Posts Tagged ‘cordoba’

Cruz de Caña

Fiestas patronales en Cruz de Caña. Musica, baile y un tetra que no se entrega.

Fiestas patronales en Cruz de Caña. Musica, baile y un tetra que no se entrega.

Cerré la tranquera y me acomodé en el asiento trasero del auto para saborear el pan recién horneado por los hijos de Gallina. Estaba deliciosamente esponjoso y el hambre me carcomía las entrañas. La Negra se detuvo en el vado para ver si la creciente había cedido. Ya no quedaban paisanos de La Candelaria del otro lado, tampoco la policía bloqueaba el paso.

El auto siguió bordeando la falda de los cerros. La noche era cerrada y los faros del vehículo iluminaban los pasos de la gente que caminaba rumbo al polideportivo. La procesión se realizaba en total oscuridad debido a la ausencia de alumbrado público.
Nos detuvimos frente a la única cancha de futbol –una zona relativamente alta-, y caminamos entre la maleza con los celulares en mano buscando una señal que no llegó. Llevábamos 2 días de desconexión total.

Cinco minutos después nos detenemos frente al pórtico de la capilla: la sala está abierta e iluminada con lámparas blancas y amarillas. Reina el silencio sepulcral de siempre. No quedan rastros de la maratónica jornada de bautismos y comuniones que hoy movilizaron al pueblo como cada 6 de enero.
Frente a la capilla está la comuna y, a su lado, el polideportivo. Ante el portón que bloquea el ingreso hay puestos de venta ambulante atendidos por jóvenes africanos negros. La esposa del intendente cobra las entradas, invita a pasar y hasta te ofrece una mesa.
Sobre el playón de cemento se extienden hileras de tablones de madera y mesas de plástico de esas que abundan en patios y jardines. Hay un escenario a 2 metros de altura de la pista y 3 metros más arriba un enorme tinglado de zinc: la última gran obra del jefe comunal.

Todavía es temprano. Los lugareños, repartidos entre las mesas, se dedican a charlar sin quitar la vista del escenario a la espera de que aparezca la animadora anunciando el comienzo de la fiesta. La ansiedad viene ganando la partida.
Me ofrezco a buscar algo de comer y mientras atravieso el playón hacia la barra esquivo niños y perros. Los paisanos, hombres de rostros duros curtidos por el sol y el trabajo en el campo, me miran con interés: la cara, el cabello, las ropas de forastero. Por un momento me acuerdo de los africanos que liquidan anteojos de sol meidin china en la puerta del predio.

Menú: choripán y vino toro –en caja-. Se abre con los dientes y se rebaja con coca para diluir el efecto etílico. Suena música en vivo. Los primeros bailarines se arremolinan sobre un planchón de cemento que hace las veces de pista improvisada.
El grupo quitapenas es el número de fondo. Su líder -un sexagenario delgado de pelo blanquísimo que le cae sobre los hombros-, disimula el paso del tiempo con una camisa abierta a la altura del pecho, jeans ajustados y el oleaje de su abundante cabellera. Se mueve –decidido- entre sus músicos: baila y se sacude todo el tiempo como si no pudiera detenerse, como si fuera a caer rendido si lo hiciera.

Más allá del escenario las parejas dan vueltas por el playón al ritmo de la cumbia, el cuarteto, la tarantela, como si se tratara de un gran plato giratorio. Está el que baila estrechando los hombros pero los pies no le responden, está la chica de las mejillas encendidas que baila un chamamé eterno amarrada a su compañero, está la pareja de ancianos que apenas mueve los codos y sonríen a los que pasan a su lado, están los muchachones que bailan entre sí, a un costado, a falta de compañeras de baile y también está un borracho de panza prominente que busca pelea a quien se acerque a menos de dos metros de él o de su mujer.

En lo que resta de la noche no volverá a repetirse la comunión de tantos bailarines: Los Minaqueros pondrán toda su potencia vocal para seducir a un público que recibe con cierta indiferencia la impronta chalchalera de los guitarreros.

Falta tunga-tunga. El folclore juega de visitante en este territorio campesino y cordobés.

La fiesta patronal llega a su fin. Con el ave maría de fondo, aparece entre amplificadores y pies de micrófonos un pesebre viviente encabezado por la mujer del intendente ahora en el rol de un ángel inmaculado junto a un burro –de carne y huesos- con cara de susto al tiempo que unos esforzados reyes magos tiran caramelos masticables a los niños que se abalanzan contra el escenario pidiendo más y más.

Haciendo dedo en el cruce

En un paraje donde solo se ven perros y motos conseguir transporte al pueblo vecino es todo un desafío. El dueño de la única camioneta oferta 90 pesos por el traslado. Nos negamos. Queremos hablar con algún transeúnte que nos indique alguna referencia pero en plena siesta ni las moscas se asoman. Camino junto a la ruta hasta que veo una puerta abierta, ingreso sin anunciarme y los parroquianos dejan de reír, de hablar, de tomar vino y uno de ellos baja el volumen del televisor. Esperan que hable. Les digo. Dos cuadras después, donde se diluye el poblado, está una pulpería del siglo XXI: unos pibes juegan billar, dos jornaleros arrugados como tortugas beben vino con coca y desde los fondos emerge una enorme panza con una cicatriz de apendicitis del tamaño de una lombriz amazónica. Un paso más atrás viene su dueño, el remisero del pueblo, conductor de un fiat palio rojo que es la debilidad de su hijo adolescente. “Son cien”, dice el gordo con su mejor cara de fastidio. Fue un error levantarlo de la siesta.

Para llegar a este enclave escondido en el noroeste cordobés debimos tomar un colectivo, hacer un trasbordo en Cruz del Eje para llegar a la desolada La Higuera, caminar hasta el desvío y hacer guardia por tres horas hasta que un visitante de Villa El Libertador, hijo de una comadre del pueblo, detuvo su auto en medio del camino y, tomándose todo el tiempo del mundo, nos recogió con su mejor sonrisa. Nuestros bártulos fueron a parar al baúl junto al cajón de coca-cola y una bolsa de harina repleta de varillas de pan. Estábamos –ella y yo- felices. Nuestro peregrinaje por fin se hacía realidad.

Epílogo

Cruz de caña es la paz hecha camino de tierra, monte de espinillos, aguas frías y claras. Es un atardecer de enero de luciérnagas apuradas y motociclistas que no tienen dónde ir. Es un pedacito de tierra debajo del algarrobo donde domar las brazas de un asado para saborear con las manos. Es el crepitar del agua con la crecida y su mansa melodía en las noches de luna llena. Es un promontorio de estrellas fijadas sobre el cielorraso de la vía láctea.

Anuncios

Nueva Córdoba: la aventura de vivir a pasos de la movida nocturna

Nueva Cordoba: Un barrio para gente despierta

Nueva Cordoba: Un barrio para gente despierta

Mientras el Consejo Deliberante de la ciudad comienza a discutir un proyecto para regular la emisión de sonidos y vibraciones (contaminación auditiva), rescatamos el lado menos conocido de los estudiantes universitarios que viven -literalmente- en medio del ruido.

El barrio más estudiantil de Córdoba reúne inframundos bien diferentes pero conectados unos con otros. La Nueva Córdoba comercial, con su vertiginoso horario continuado de 9 a 20, al fragor de los bocinazos, entre el hedor a smog y aromas variopintos de locales de comida rápida; la Nueva Córdoba universitaria, con sus miles de kilómetros de libros y apuntes circulando en bolsos, morrales y mochilas de estudiantes preocupados por alcanzar la clase del día.

Y todas las noches -o casi todas- palpita la Nueva Córdoba nocturna: con sus bares de luces tenues y mesitas en la vereda, pubs con música al palo y otros con música ambiental, boliches repletos -aunque las ordenanzas lo prohíben- y otros en que los patovas intentan sobrellevar el aburrimiento contando el número de ebrios que pasan por la puerta cada diez minutos.

Cuando la noche llega a la Cañada, Nueva Córdoba se cubre de luces y de gente con ganas de divertirse. Poco importa si es verano o invierno, si hay turnos de examen o cursado intensivo, basta caminar un rato por Rondeau y su zona de influencia para caer en la cuenta que aquí la vida transcurre a otro ritmo, con reglas no escritas y una impronta distintiva.

Aunque nadie presta demasiada atención a lo que permanece oculto detrás de la fachada del bar de moda, en los edificios circundantes viven muchos estudiantes que conviven más o menos a gusto con la movida joven del barrio estudiantil. Es que en esto no hay uniformidad de opiniones: están aquellos que encontraron “su” lugar y no quieren mudarse por nada del mundo, los hay indiferentes y despreocupados, y también están los que se hartaron de todo y tienen ganas de tomarse un descanso pronunciado en una isla desierta.

El 99 por ciento de los estudiantes disfruta a pleno la noche eterna de Nueva Córdoba pero…¿Cómo vive el escaso 1 por ciento -que en términos prácticos comprende a varios centenares de personas- que habita en las calles que nunca duermen? Doctámbulos! recorrió la zona más candente y te cuenta secretos y estrategias de los vecinos más despiertos.

La vida desde un primer piso

Mudarse al primer piso de un edificio con un local nocturno en la planta baja parece una obstinada incursión destinada al insomnio perpetuo pero los testimonios aquí recogidos lo desmienten.

Al momento de decidirse por un departamento de estas características, los estudiantes destacan elementos como ubicación privilegiada, seguridad, comodidad y precio conveniente del alquiler. Florencia Gómez (19 años) es estudiante de Psicología y vive en Independencia y Boulevard San Juan: “Decidimos mudarnos aquí con mi actual compañera porque queda cerca de donde vivíamos antes, el precio es bastante accesible, el departamento está en buenas condiciones y es cómodo”.

Por su parte, Camila Mazzola (22 años), estudiante de Diseño de Indumentaria y Textil, explica: “Me instalé aquí porque me gusta la ubicación y no aguantaba más vivir con mi compañera de departamento anterior”, desliza entre risas desde su bunker ubicado sobre la Cañada a escasos metros del Bv. San Juan.

“Estoy cerca de la facultad, de la casa de mi novia y también hay mucho movimiento de gente”, dice Imanol Munárriz (22 años), estudiante de Relaciones Públicas e Institucionales, al destacar las ventajas de vivir en un primer piso sobre la intersección de Obispo Trejo y Achaval Rodríguez.

¿Cambio de hábitos?

Hasta aquí todo muy bien pero la convivencia con la vida nocturna a veces requiere algunas modificaciones en la rutina diaria. Fernando Morales (27 años), estudiante de abogacía y residente de un primer piso ubicado en el circuito nocturno próximo a la Cañada, opta por estudiar de día cuando el bar está cerrado. Además, intenta “no abrir la ventana del dormitorio porque es imposible dormir, sobre todo en verano”.

“Lo malo del lugar es el ruido de los bares, que excepto los domingos, están abiertos todos los días. Nosotras vivimos en un piso bajo, por lo que los ruidos son constantes. Llega un momento en que te acostumbras pero por ahí molesta que a las tres de la mañana te suban el volumen a todo lo que da…o como ocurre en este preciso momento que están cantando a más no poder. La música del boliche de enfrente también se escucha y si no podemos dormir, cerramos las persianas”, cuenta Florencia.

Luciana Casas (18 años), estudiante de Diseño Gráfico y vecina de calle Marcelo T. De Alvear al 300, ya se acostumbró: “Al principio me costaba descansar pero ahora, con todas las cosas que hago, llego a la noche cansada y no tengo problemas para dormir”. Camila tampoco altera su rutina: “Simplemente si tengo que dormir duermo y si tengo que estudiar estudio. No me molesta para nada. Aunque suele vibrar el piso por la música anulo los ruidos y hago lo que tengo que hacer”.

Paradójicamente, la ubicación estratégica de los estudiantes consultado permite que, en la mayoría de los casos, sus respectivos departamentos se conviertan en un punto de encuentro para las salidas nocturnas. Así se convierten en anfitriones a tiempo completo.
Imanol se reúne seguido con sus amigos para disfrutar de un asado. A Florencia los suyos la visitan con frecuenta y en lo de Fernando siempre se juntan a hacer la previa. Camila agrega: “Todas las juntadas son siempre en mi casa”.

Trasnochar con ventaja

A estos chicos, la situación también les otorga una ventaja impensada para muchos estudiantes que viven al filo de las multas si deciden hacer fiesta en su departamento: pueden hacer la suya sin preocuparse demasiado porque el barullo exterior ¡disimula lo que ocurre puertas adentro!.

Habitar en la zona de diversión es una invitación a disfrutarla. La tentación aparece en cada esquina y la estrategia de los estudiantes que viven encandilados por la noche de Nueva Córdoba se orienta más a la integración con el ambiente festivo que a una oposición acérrima.

Y si no prestemos atención al testimonio que dejó Álvaro Olivera en el muro de facebook de Doctámbulos!: “Mi habitación y el baño están pegados a un supuesto bar que abre desde el jueves en adelante…tiembla todo el departamento y a veces escucho hasta los tragos que se piden. Pero que quede claro: no me pienso mudar porque es la excusa perfecta para salir los fines de semana”.

– – – – – – – – – – – – – – – – –
RECUADRO:
Un lugar en el mundo

A pesar de lo que podría creerse, ninguno de los estudiantes consulados por Doctámbulos! está dispuesto a abandonar el departamento donde vive. Fernando Morales, estudiante de abogacía y residente en la zona festiva próxima a la Cañada, indica: “Me siento muy cómodo en la zona”.

Luciana Casas, estudiante de Diseño Gráfico y vecina de la misma cuadra, acuerda con la opinión de Fernando: “Me siento muy a gusto. Vengo de una ciudad chica (Arroyito) y mudarme acá es realmente un gran cambio. Pero me siento un poco más segura porque siempre hay gente en los bares, además Nueva Córdoba esta lleno de estudiantes y eso me da mayor tranquilidad”.

Florencia Gómez y su compañera de departamento ubicado la intersección de Independencia y Boulevard San Juan tampoco se arrepienten: “Nos encanta, no nos mudaríamos”, confirma.

Un viaje a través de la lengua

Cursos intensivos de idioma en Cordoba.

Cursos intensivos de idioma en Cordoba.

El verano ofrece una oportunidad inmejorable para estudiar un idioma extranjero. Te presentamos algunas opciones copadas en la siguiente crónica. 

 

Verano en la ciudad. Calor, humedad, más calor. Soles majestuosos pero sin playa ni océano a la vista. Hay formas de encontrar un alivio transitorio: una ducha de agua fría, un ventilador que vomita aire caliente. Si te toca laburar, estudiar o quedarte en casa por falta de guita, si no sos el feliz ganador del Gordo de Navidad o de un viaje paradisíaco para 4 personas, no queda otra que sobrellevarlo de la mejor manera.

Nos preguntamos entonces ¿No es injusto tener que soportar la felicidad ajena de los que si disfrutan sus vacaciones y colapsan Facebook con fotos y sonrisas desde destinos soñados? ¿Acaso los que se quedan no pueden viajar a Berlín, Paris, Florencia, Londres o New York…aunque sea imaginariamente?.

Pensando en estos viajeros de entrecasa, dedicamos dos jornadas a recorrer espacios emblemáticos que dictan cursos de idiomas extranjeros durante el verano. Una forma diferente de viajar hacia otros países a través de su lengua y su cultura pero sin presentar pasaporte.

En la ciudad de la furia

Jueves 11.00 a.m.: el cronista está indeciso y no sabe por donde comenzar. Casi por instinto se dirige a Plaza España. La idea de actuar de incógnito para obtener información es tranquilizadora: cuando uno se presenta como periodista algunos piensan que la verdadera intención es vender publicidad o brindar una imagen distorsionada de su institución. De nada sirven las explicaciones.

-“Seguro hay algo raro… ¿Cuál es la trampa?”.

Pero no hay secreto, no hay revelación y ante la incredulidad de nuestro ocasional interlocutor no queda otra opción que buscar la puerta de salida.

Esta vez es distinto: mi papel consiste en pasar por un potencial estudiante de idiomas que deambula por Nueva Córdoba y el centro con el fin de conocer las ventajas que ofrecen los cursos de verano.

Como decir cerveza en alemán

Jueves 11.20 a.m.: La primera escala es Avenida Yrigoyen 646, sede del Goethe-Institut. Allí no vas a encontrar una réplica a escala del Muro de Berlín pero si podes aprender alemán. Está emplazado en una casona antigua y silenciosa. En la recepción una chica de sonrisa amplia se esmera en contestar mis preguntas mientras ofrece un volante con información clave. También me quedo con otro folleto que promociona los cursos con la imagen de un vaso lleno de cerveza acompañado de la leyenda “Bier…ya estás aprendiendo”. El gancho funciona. Dan ganas de tomar cerveza y de paso aprender alemán.

El intensivo de verano inicia el 03 de enero en módulos de 3,15 horas de duración, dos días a la semana. Para cursar en un nivel superior al principiante es indispensable rendir un examen de nivelación.

Cinco en uno

Jueves 11.45 a.m: Camino hacia el centro paso frente al ex Palacio Ferreyra y por suerte la Asociación Argentina de Cultura Británica tiene sus puertas abiertas. En el lugar reina una calma chicha apenas interrumpida por la voz firme de una señora vestida con zapatos, falda y saco negro que explica:

-“Aquí no se dictan cursos de verano”.

La oferta de inglés de Cultura Británica está orientada sobre todo a niños y adolescentes y como ellos desaparecen durante las vacaciones, la actividad es nula.

Jueves 12.10 p.m: El calor del mediodía ahuyenta a los transeúntes hacia la vereda donde el sol golpea menos. En la zona del Mercado Sur, mujeres en grupos de 2 o 3 pelean cuerpo a cuerpo por las mejores ofertas en ferias de ropa trucha y locales de segunda selección.

Al 159 de Ituzaingó, entre un banco y un local de ropa interior femenina, se encuentra el área de Cursos Intensivos dependiente de la Facultad de Lenguas de la UNC. Hay que recorrer un extenso pasillo para llegar hasta las pizarras informativas. Las opciones abundan: inglés, francés, portugués, alemán e italiano. Las clases comienzan a partir del 10 de enero y se cursa 4 veces a la semana durante 2 meses. Si contás con conocimientos previos siempre está abierta la posibilidad de rendir un examen de ubicación. Si en cambio tu nivel es avanzado la alternativa pasa por los cursos de consolidación. Sus contenidos incluyen desde pronunciación y articulación hasta películas, juegos y aspectos culturales como tradiciones, comidas, música y arte.

¡Guardia! ¡Guardia!

Viernes 19.30 p.m.: El Instituto Italiano de Cultura brinda sus cursos en un viejo edificio próximo al Consulado. El aislamiento acústico es increíble: desde la ventana pasan autos y colectivos pero solo se escucha el televisor de la sala principal con el sintonizador clavado en la RAI. Después de un rato de espera aparece un guardia de seguridad que se excusa porque nadie puede atender y me invita a dirigirme hasta Ayacucho 131. Diez minutos más tarde, ya en la sede central, otro guardia de seguridad anuncia que la secretaria salió a realizar un trámite y que toda la información necesaria está en el folleto rojo furioso que entrega a todo aquel que ingresa al lugar.

Se escuchan voces de fondo cantando a capella.

-“Es que hay un ensayo. El miércoles se cierra el año con un número de ópera. Es gratis, puede venir si quiere”, dice el guardia.

Le doy las gracias y apuro el paso. El folleto rojo indica que desde el 17 de enero hasta el 11 de marzo se dictan cursos intensivos de italiano solo para primero y segundo nivel.

Viernes 19.55 p.m.: En el bar de la Alianza Francesa dos personas que toman café me miran pasar con indiferencia. La ventanilla de la Secretaría está cerrada. La empleada está de pie del otro lado del vidrio con su cartera en la mano y amaga con irse. Le hago señas desesperadas. Me entrega el folleto de rigor y se despide a toda velocidad.

La Alianza propone su propio Tour de France. “Un recorrido intenso por la lengua y la cultura francesa” en cuatro niveles de perfeccionamiento que inician el 2 de febrero y concluyen el 11 de marzo. Se cursa dos veces por semana, tres horas por día.

La última de las postales del día muestra la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo en una misma secuencia junto al Arco de Córdoba y la Iglesia de Los Capuchinos. Ojalá todo estuviera tan cerca. ¡Oh la lá! París!.

Departamento compartido

Historias de convivencia bajo el mismo techo

Historias de convivencia bajo el mismo techo

A raíz del aumento del costo de vida y sobre todo de los alquileres cada vez más jóvenes estudiantes deciden resignar privacidad para compartir departamento con amigos, familiares, parejas e incluso desconocidos ¿Cómo es vivir con otros cuando no te queda otra?

 

“No me alcanza/ no me alcanza, hermano/ se necesita un poco más/ sólo un poco más (…)”, dice una vieja canción entonada por Ricardo Tapia. En ella, el legendario líder de La Mississippi alude a lo difícil que es para un músico independiente vivir con las monedas contadas. En este sentido, los estudiantes y los músicos del under no son tan diferentes.

Nadie mejor que un universitario conoce lo que es hacer malabarismo con el dinero. Si no es por la comida o los cospeles, serán las expensas y los apuntes, o algún gasto extraordinario no previsto que harán del arroz y los fideos dos aliados indispensables cuando el calendario marque los últimos días del mes.

El mundo gira en torno al vil metal y lo tenés bien presente cada vez que vas al supermercado o pagás el alquiler. Justamente, uno de los gastos fijos que más castiga el bolsillo estudiantil es el alquiler y desde hace algún tiempo el costo de vivir en un lugar más o menos habitable parece haber tomado vida propia: crece sin pausa, como esa suciedad que se acumula debajo de la heladera y cuya limpieza siempre dejamos para el mes siguiente.

 Los estudiantes que alquilan

Según el ‘Informe de Calidad de Vida y estado de salud de la población estudiantil’ elaborado por la UNC, los jóvenes que provienen del interior -de ésta provincia y de otras- representan a más de la mitad de la población estudiantil de Córdoba. En números concretos, es como si las más de 60 mil personas que viven hoy en Río Tercero armaran sus valijas para radicarse en la capital provincial.

Y si de este grupo quitamos a los envidiados estudiantes que viven solos (un escaso 13,3 por ciento) podemos ver que una buena parte de los jóvenes se las arregla como puede conviviendo con otros -familiares, amigos, compañeros, parejas e incluso desconocidos- en un departamento o una casa alquilada.

 Hecha la ley, hecha la trampa

Si bien los vaivenes económicos impactan en la demanda de departamentos y a pesar que la construcción de nuevos edificios aumentó la cantidad de alternativas disponibles, el valor de los alquileres tendió al alza constante en la última década.

A ello se agrega que los contratos de locación incluyen argucias legales que permiten “ajustar” el precio siempre hacia arriba, medida que tarde o temprano impacta en la economía estudiantil.

Ante un escenario poco amigable, con sucesivos incrementos en el costo de vida -un indicador que palpás a diario cuando comprás una costeleta, pagás un taxi o pedís un trago en un boliche- se ponen a prueba nuevas estrategias de supervivencia.

Una de las opciones que más se ha popularizado entre los estudiantes de Córdoba consiste en resignar privacidad y sumar voluntades -y algunos pesos- para ‘compartir’ los gastos de alquiler.

Ingresamos en la intimidad de jóvenes que conviven con amigos, familiares y hasta desconocidos para contarte cómo es vivir con otros cuando no te queda otra.

No hay dos sin tres

Como en las librerías todavía no se consiguen manuales de convivencia para desconocidos Lucía Morcos (20 años) tuvo que ingeniárselas para entrar en confianza con su nueva compañera de departamento -otra Lucía- de manera instintiva, haciendo lo que mejor le sale: “hablar hasta por los codos”, como dice ella riéndose de sí misma.

Tras dejar atrás su Mendoza natal para estudiar Abogacía, Lucía vivió un tiempo con unos tíos cordobeses hasta que encontró un cartel en la Facultad de Ciencias Exactas que le abrió las puertas a una nueva vida, la actual. Las lucías se hicieron amigas rápidamente y ya llevan seis meses de convivencia armónica.

Pero a Lucía Morcos el aumento de alquiler del mes de agosto le alteró el presupuesto de tal manera que optó por pegar carteles en la facultad para compartir su habitación. Carol, ‘La Salteña’ -como le dice Lucía cariñosamente-, es la nueva incorporación al equipo. Ahora forman un trío que -con pocos recursos y mucho empeño- encara proyectos: para el año próximo sueñan con vivir a sus anchas en una casa.

Los hermanos sean unidos

Cuando el puntano Augusto Ayub (22 años) llegó a Córdoba para estudiar Ingeniería en Telecomunicaciones no le preocupaba donde vivir: Emiliano, su hermano mayor, le tenía reservado un lugar en el departamento que la familia alquila desde siempre.

Pasó el tiempo y ahora Augusto quiere vivir sólo: siente que el departamento de 2 ambientes les queda chico y cada uno tiene intereses diferentes. Emiliano prefiere pasar tiempo con su novia y Augusto disfruta de tocar la viola a todo volumen y hacer la previa con sus amigos antes de salir el fin de semana.

Los hermanos Ayub se reclaman -mutuamente- espacios de intimidad pero no siempre cumplen el uno con el otro: una llegada imprevista puede impedir que Emiliano concluya un buen momento con su novia o, al revés, Augusto tiene que renegar más de la cuenta para organizar una reunión con amigos sin la presencia de su hermano.

Con el orden y la limpieza tampoco hay acuerdo así que los mosaicos que adornan el departamento parecen haber olvidado hace tiempo cómo es la vida sin polvillo. No todas son pálidas: se turnan una vez al mes para pagar las cuentas y hasta ahora “dio buenos resultados”, dice Augusto.

Casa pequeña, corazón grande 

¿Qué dirías de convivir con tus amigos de toda la vida? Al salteño Pablo Portal (20 años) la idea le gustó desde el primer momento: después de pasar por una pensión y una fugaz experiencia en la UNC, en 2008 se anotó en cine en La Metro. Para entonces ya alquilaba un departamento con Benjamín, Joel y Aldo, sus compañeros de aventuras desde la escuela primaria.

“No fue nada muy planeado. Somos amigos desde hace mucho tiempo: lo lógico era que vivamos juntos y más lógico todavía por el tema de la plata. El alquiler es caro y entre todos se hace mucho más barato”, comenta Pablo.

Organizarse entre varios es cuestión de ceder en algunas cosas y exigir en otras. Es por ello que el cuarteto salteño divide los quehaceres del hogar: uno cocina, otro lava los platos, un tercero limpia, etc. La convivencia también se facilita porque “ya sabemos cuándo se puede joder y cuando no. Obviamente nos peleamos pero charlando se soluciona”, agrega.

Como ocurre con esas comidas estudiantiles improvisadas en donde la olla se va poblando con los ingredientes disponibles, los universitarios saben que la convivencia más que una elección es una necesidad pero no por eso necesariamente una carga. Como explica Pablo a veces el humor es la mejor receta: “Siempre hacemos jodas, cada uno tiene su gracia, tratamos de reírnos todo el tiempo”…y eso también está bueno.

¡Otra oportunidad, otra oportunidad!

La elección de una carrera no siempre es el resultado de un amor a primera vista. Te presentamos historias de estudiantes que rehicieron su camino a contramano del fracaso.


Son convidados de piedra a los cursos de orientación vocacional que acaparan los recién llegados del secundario. No forman parte de las estadísticas. Son los que alguna vez se subieron a un barco que no les correspondía y naufragaron en alguna facultad de la que no se sentían parte. Son los que se permiten una segunda o tercera oportunidad porque quieren realizarse y salir adelante. Pablo, Sofía y Bruno son lo que aquí denominamos reincidentes universitarios, pibes que no se plantearon abandonar los apuntes para siempre pero si estaban dispuestos a dar un golpe de timón en sus vidas hasta encontrar la verdadera vocación.

Pensar la arquitectura 


Lleva un reloj pulsera Nike al que parece no prestar atención. Se toma el tiempo para estacionar su bicicleta amarilla GT y pide mate amargo. Con su peinado al viento y barba rala de cinco días, Pablo Balanza (27 años) se acomoda en una silla desvencijada de un departamento céntrico para hablar de una de sus pasiones, la arquitectura. Con 4 años de cursado, hoy está super familiarizado con los métodos de estudio, maneja sus tiempos y se siente mejor preparado para los nuevos desafíos. En un sentido amplio se propone crear; diseñar.

“Diseñar implica inferir todas las necesidades que requiere un tema y a partir de allí elaborar una estrategia que posibilite el cumplimiento de la mayor cantidad de premisas posibles en un espacio dado. Tenés que confrontar con la realidad y discutir con los demás hasta llegar al resultado final”, dice Pablo.

La terminología que emplea para explicarse ar-qui-tec-tó-ni-ca-men-te tiene relación con una rama de las humanidades que él recorrió durante 2 años. Inferencias, premisas, silogismos y otras yerbas eran moneda corriente en filosofía, donde se instaló luego de transitar un secundario de doble escolaridad inflamado de matemática avanzada y física a granel.

La filosofía se le presentó como un campo ligado a la investigación y, por consiguiente, a los viajes. “Quería viajar y estudiar, viajar y saber; aprender”, recuerda. Pero el suyo fue un camino errático y sentía que se alejaba cada vez más de su romántica idea inicial. ““En aquellos tiempos comencé a frecuentar la casa de un amigo que hacía Arquitectura. Compartí con él y sus compañeros largas noches de estudio. Encontré un universo diferente: actividades totalmente prácticas y grupales, una materia diferente cada día, un ritmo más dinámico. Sentí que se abría una posibilidad más enriquecedora”.

Su estilo de vida dio un vuelco. De lector y redactor de ensayos teórico-filosóficos en un espacio de gran intimidad y reflexión pasó casi sin transiciones al tablero, el montaje de maquetas, el diseño de objetos y más. Si bien los comienzos fueron duros -con altibajos incluidos- no se arrepiente del cambio…y su interés por las humanidades se mantiene intacto. “Filosofía me ayudó para interiorizarme en la teoría de la arquitectura, que en mi carrera no es un área fácil de abordar. Me va muy bien con la parte teórica y eso -como en cualquier disciplina- te da una ventaja muy grande. Me pasaba horas leyendo y al final del día trabajaba menos para las entregas”.

De carrera en carrera

Es jueves santo y en el shopping de Villa Cabrera la circulación de gente es mínima. Mientras estrecha la mano de Iván -el mozo-, Bruno Alberstein (22 años) pide un desayuno: té, tostadas y mermelada casera. La tele está sintonizada en el Lagarto Show y las risotadas del conductor se mezclan con el repiqueteo de la máquina de pochoclos del multicine que no deja de producir cantidades industriales de pelotitas de telgopor comestible.

Rubio, flaco y alto, de melena frondosa y cejas tupidas, Bruno tiene un parecido indisimulable con el cantante Carlos Baute. Construyó su propia filosofía -la del esfuerzo- con una máxima que derrocha voluntarismo (“todos podemos hacer todo, no hay nada que no se pueda hacer”). A partir de allí, se lanzó a transitar ciudades y carreras. Sin embargo, como él mismo aclara, todavía le queda mucho por hacer.

Terminó el secundario y se fue aLa Plataa estudiar Sistemas. Decepcionado, regresa a Bariloche y el año siguiente se anota en Producción de Medios Audiovisuales para abandonarla más tarde y radicarse en Córdoba. Enla UNC, hace un curso de orientación vocacional donde descubre inclinaciones hacia administración de empresas y vuelve a Río Negro para probar suerte en esa carrera. Al poco tiempo, la dejó.

En 2010, Bruno se instala nuevamente en Córdoba, arranca una carrera humanista mientras vive en un hostel y busca un trabajo para sobrevivir pero sus múltiples intereses no encuentran el cauce esperado. Piensa anotarse en el IPEF y aprovechar su historial como atleta pero no. Piensa en carreras clásicas, piensa en Abogacía y tampoco se decide. El 2011 lo encuentra de novio, instalado en un departamento, con un trabajo estable y…estudiando una carrera distinta a las anteriores.

“No me sirve esperar 5, 6 años de carrera para ver que onda y recién ahí empezar una pasantía o un trabajo ad honorem. Además, si pudiera hacer lo que realmente quiero tendría que cursar 7 licenciaturas y el tiempo no alcanza. Ahora conseguí una carrera que articula con todas mis inquietudes, sin mucha carga horaria y lo mejor es que en un año puedo empezar a laburar”, dice Bruno.

La revelación le llegó mientras realizaba junto a su novia un plan de marketing para un empresa de telefonía celular. “Ese trabajo me definió la carrera de publicidad y marketing”, explica esperanzado en lo que vendrá. Sus padres, que lo apoyan de manera incondicional, también se ilusionan y esperan que esta sea la definitiva. “No quiero caer en la monotonía. Soy una persona muy inquieta y me puedo llegar a aburrir rápido. Al cambio ya estoy acostumbrado”, advierte como quien deja abierta la puerta a cualquier posibilidad.

Cambiar para triunfar

A Sofía Simón (24 años) le costaba horrores aceptar que la comunicación social no era lo suyo. Es que durante el verano previo al ingreso universitario viajó al Chaco y sucumbió ante los cantos de sirena de una prima encandilada con esa carrera. La incertidumbre del futuro cristalizaba por fin en una idea reveladora: “iba a ser periodista”, dice.

Padecía las materias, extrañaba su familia y a sus amigos de Ucacha pero no quería aceptar el traspié. Cuando la situación se tornó insostenible empezó a evaluar otras opciones y se acercó a la psicopedagogía. “Le metí pilas y en menos de 5 años la terminé”, comenta diez días después de su última materia.

A la flamante psicopedagoga se le acelera el pulso de solo recordar el 11 de abril. Aquella tarde, vestida de impecable camisa blanca, pollera negra y zapatos finos, no conseguía controlar el traqueteo de sus piernas. Con los nervios a flor de piel defendió su trabajo final ante un tribunal evaluador y todo fue un sueño cumplido.

Rindió con 10 y en el fragor de los festejos, entre llantos y abrazos con sus amigas-compañeras, se acercó una señora para ofrecerle trabajo en un centro de integración. La contrataron. “La integración consiste en realizar una adaptación curricular para quienes tienen dificultades de aprendizaje”, explica.

Ahora, tras varios años de experiencia en consultorios privados de rehabilitación cognitiva, se largó por su cuenta y planifica abrir un consultorio propio. En el presente de Sofí soplan vientos de cambio: a pesar de que no oculta la necesidad de estar siempre acompañada quiere mudarse a vivir sola y dejar atrás la vida de estudiante y el departamento que comparte con dos de sus hermanos sobre calle Rondeau.

Las trayectorias estudiantiles de Pablo, Bruno y Sofía ponen en evidencia que definir un futuro profesional desde el momento en que se abandonan las tranquilas aguas del cole secundario no siempre resulta una tarea fácil. Pero después de la tormenta siempre llega la calma. Pablo encontró en la filosofía un mundo nuevo que hoy explota con la arquitectura, Bruno no deja de incorporar conocimientos de cada una de las carreras que emprende y Sofí aprendió a ser más flexible y comprendió que un cambio de rumbo no significa fracaso. En la elección de la carrera, como ocurre a veces en las películas, las segundas entregas pueden resultar mejores.

Testigo en peligro

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Incendio en sierras de Cordoba.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Incendio en sierras de Cordoba.

Mientras ingresamos a una sala de reuniones en la sede de La Vozdel interior el ‘Mono’ Antonio Carrizo me dirige una sonrisa cómplice y dispara su primera confesión de la tarde al referirse a la bifurcación de los límites en el fotoperiodismo: “Quizás…yo no sea el mejor ejemplo”.

Su tarea como editor de la sección imágenes lo obliga a realizar maratónicas jornadas en la redacción: organizar coberturas, asignar notas, gestionar videos y galerías de fotos, asistir después del mediodía a la primera reunión de blancos con los editores de cada sección (en la jerga periodística se llama así a la instancia donde se discuten los contenidos de la próxima edición) y volver a verse las caras cuatro horas después para definir los temas de tapa.

Pero hay tardes en que abandona por un rato su rutina para ganar la calle y accionar el disparador de su cámara como si fuera una ametralladora a repetición. Las cosas importantes ocurren en días así.

Con su uniforme de siempre -chaleco color pastel con bolsillos múltiples, el logo del diario bien visible, camisa blanca, jeans-, el Mono se deja caer en un sillón y se balancea en el lugar, gesticula ante cada frase, se ríe, disfruta recorrer su anecdotario fotográfico.

-¿Qué rasgos distinguen a un fotoreportero?

-“Desde que me inicié como fotógrafo en el diario, hace 33 años, me inculcaron que tenía que diferenciarme de los demás. Tener un estilo, un olfato diferente, pequeños detalles que dan un agregado extra a tu profesión. Intento buscar una foto que sorprenda al lector, que cuando vaya caminando y vea un título se detenga. La foto del momento justo, esa fracción de segundos, ese instante. Cuando salgo a cubrir lo estoy esperando. Una vez le tiraron un vaso de agua en los pechos a Isabel Sarli…y me quedé mirando. Ahí aprendí una lección: hay que estar siempre preparado. Siempre”.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Explosion de la Fabrica Militar de Rio Tercero en 1995.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Explosion de la Fabrica Militar de Rio Tercero en 1995.

Fotógrafo todo terreno

Para el Mono ser fotoreportero está indefectiblemente unido al trajinar de la urbe, al pulso de los fenómenos sociales, algo parecido a empaparse de calle. También implica romper el protocolo en los actos públicos, mezclarse entre activistas y policías en una movilización, perseguir el fuego junto a los bomberos durante un incendio, esquivar balas en tiroteos y, sobre todo, dejar aflorar el instinto: esa premonición que indica cuál es el lugar y el momento preciso para hacer la foto del día. El instante mágico que resume una noticia. Con treinta y tantos años de oficio, el Mono es un ser pasional que incluso pasa noches en vela cuando no aparece la foto que tanto espera.

-¿Cuáles son los límites para conseguir una foto?

-“Lo evaluás en el momento. Hay fotógrafos que tienen más disposición para ir al frente y buscar. Otros se sienten más seguros trabajando con lentes más largos, resguardándose, sin arriesgar tanto. Yo soy de los que quiere estar en el lugar para ser testigo. Con un teleobjetivo largo aplastás mucho la imagen en cambio con un lente más corto reflejás otras cosas, ubicás al lector, mostrás el ambiente donde suceden los hechos”.

-En el fragor de los acontecimientos ¿Pensás en los riesgos?

-“No pienso en el peligro sino en conseguir las mejores imágenes y en cómo llegar donde quizás los otros no se atreven. Se activa la adrenalina y te vas metiendo, te vas metiendo y llega un momento en que estás al lado de un tipo que cae con un balazo en la frente”.

La referencia al balazo no es arbitraria. Todavía recuerda como si fuera ayer una violenta represión durante un corte de ruta en Ledesma (Jujuy) que cubrió junto a un cronista durante los tumultuosos años del menemato.

Aquel día recibieron tantos proyectiles de goma en sus cuerpos que una ambulancia los quería cargar. Se negaron, querían seguir con la cobertura. Esa noche, durante la cena, repasaron la jornada y descorcharon un tinto. Antes de beber el primer trago el Mono propone un brindis con la cuota de humor que lo caracteriza: “Fijate, fijate –le dice al cronista que lo acompaña, el ‘cabrito’ Toledo-, fijate si no pierdo por algún lado”.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Represion en Ledesma, Jujuy (1997).

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Represion en Ledesma, Jujuy (1997).

En el reino de lo incierto


A veces, el miedo se torna una presencia inquietante. “Podes estar jugado, sentirte hasta las manos, pero si llegas a bajar el lente…en ese momento la cámara pasa a ser algo muy fuerte. Solo puedo pensar que esas imágenes tienen que llegar a la gente. Después tomás conciencia, analizás el panorama y te preguntás si valía la pena arriesgar tanto”.

-¿Se puede predecir el resultado de un cobertura?

-“Depende un poco de la suerte. Cuando vas a hacer una nota no sabés lo que puede pasar. Tenés que estar listo para lo inesperado. Situaciones simples pueden convertirse en algo peor. Un día me envían a una protesta de docentes, a tirar un par de fotos y seguir con otra nota pero a los 10 minutos se desata una batalla campal: perros que mordían a estudiantes, la policía largando los perros, gente que tira piedras y te pasan rozando la cabeza y yo ahí sacando fotos, tratando de registrar y resumir los hechos”.

Por recomendación del director de La Voz envío una de las postales de aquella jornada a un concurso internacional. Tiempo después la Sociedad InteramericanaPrensa le otorgaría el primer premio. “Si querés sacar la mejor foto, buscala. Eso te lleva por ahí a pasar los límites. Yo soy uno de esos. Trato de buscar la mejor foto, de meterme, esto me apasiona”, dijo.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. En territorio de las FARC, Colombia.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. En territorio de las FARC, Colombia.

-Una vez superados ciertos límites ¿Es más fácil pasarse de la raya?

-“No, creo que te sirve como experiencia para saber hasta dónde pones el cuerpo y qué se puede hacer y que no. La secuencia implica llegar a un punto critico, saber que estuvo en riesgo tu vida, haber regresado, poder decir a tus hijos que volviste a casa, respirar hondo y pensar ‘esto es lo máximo loco, no arriesguemos más’…pero no pongo las manos en el fuego porque cualquier día puede pasar.”

Dice el Mono, otra vez su sonrisa cómplice asomando entre sus mejillas rellenas. En el momento de la partida se disculpa por el café que no fue, propone un vino para la próxima y anota las fotos que me enviará al día siguiente. Caminamos por la rampa de acceso a la redacción y mientras el sol se retira en el horizonte Antonio Carrizo, el Mono, habla de su periplo en Colombia tras los pasos de la guerrilla de las FARC, de las fotos en los festejos por los 120 años del teatro San Martín, de sus incursiones en barriadas miserables y eventos de alto nivel en hoteles cinco estrellas. Imágenes de un mundo al límite, imprevisible y diverso. Como la actitud del Mono cuando se entrega a la calle y se deja llevar.

Ingresantes: el precio de la libertad

Perderse en las calles de Nueva Córdoba, soportar inclemencias climáticas, mantener el ritmo de estudio o sobrellevar el desarraigo son algunos de los múltiples desafíos que enfrentan los nuevos aspirantes a la universidad. Sebastián Sigifredo te muestra cómo viven hoy los profesionales del mañana. 

 

Imaginá que de un día para el otro el estadio de Belgrano, el ‘Gigante de Alberdi’, explota de ingresantes. Unos 25 mil chicos y chicas recién salidos del secundario poblando plateas, palcos, la popular. Todos, casi en simultáneo, esforzándose por conseguir su lugar dentro del amplio abanico de carreras universitarias que brinda Córdoba ciudad.

Ellas son mayoría: del total, los varones no superan los 10 mil.

Llegan desde distintos puntos de la ciudad, también de ciudades y pueblos del interior provincial –desde Río Cuarto hasta Deán Funes-, y de otros interiores: San Luis, Jujuy, La Rioja y un largo etcétera.

Lejos de ser un grupo minoritario los ingresantes conforman un ejercito en las sombras de tal magnitud que si todos se tomarán de las manos de uno en uno podrían unir Córdoba con la veraniega Villa Carlos Paz (distante a unos 35 kilómetros).

 

Casi 2 de cada 10 personas que circulan por Nueva Córdoba son ingresantes. Aunque intentan pasar desapercibidos son fácilmente reconocibles: pichones de bichos raros que aparecen cuál aves migratorias desorientadas en un hábitat que les resulta hostil. Para colmo el aluvión ocurre en enero, época en que desaparece hasta el portero del edificio.

 

Ingresantes, bichos raros.  Así los miran los demás, así lo viven ellos.

 

 **********

  

Para los recién llegados la ciudad y en particular el epicentro de la vida estudiantil -Nueva Córdoba- resulta un complejo rompecabezas de piezas que no siempre encajan bien. Y si no lo creen hagan la prueba: deténganse un rato en la intersección de Independencia e Hipólito Irigoyen y verán un espectáculo recurrente: chicos y chicas, solos o acompañados, que miran, desconcertados, los carteles de la calle -y levantan la vista hacia todas las direcciones posibles- porque no saben donde están, cuando fue que se perdieron.

 

José es santiagueño y vive en un departamento de dos ambientes en calle Balcarce, a metros del Parque Sarmiento. Quiere estudiar Relaciones Públicas. 

 

-Estoy ubicado cerca de la terminal de ómnibus. Mis puntos de referencia son la facu, Patio Olmos, Plaza España y la terminal. Me pierdo seguido si no camino por avenidas importantes.

 

Dice José, 18 recién cumplidos, hincha de River, amante de la chacarera y la cumbia con igual fascinación. El 16 de febrero cayó miércoles pero no fue un día como cualquier otro. Por la tarde le dijeron que obtuvo un 6 en el primer parcial y José sintió que tocaba el cielo con las manos. Había que festejar la hazaña y por eso después de clase se fue a lo de Lucas –que también aprobó-. Esa noche comieron pizza, tomaron dos cervezas. Cuando José intentó regresar se dio cuenta que estaba lejos de casa, en el límite entre Nueva Córdoba y barrio Guemes.

 

-Me metí por calles que nunca pisé. ¡No sabía dónde estaba! Por suerte encontré un taxi que me llevó hasta el departamento. Entre pizza, cervezas y taxi me quedé sin plata. Ahora voy a comer fideos con crema hasta que mi mamá me deposite. ¡Eh, chango! ¡Que bronca! Tengo que aprender las calles porque así no hay presupuesto que aguante.

 ********** 

Ser ingresante no es lo mismo que tener cualquier ocupación u oficio. Ser ingresante significa estar destinado a desaparecer: se aprueba el curso de ingreso/nivelación y se alcanza el grado inmediato superior -el ‘subtítulo’ de estudiante- o llega la revelación menos esperada, la que nadie quiere escuchar, el indeseable “seguí participando”.

 

A Carolina el viaje desde Salta le resultó eterno. Llegó a Córdoba de madrugada, en medio de una lluvia demencial. Esperó en vano por un taxi libre y decidió caminar hacia la Cañada, hasta el departamento que desde ese día comparte con Laura, su prima y confidente. Solo tuvo tiempo para cambiar de ropa y secarse el pelo. Se las arregló para llegar 9,30 al instituto de apoyo universitario donde se prepara. Era 10 de enero y Caro no tenía dudas de porqué estaba donde estaba aquel día gris y húmedo a más de 900 kilómetros de su casa de toda la vida. 

 

-No me importa si se cae el cielo, si aprieta el calor o se corta la luz. Cuando se me pone algo en la cabeza no paro hasta conseguirlo. Quiero ser psicóloga y estoy feliz de estar en la universidad.

 

-¿Cómo imaginás tu vida en Córdoba? ¿Qué te gustaría que suceda?

 

-Quiero aprobar el ingreso para relajarme un poco. Estoy a mil, super nerviosa. Tengo curiosidad por conocer la ciudad, conocer más gente, seguir experimentando esto de vivir sin mis viejos. Ahora trato de concentrar mis energías en una cosa: estudiar, estudiar y estudiar. Si todo sale bien lo demás llegará solo.

 ********** 

Es mediodía de martes y en la zona del Paseo del Buen Pastor pasan autos por calle Independencia abriéndose camino a bocinazos, aceleradas y frenadas bruscas. Los transeúntes cruzan la calle esquivando vehículos atascados mientras dos policías se aburren de estar parados en la esquina de siempre haciendo nada.

Sentados en un banco bajo la sombra de una palmera, Mario y Juan hacen una pausa para despejarse: toman coca-cola en vasitos de plástico blanco, diminutos. Recién salen de clases, tienen que ir a almorzar, estudiar y otra vez a clase. Si les queda tiempo –y ganas- esta noche van a repasar lo que aprendan hoy en la facu de Derecho.

 

-“Tengo una rutina pero a esta altura ya estoy cansado. No estamos acostumbrados. Me estoy amoldando a la vida de estudiante pero cuesta mantener el ritmo”, dice Juan.

 

Igual que su amigo y compañero, Mario pensaba que el ingreso sería más fácil. 

 

-Creía que con un buen plan de estudio y haciéndome preparar no tendría problemas. Me equivoqué. Hay un abismo comparado con el secundario.

 

Mario está en Córdoba desde el 6 de enero y todavía no regresa a su pueblo, Realicó, en el norte de La Pampa. “Todavía tengo acá para rato”, se lamenta. Los dos amigos aprobaron su primer parcial pero tras casi dos meses de frenetismo estudiantil empiezan a mostrar signos de agotamiento. Cuando los ánimos flaquean se piensa más en los afectos, las ganas de volver se intensifican.

 

-¿Qué extrañas de tus pagos?

 

-“La familia, los amigos, la gente. Extraño la tranquilidad, el silencio, salir a la calle y que alguien te salude…no sentirme un número más”, dice Mario entre nostálgico y melancólico. 

 

José conserva en su memoria postales de su historia reciente: el viaje de egresados, el asado con los amigos de siempre, las fiestas con los compañeros de 6to año. De vez en cuando, Caro extraña los rituales familiares y muy frecuentemente -casi todo el tiempo- los sabores de la comida hecha en casa. En cambio, Juan y Mario darían lo que sea por volver a jugar fútbol como en los ‘viejos’ tiempos.

 

Diseminados por Nueva Córdoba, el Centro y más allá, miles de sueños de ingresantes laten con intensidad diversa. Algunos quedarán en el camino y muchos más seguirán adelante. Mientras esto ocurre, la vida en la gran ciudad continua su marcha vertiginosa: surgen amores desesperados, alguien abandona la ciudad, otro consigue trabajo.

Para recibirse de ingresante hay que pagar el precio de la libertad.

Aprenderlo todo al mismo tiempo –estudiar, cocinar, limpiar, amar, sufrir: ¡vivir!- sin recetas, con ayuda de nadie.

Puro ensayo y error.