distancia prudente para no volver a verlos. Cuando quedamos otra vez codo a codo, el rubio sonríe y dice: -“Es mi progenitora…no la veía desde hace años”. Luego calla y permanecerá así el resto del trayecto.

 

Golpe de suerte

 

De nuevo entre adolescentes. En este grupo todos portan carteles con fotos blanco y negro de personas desaparecidas. En el amontonamiento una pancarta impacta ligeramente en mi cabeza. La chica que la carga me toma con suavidad del hombro y pide disculpas con una sonrisa pudorosa. Lo dice con tanta dulzura que pienso en negarme un rato, por si insiste.

 

Razones subversivas

 

Al llegar a la Plaza, las madres sueltan globos blancos y naranjas que identifican a su organización y un aplauso cerrado acompaña el cortejo. La gente se arrima contra el palco y sobre las tablas se reúnen representantes de madres, nietos, meretrices, trabajadores, estudiantes, campesinos y pobladores de la argentina profunda para leer por tramos el documento consensuado con los organismos de derechos humanos.

Toto, uno de los oradores más encendidos, dice:

-“La urgencia del amor es subversiva”.

La frase me pega en la frente y caigo en la cuenta que ya no tengo nada que hacer allí. Mientras me alejo por calle Deán Funes pienso en lo que encierra esa frase, en su densidad y en que Toto tiene razón, mucha razón.

Curiosidad. En la foto publicada por La Voz el 24 de marzo aparece aquella mujer.

Curiosidad. En la foto publicada por La Voz el 24 de marzo aparece aquella mujer.

En los trenes del olvido

El andén de la estación Mitre, en Córdoba, minutos antes de la partida.

Quiero describir las sensaciones que me embargan antes de la salida de la formación. Escribo un mensaje de texto: “Ya estoy en el tren…el aire es denso, el calor agobia, hay decenas de niños de todas las edades y aún faltan 20 minutos para partir…así y todo sigue siendo mágico”.

Entre la boletería y el andén la gente hace fila para verificar su pasaje. El empleado que realiza el control usa un gorro verde con visera ancha como los que utilizaban los soldados europeos en la segunda guerra mundial. El vestuario se completa con un saco en el mismo tono, con botones muy grandes y dorados.

Parapetado frente al único acceso hacia el tren, el sujeto vocifera destino y categoría de cada uno de los pasajeros. A su lado, otro empleado anota lo que dice el primero en una prolija planilla plagada de recuadros. Detrás de ellos, tres guardias de seguridad con cara de pocos amigos observan la escena con desinterés.

Atravieso el control y alcanzo a tomar una panorámica del andén cuando uno de los guardias se acerca para increparme:

 -“Señor! No! No se pueden tomar fotografías…no y no!”

Contrariado, a regañadientes, regreso la cámara al estuche. Pregunto porqué, recibo idéntica respuesta. Espero un rato por otra oportunidad. No consigo pasar desapercibido: ahora son los guardias de seguridad que custodian el ascenso a los vagones quienes siguen con la vista cada uno de mis movimientos. Algunos curiosos se asoman por las enormes ventanillas de la formación para hacer lo mismo.

El vagón de los niños

Locomotora y tres vagones; un tren pequeño, un trencito. Trepó a la escalinata más cercana, la del vagón intermedio, y recorro el pasillo buscando un sitio que tenga todos los asientos vacíos. Imposible. Todavía resta media hora para la partida y sólo quedan algunos lugares sin ocupar.

Me ubico en una butaca doble frente a una mujer de mediana edad. Arrugas profundas en frente y pómulos; manos gastadas de tanto fregar pisos ajenos y lavar ropa de otros hacen que aparente más años de los que en realidad tiene. La mujer se queja por la espera: es que llegó una hora antes por una confusión en el horario de partida.

Niños. Los hay por todos lados, saltando, jugando en suelo, trepados a los asientos, asomados por las ventanillas. Se divierten copando el vagón de punta a punta. Un gordito con pañales pasa gateando a mi lado con rumbo incierto impulsado vaya uno a saber por qué interés. Los más activos tienen entre 5 y 7 años: se reúnen en grupos y conforman pequeñas brigadas de exploración que se lanzan a la conquista del convoy.

En las butacas que dan hacia la ventanilla del lado opuesto a mi ubicación dos hombres comen criollos y de tanto en tanto toman seven up de una botella plástica que comparten. Los acompaña una mujer. Ella se encarga de proveer alimentos en abundancia y del cuidado de un niño pequeño llamado Mateo.

Mateo quiere participar de las brigadas de exploración pero su espíritu aventurero lo desborda: también pretende bajar hasta el andén para volver a realizar la proeza del ascenso soñado. Cuando la mujer que lo cuida le prohíbe esto último, el niño se queja por lo bajo y emprende el paseo…sin bajar del vagón.

Por las vías, en zigzag

Ya no quedan lugares disponibles. La locomotora se pone en marcha y dos estruendosos bocinazos anuncian la proximidad de la partida. Reina un clima de algarabía a pesar del intenso calor que se filtra por todos lados.

La marcha fatigosa del tren calma a los niños y alivia a los adultos pero la esperanza de captar un poco de aire fresco se disipa a medida que el sol comienza a colarse por las ventanillas que dan hacia el oeste.

El traqueteo del tren en movimiento sacude los cortinados teñidos de un naranja chillón y el sol se filtra con relativa facilidad para dar de lleno en el rostro de quienes quedamos enfrentados a su intensa luz.

Intento mantenerme inmóvil, como un lagarto. El cuerpo suda por más que me esfuerce en no hacer esfuerzos. La transpiración se anuncia en gotas profusas desde la cabeza e impacta alternativamente en las ropas o la butaca.

Se hace difícil escribir a la velocidad crucero del tren -45 kilómetros por hora- por el estado deplorable de las vías férreas. Los vagones se bambolean de un lado al otro y como en una sinfonía donde todo está meticulosamente sincronizado los pasajeros inclinamos el cuerpo hacia izquierda y derecha, de derecha a izquierda y así…y así…

Pasa el guarda requiriendo los boletos. Otra vez. Perfora uno por uno y los devuelve con un orificio perfecto en el margen inferior derecho. Una pareja con cinco niños en edad escolar no encuentran los suyos. El guarda se impacienta. Hace una pausa y continua su marcha butaca por butaca.

Tres minutos después regresa junto a la familia numerosa. Los boletos aparecen, el guarda perfora, saluda parcamente y se pierde hacia el final del pasillo.

Así se ve el boleto que el guarda perfora durante el trayecto.

Optimistas, se buscan

Para hablar de viaje placentero es indispensable ser sumamente optimista, demasiado optimista. Si bien la posibilidad de utilizar otro trazado que no sea la ruta convencional o la autopista resulta, per se, atractiva, como lo es también el ritual de detenerse en casi todos los pueblos, nada compensa la carencia absoluta de ventilación, la (in) comodidad de butacas a 90 grados que no se reclinan o el espacio insignificante entre los asientos enfrentados.

Las cosas tampoco resultan fáciles para quienes necesitan utilizar los baños: la maestría está en saber dirigir el chorro dentro de los límites establecidos sin salpicar a los demás y ha uno mismo. Pocos lo consiguen y un hedor nauseabundo se disemina por el lugar.

Al girar la cabeza hacia el fondo del pasillo alcanzo a divisar el vagón que sigue, el definitivo. Es el que más se sacude y me arrepiento de no haberlo elegido. Aprovechando el zarandeo del último vagón un chico de rulos y una chica de piel muy blanca ocupan el pasillo intentando no perder el equilibrio. Dan la impresión de surfear sobre una sucesión infinita de pequeñas olas.

Cuando el tren se inclina hacia los costados los pierdo de vista pero luego reaparecen raudamente, con sus sonrisas estampadas de oreja a oreja. De a ratos, hablan entre ellos pero la distancia que nos separa es demasiado grande como para entender qué se dicen ¿Serán ellos los optimistas que no hallé en el segundo vagón?.

Tratado de impaciencia

El sol se retira y los campos sembrados desaparecen en la oscuridad total que sólo se ve interrumpida por alguna luz, lejana y solitaria. Con la noche también llega la impaciencia: un señor canoso se levanta de su sitio cada 5 a 10 minutos y se asoma por la ventanilla esperando alguna respuesta en el horizonte.

-“¿Cuánto falta?”, pregunta la mujer de manos gastadas. “Sólo 30 kilómetros”, respondo. Ella lanza un suspiro de resignación mientras su mirada se pierde en la noche cerrada.

Cuando las primeras luces de la ciudad dan la señal de alerta a los viajeros cada familia reúne a los suyos y comienza el acarreo de bolsos, valijas y bolsas plásticas de todos los tamaños y colores. Después se dirigen hacia las puertas de salida y la puja pasa por saber quién descenderá primero.

La estación se colma de reencuentros. El rugido de la locomotora se resiste al silencio y se mezcla con los sonidos de la calle. Me alejo despacio, entre la hierba recién cortada, siguiendo la senda de otros viajeros solitarios.

La ruta del mochilero: una travesía desde Córdoba al Machu Picchu

Cada año miles de jóvenes se calzan la mochila para emprender un viaje inolvidable hacia la ciudad sagrada del antiguo imperio incaico. Sebastián Sigifredo pasó dos meses en la ruta y recorrió cuatro países de la región  para contarte los destinos que no te podes perder en este verano.  (Versión completa de la nota publicada en revista Doctámbulos, nro. 36, diciembre de 2009, Córdoba, Argentina. ver http://www.doctambulos.com.ar)

En las alturas de la ciudadela del Machu Picchu, Perú.

En este número Doctámbulos! propone un camino, una alternativa posible para aquellos que se ilusionan con dar un pequeño-gran paso en sus vacaciones: lanzarse a la ruta por algún tiempo para conocer personas, paisajes, aromas y sabores distintos.

La experiencia corre por cuenta de éste cronista que regresó recientemente de un itinerario por el norte argentino, Bolivia, el sur de Perú y el norte de Chile. Fue un viaje iniciático: primera vez como mochilero, primera vez haciéndolo sólo, primera vez en una travesía tan extensa: 8000 kilómetros por Sudamérica.

 Mientras las luces y los ruidos de la ciudad que transitamos todos los días van desapareciendo por la ventanilla del ómnibus, un cúmulo de sensaciones encontradas te toman por asalto. Pero una vez que la aventura se hecha a rodar la imaginación se ve superada por la realidad.

Como el momento en que me encontré con un viejo amigo de la facu que no veía desde hace años y que sin dudarlo un instante abrió las puertas de su casa para compartir unos días -y unas noches- inolvidables en su Santiago del Estero natal.

O aquella tarde volviendo de un city tour por los sitios emblemáticos de la ciudad de Tucumán en que arribé en un hostel completamente vacío donde sólo había otro viajero que sin conocerme me invitó a compartir su ruta por los Valles Calchaquíes. Así se larga esta historia. 

El norte de los contrastes

El recorrido entre Tucumán y Tafi del Valle tiene postales a la vista de quién quiera sorprenderse. Hay de todo: verdes tenues en los valles fértiles, amarillos chillones en las plantaciones de caña de azúcar, verdes intensos en la zona virgen de las yungas y un abanico de tonos pardos en el cordón pre-cordillerano. Región indispensable para quienes desean conectarse con la naturaleza, la ruta de los valles tucumanos es muy transitada por mochileros que siguen camino hacia Salta a través de un pueblito de ensueño: Cayafate.

Además de tener sol los 365 días del año, Cafayate es la tierra del vino torrontés. Bodegas, comidas típicas, noches de peña y el ambiente colonial de sus casonas antiguas es una invitación al disfrute que difícilmente el viajero pueda rechazar.

Camino a Salta capital desde Cafayate se encuentra el circuito denominado Quebrada de las Conchas donde la irregular estructura montañosa se funde con el viento para generar motivos únicos. La erosión permite recrear el hundimiento del Titanic, divisar la figura de un obispo pétreo o contemplar un sapo de cinco metros de diámetro descansando eternamente al lado del camino.

Lo más impactante llega sobre el final. A la Garganta del diablo le sigue el Anfiteatro, una suerte de fortaleza rocosa de una acústica natural con tal grado de fidelidad que nada tiene que envidiar a cualquier teatro importante.

El ‘Anfiteatro’ en la Quebrada de las Conchas (Salta, Argentina)

La siguiente posta es Salta, la linda. No es pretencioso hablar de la belleza de su centro histórico. Cabildo, iglesias y museos se conjugan con una moderna peatonal comercial. Para obtener una panorámica nada mejor que subir al cerro San Bernardo en el teleférico. Sin embargo, la noche interminable de “la Balcarce” –calle que concentra los principales pubs y boliches salteños- es, por lejos, la principal atracción para los jóvenes.

Siguiendo hacia el norte, San Salvador de Jujuy es un paso obligado para quienes se disponen a disfrutar la imponencia de La Quebrada de Humahuaca. Desde que fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, el corredor que une la pintoresca Purmamarca con el sereno poblado de Humahuaca vive un aluvión turístico sin precedentes. Entre ambas localidades se ubica Tilcara, tierra de míticos cantores que se disfraza de carnaval en los meses de verano. 

En la Quebrada la afluencia desmedida de camionetas 4×4 y gringos de todas las nacionalidades que circulan entre chicos descalzos y ranchos de adobe se vuelve parte de un paisaje de enormes contrastes entre la abundancia de unos pocos y las carencias de los demás.

Al norte del norte, el país se acaba en La Quiaca. Allí donde la aridez del paisaje se asemeja al desierto y el cielo parece al alcance de la mano, la gente se refugia en una inquebrantable fe religiosa a partir de un sincretismo de ritos propios de la liturgia católica con aportes de las creencias de los pueblos originarios.  

El día que pasé por allí me tocó presenciar el culto que rendían a la virgen de Copacabana la familia que me alojaba. Una nutrida orquesta de vientos tocó durante toda la tarde. Al día siguiente la familia y sus allegados participan de una procesión por las calles del pueblo entre autos adornados, petardos al aire, cánticos y la imagen de la virgen en el centro de la escena. 

En las alturas de Bolivia

Entrar a Bolivia demora lo que se tarda en cruzar un puente: casi nada. Pero los trámites en Migraciones pueden demorar entre 2 y 3 horas según el horario elegido para el cruce. Durante el trayecto que separa la porosa frontera con la estación de trenes de Villazón, las calles están abarrotadas de negocios y puestos callejeros que ofrecen cientos de opciones a precio de remate. Comerciar lo que sea es una norma no escrita pero esencial para la supervivencia en esta región inhóspita y de tránsito fluido.

De la puna hacia el altiplano, el tren inicia su esforzada marcha entregando postales de pueblitos grises y deliciosos senderos entre los cerros. De cuando en cuando, algún campesino detiene su marcha y la de sus 3 o 4 vacas flacas para mirar cómo se pierde en el horizonte la locomotora.

El paisaje se modifica drásticamente cuando se llega al Salar de Uyuni, uno de los más grandes del mundo. Un océano blanco de 12.000 kilómetros cuadrados que sólo se ve interrumpido por algunos islotes plagados de cactus. Una extraña sensación de pequeñez se apodera de uno ante semejante inmensidad.

Camino hacia el corazón del país andino está Potosí, la ciudad que alberga el Cerro Rico, la montaña emblema de la minería. Aunque el Cerro ya no es fuente de riqueza aún hoy unas treinta cooperativas de mineros se internan cada día en sus profundidades para seguir alguna veta que los rescate de la pobreza. La vida “útil” de un minero es de 4 o 5 años pero la mayoría pasa allí el doble de tiempo o incluso más: hasta que sus pulmones dicen basta. No se recuperan nunca más.

La visita al Cerro es una experiencia única: internarse bajo tierra recorriendo túneles cada vez más estrechos, completamente a oscuras, entre el polvo en suspensión y una temperatura cada vez más elevada a medida que se avanza, te acerca ligeramente al infra-mundo de la explotación.

Hay un momento de comunión con 3 mineros: el guía les ofrece gaseosa, un bolsa de hojas de coca y alcohol a 96°. Charlamos y brindamos en las tapitas de las botellas. Ellos como si nada toman a discreción y observan mis gestos de sufrimiento cuando el alcohol puro se transforma en fuego al recorrerme las entrañas. Estallan las risas. Segundos después el fuego se apaga.

La ruta continua en La Paz, el techo de Bolivia. Está ubicada a 4.700 metros sobre el nivel del mar y cualquier esfuerzo físico, por mínimo que sea, allí cuesta el doble. Jamás me sentí tan desahuciado como cuando debía subir a duras penas por escalera los dos pisos que me separaban de la habitación en el hostel. Ahora entendía mejor porqué los futbolistas se quejan tanto de la altura.

Como toda capital de país, la ciudad tiene de todo pero la diferencia está en sus detalles: el mercado de las Brujas, donde se consiguen hasta fetos de llama para ahuyentar los malos espíritus, o el museo de la coca, donde se explica el valor ancestral y cultural de su cultivo y consumo.

El mercado de las Brujas, La Paz, Bolivia.

Bolivia llega a su fin en Copacabana, la ciudad que descansa al margen del lago navegable más alto del mundo: el famoso Titicaca. Del otro lado de la costa está el Perú y a medio camino se encuentra la Isla del Sol. Un día caminando sus playas de arena blanca y una noche en penumbra bajo las estrellas son argumentos más que elocuentes para detener la marcha antes de cruzar, por segunda vez, una frontera.

En los recodos del Perú

Otra opción es embarcarse desde la ciudad peruana de Puno con rumbo a la Isla de los Uros, que cuenta con la particularidad de ser un conjunto de islotes flotantes construidos en base a totora. La ansiedad de llegar al Cusco hizo que la dejara pasar por alto.

La capital de lo que fuera el imperio incaico es hoy una ciudad de neto corte colonial: la mayoría de los vestigios de sus antiguos pobladores fueron borrados de cuajo a partir de la caída de la ciudad en manos españolas, hacia el año 1536. El cinismo de los realistas llegó al nivel de destruir los principales íconos incaicos para construir sobre sus cimientos -de probada solidez antisísmica- los templos religiosos que ahora engalanan el casco histórico. Quedan en pie algunas ruinas, sobre todo en las partes altas de la ciudad, como un botón de muestra de lo que fue ésta civilización milenaria.

Una calle del Cusco donde se aprecia un templo religioso construido sobre la estructura incaica.

El Cusco también es la puerta de entrada hacia el Machu Picchu. Sólo 110 kilómetros la separan de la ciudadela pero de acuerdo al medio de locomoción que se elija para hacerlo el tramo puede tomar un mínimo de 8 horas…o un par de días. Entre cafetales, plantaciones de plátanos y la exhuberancia de un entorno natural casi virgen se llega hasta Aguas Calientes, la aldea que descansa al pie de la célebre fortaleza.

El día del ascenso la jornada arranca a las 4 de la mañana. Hay que trepar cientos y cientos de escalones durante hora y media en un clima dominado por la humedad extrema y la falta de oxígeno. Puede resultar desalentador pero lo que te espera arriba vale por si sólo el titánico esfuerzo. Si tu estado físico no está en buenas condiciones, tenés la opción del colectivo que por 8 dólares te sube hasta el ingreso. 

Cuando se abre el parque los primeros rayos de sol comienzan a inundarlo todo y la marea humana se lanza estrepitosamente a recorrerlo. El Machu Picchu fue una especie de universidad para los incas y en su época de esplendor cobijó a unas 500 personas de manera permanente. Para evitar el acoso español de un día para el otro sus pobladores lo abandonaron, cerraron los caminos de acceso y se trasladaron hacia tierras más bajas, a decenas de kilómetros de allí. Así lograron que permanezca oculto durante más de tres siglos.

Después de la adrenalina inicial, de la visita guiada y las fotos de rigor, la gente se recuesta sobre el pasto y se entrega a la contemplación. Te entran ganas de quedarte allá arriba. El lugar esconde un magnetismo especial. Algunos mencionan la existencia de un campo energético. Yo no la tengo muy clara pero me rompo la cabeza pensando como hicieron aquellos hombres para crear esa maravilla en un medio tan hostil. No puedo dejar de sorprenderme.  

A esta altura del viaje, el dinero comienza a escasear y es tiempo de tomar decisiones trascendentes. Hay que emprender el regreso aunque duele admitirlo. Arnaud, un amigo francés, me comenta su periplo desde Chile y decido replicarlo, en sentido inverso.

Así que la siguiente posta es Arequipa, la segunda ciudad del Perú, con 2 millones de habitantes. La llaman la ‘ciudad blanca’ por su construcciones en sillar, una piedra volcánica que se obtiene en la región. Su arquitectura es única y se caracteriza por el grabado de motivos indígenas plasmados en edificios de neto corte europeo.

Muy cerca de allí está el Cañón del Colca, una falla de la corteza terrestre de unos 100 kilómetros de extensión y de una profundidad que supera los 3.200 metros. El lugar también representa el último refugio del cóndor andino, y éste cada mañana despliega sin pudor alguno su vuelo majestuoso ante cientos de indiscretas cámaras de fotos provenientes de todo el mundo.

Más al sur, en el límite con Chile, Tacna se presenta como un terreno incierto, otra frontera porosa: entre el comercio legal y el trafico de electrodomésticos, peruanos y chilenos hacen negocios al margen de las disputas nacionalistas que en los últimos meses enfrentaron a los gobiernos de ambos países.

En las arenas chilenas

Atravieso la aduana en una suerte de auto-taxi junto a un oscuro comerciante y dos “pasadoras” de mercadería sin declarar. Mi temor a ser asaltado y abandonado en medio del desierto se diluye cuando ingresamos en Arica, el puerto más septentrional de Chile.

El océano Pacífico se recorta contra el desierto y en la costa las gaviotas pugnan por encontrar un almuerzo apetitoso. El cuerpo sin vida de un lobo marino joven yace inerte en una playa vacía. Arica es un lugar de paso.

El Pacífico se funde con montañas de arena en Arica, al norte de Chile.

Me espera un centenario pueblo pre-cordillerano enclavado en medio del desierto: San Pedro de Atacama. Austero en su fisonomía, cuenta con una capilla antiquísima, un moderno museo, un mercado de artesanos, calles angostas, construcciones de adobe y poco más…pero por su ubicación privilegiada es elegido para hacer decenas de travesías hacia playas cálidas, salares, geysers, aguas termales, volcanes nevados, lagunas, desiertos, singulares pueblitos de trazos coloniales y pequeños valles y quebradas con vegetación autóctona.

Chile es demasiado caro para el bolsillo mochilero y los últimos billetes se evaporan más rápido de lo previsto. El retorno a la Argentina por el Paso de Jama es el broche de oro que marca el fin de un círculo imaginario trazado en un mapa de Sudamérica a través de los cuatro países visitados.

Sobre el final de sus notas de viaje inmortalizadas en la película ‘Diarios de Motocicleta’ un joven Ernesto “Che” Guevara dice: “El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina. El que las ordena y pule, “yo”, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Este vagar sin rumbo por nuestra Mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí…”.

Al viajar algo de nosotros se queda en el camino y sin embargo la mochila vuelve cargada de muchas cosas que no se alcanzan a percibir a simple vista pero dejan sus marcas imborrables: encuentros sorpresivos, lugares de ensueño, personas entrañables, despedidas, risas, algún lagrimón. La aventura espera, concretar ese sueño depende de vos.

Dos extraños en el rotary club

 

Con Melvin durante la colación de grado, meses después del agasajo en el rotary club.

Con Melvin durante la colación de grado, meses después del agasajo en el rotary club.

 

¿Qué pueden hacer dos tesistas de comunicación social en la sede de una distinguida y prestigiosa organización de “gente bien” que realiza campañas de “bien público” y que incluso a veces se pre-ocupa por los más necesitados?

 

Intentan obtener su tajada inspirándose en el legendario Robin Hood: quitarle a los ricos para darles (darnos) a los pobres.

 

Por entonces queríamos liquidar nuestro trabajo final y que todo ese laburo de extenuantes meses no fuera olvidado en una estantería de biblioteca…pero faltaban los billetes que lo hicieran posible.

 

Con el beneplácito de uno de sus ex presidentes y tras mucho insistir fuimos convocados por la mesa directiva del rotary club.

 

El día indicado, sin saber muy bien de que se trataba, nos encontramos con Melvin en el lobby de una especie de hotel –el parecido lo hace casi indistinguible- en el que somos recibidos por nuestro contacto, el doctor Ele.

 

El Doc nos conduce al entrepiso donde tienen lugar los preparativos de un fastuoso almuerzo con manteles y servilletas al tono, decenas de mesas redondas, sillas de roble y cartelitos impresos con el nombre de cada comensal.

 

Mozos de uniforme, señores de cuello blanco y corbata, señoronas de trajecito, un maestro de ceremonias, un atril, micrófono y alta voz; pantalla gigante, obras de dudoso gusto estético firmadas por pintores ignotos -pero con apellidos ilustres- adornan las cuatro paredes.

 

Todo esto en un ambiente dominado por un respetuoso silencio de velorio. Y nosotros ahí, haciéndonos los serios, disimulando el nerviosismo, escondiendo las inseguridades propias de la hora.

 

El universo de los elegidos

 

Sorteamos el sector donde hay que desembolsar dinero y nos ubican cerca del atril. Después sabremos que esa es la mesa de los directivos. El salón se completa a ritmo frenético. Los rotarios aman las reuniones protocolares.

 

Manos anónimas que saludan, rostros desconocidos que sonríen, diálogos medidos e intrascendentes se suceden alrededor de la mesa de los jefazos. La nota de la jornada la da el grupete de chupa-medias de turno que se desvive por ocupar un lugar preferencial para agradar al Presidente.

 

Desde su interior el rotary luce bastante venido a menos: se asemeja demasiado a una de esas colonias de vacaciones para ancianos que están desperdigadas en las sierras cordobesas.

 

Para terminar de darle el tinte de kermés glamorosa-chauvinista que le falta a la escena, el maestro de ceremonias anuncia el sorteo de un óleo a cambio de un módico aporte de los rotarios que será destinado a “obras de caridad”.

 

Me pregunto desde hace cuanto tiempo este coqueto edificio dejó de ser el rincón obligado para torcer el futuro de los gobiernos de turno. Es que esta suerte de palacete victoriano es compartido con otro reducto del exclusivismo: el jockey club.

 

La cercanía de ambos clubes no es solo una cuestión de ubicación geográfica: suscriben una misma visión del mundo, comparten una ideología determinada.

 

Para los desmemoriados recordemos que en un pasado no tan lejano desde aquí se brindo apoyo a “revoluciones” (conservadoras), se promovieron “golpes institucionales” (en defensa de las instituciones, ¡ja!) y se agasajó a personajes de dudoso pasado e inquietante porvenir (políticos, militares, etc.).

 

Un público difícil

 

Pero eso poco importa ahora. Estamos frente a un auditorio que se divide entre ojos inquisidores y miradas evasivas. Me lavo las manos soberanamente y le dejo la platea enmudecida a Melvin, que se agranda en las difíciles.

 

Hacemos la presentación del proyecto pero no logramos cautivar a los presentes. Transcurren los minutos y un molesto murmullo se apodera del salón.

 

Cerramos la disertación a duras penas y un aplauso lastimoso recorre el lugar mientras volvemos disparados hacia nuestros asientos. De nuevo: saludos de rigor, sonrisas de ocasión, alguna que otra palmadita en la espalda.

 

La ceremonia está promediando y regresamos al centro de la escena para que el Jefazo nos entregue un “diploma de honor” con nuestros nombres. Nos toman una foto a cada uno: que aparezca el mandamás lo amerita.

 

Aquel episodio fue lo más cercano que estuvimos de la concreción de nuestro proyecto de tesis. Después, como antes, solo hubo promesas y postergaciones indefinidas.

Si hasta llegaron a decir que nos asignaron un mentor –nuestro tío rico- que no puede atender nuestras demandas porque se debate entre la vida y la muerte.

 

Nunca conocimos al supuesto padrino, tampoco sabemos si sigue vivo… Cuando al fin caímos en la cuenta que estábamos frente el naufragio del sueño postergado, descubrimos la agonía de una posibilidad que solo latía en dos personas y reclamaba atención desde una pila de papeles.