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La ruta del mochilero: una travesía desde Córdoba al Machu Picchu

Cada año miles de jóvenes se calzan la mochila para emprender un viaje inolvidable hacia la ciudad sagrada del antiguo imperio incaico. Sebastián Sigifredo pasó dos meses en la ruta y recorrió cuatro países de la región  para contarte los destinos que no te podes perder en este verano.  (Versión completa de la nota publicada en revista Doctámbulos, nro. 36, diciembre de 2009, Córdoba, Argentina. ver http://www.doctambulos.com.ar)

En las alturas de la ciudadela del Machu Picchu, Perú.

En este número Doctámbulos! propone un camino, una alternativa posible para aquellos que se ilusionan con dar un pequeño-gran paso en sus vacaciones: lanzarse a la ruta por algún tiempo para conocer personas, paisajes, aromas y sabores distintos.

La experiencia corre por cuenta de éste cronista que regresó recientemente de un itinerario por el norte argentino, Bolivia, el sur de Perú y el norte de Chile. Fue un viaje iniciático: primera vez como mochilero, primera vez haciéndolo sólo, primera vez en una travesía tan extensa: 8000 kilómetros por Sudamérica.

 Mientras las luces y los ruidos de la ciudad que transitamos todos los días van desapareciendo por la ventanilla del ómnibus, un cúmulo de sensaciones encontradas te toman por asalto. Pero una vez que la aventura se hecha a rodar la imaginación se ve superada por la realidad.

Como el momento en que me encontré con un viejo amigo de la facu que no veía desde hace años y que sin dudarlo un instante abrió las puertas de su casa para compartir unos días -y unas noches- inolvidables en su Santiago del Estero natal.

O aquella tarde volviendo de un city tour por los sitios emblemáticos de la ciudad de Tucumán en que arribé en un hostel completamente vacío donde sólo había otro viajero que sin conocerme me invitó a compartir su ruta por los Valles Calchaquíes. Así se larga esta historia. 

El norte de los contrastes

El recorrido entre Tucumán y Tafi del Valle tiene postales a la vista de quién quiera sorprenderse. Hay de todo: verdes tenues en los valles fértiles, amarillos chillones en las plantaciones de caña de azúcar, verdes intensos en la zona virgen de las yungas y un abanico de tonos pardos en el cordón pre-cordillerano. Región indispensable para quienes desean conectarse con la naturaleza, la ruta de los valles tucumanos es muy transitada por mochileros que siguen camino hacia Salta a través de un pueblito de ensueño: Cayafate.

Además de tener sol los 365 días del año, Cafayate es la tierra del vino torrontés. Bodegas, comidas típicas, noches de peña y el ambiente colonial de sus casonas antiguas es una invitación al disfrute que difícilmente el viajero pueda rechazar.

Camino a Salta capital desde Cafayate se encuentra el circuito denominado Quebrada de las Conchas donde la irregular estructura montañosa se funde con el viento para generar motivos únicos. La erosión permite recrear el hundimiento del Titanic, divisar la figura de un obispo pétreo o contemplar un sapo de cinco metros de diámetro descansando eternamente al lado del camino.

Lo más impactante llega sobre el final. A la Garganta del diablo le sigue el Anfiteatro, una suerte de fortaleza rocosa de una acústica natural con tal grado de fidelidad que nada tiene que envidiar a cualquier teatro importante.

El ‘Anfiteatro’ en la Quebrada de las Conchas (Salta, Argentina)

La siguiente posta es Salta, la linda. No es pretencioso hablar de la belleza de su centro histórico. Cabildo, iglesias y museos se conjugan con una moderna peatonal comercial. Para obtener una panorámica nada mejor que subir al cerro San Bernardo en el teleférico. Sin embargo, la noche interminable de “la Balcarce” –calle que concentra los principales pubs y boliches salteños- es, por lejos, la principal atracción para los jóvenes.

Siguiendo hacia el norte, San Salvador de Jujuy es un paso obligado para quienes se disponen a disfrutar la imponencia de La Quebrada de Humahuaca. Desde que fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, el corredor que une la pintoresca Purmamarca con el sereno poblado de Humahuaca vive un aluvión turístico sin precedentes. Entre ambas localidades se ubica Tilcara, tierra de míticos cantores que se disfraza de carnaval en los meses de verano. 

En la Quebrada la afluencia desmedida de camionetas 4×4 y gringos de todas las nacionalidades que circulan entre chicos descalzos y ranchos de adobe se vuelve parte de un paisaje de enormes contrastes entre la abundancia de unos pocos y las carencias de los demás.

Al norte del norte, el país se acaba en La Quiaca. Allí donde la aridez del paisaje se asemeja al desierto y el cielo parece al alcance de la mano, la gente se refugia en una inquebrantable fe religiosa a partir de un sincretismo de ritos propios de la liturgia católica con aportes de las creencias de los pueblos originarios.  

El día que pasé por allí me tocó presenciar el culto que rendían a la virgen de Copacabana la familia que me alojaba. Una nutrida orquesta de vientos tocó durante toda la tarde. Al día siguiente la familia y sus allegados participan de una procesión por las calles del pueblo entre autos adornados, petardos al aire, cánticos y la imagen de la virgen en el centro de la escena. 

En las alturas de Bolivia

Entrar a Bolivia demora lo que se tarda en cruzar un puente: casi nada. Pero los trámites en Migraciones pueden demorar entre 2 y 3 horas según el horario elegido para el cruce. Durante el trayecto que separa la porosa frontera con la estación de trenes de Villazón, las calles están abarrotadas de negocios y puestos callejeros que ofrecen cientos de opciones a precio de remate. Comerciar lo que sea es una norma no escrita pero esencial para la supervivencia en esta región inhóspita y de tránsito fluido.

De la puna hacia el altiplano, el tren inicia su esforzada marcha entregando postales de pueblitos grises y deliciosos senderos entre los cerros. De cuando en cuando, algún campesino detiene su marcha y la de sus 3 o 4 vacas flacas para mirar cómo se pierde en el horizonte la locomotora.

El paisaje se modifica drásticamente cuando se llega al Salar de Uyuni, uno de los más grandes del mundo. Un océano blanco de 12.000 kilómetros cuadrados que sólo se ve interrumpido por algunos islotes plagados de cactus. Una extraña sensación de pequeñez se apodera de uno ante semejante inmensidad.

Camino hacia el corazón del país andino está Potosí, la ciudad que alberga el Cerro Rico, la montaña emblema de la minería. Aunque el Cerro ya no es fuente de riqueza aún hoy unas treinta cooperativas de mineros se internan cada día en sus profundidades para seguir alguna veta que los rescate de la pobreza. La vida “útil” de un minero es de 4 o 5 años pero la mayoría pasa allí el doble de tiempo o incluso más: hasta que sus pulmones dicen basta. No se recuperan nunca más.

La visita al Cerro es una experiencia única: internarse bajo tierra recorriendo túneles cada vez más estrechos, completamente a oscuras, entre el polvo en suspensión y una temperatura cada vez más elevada a medida que se avanza, te acerca ligeramente al infra-mundo de la explotación.

Hay un momento de comunión con 3 mineros: el guía les ofrece gaseosa, un bolsa de hojas de coca y alcohol a 96°. Charlamos y brindamos en las tapitas de las botellas. Ellos como si nada toman a discreción y observan mis gestos de sufrimiento cuando el alcohol puro se transforma en fuego al recorrerme las entrañas. Estallan las risas. Segundos después el fuego se apaga.

La ruta continua en La Paz, el techo de Bolivia. Está ubicada a 4.700 metros sobre el nivel del mar y cualquier esfuerzo físico, por mínimo que sea, allí cuesta el doble. Jamás me sentí tan desahuciado como cuando debía subir a duras penas por escalera los dos pisos que me separaban de la habitación en el hostel. Ahora entendía mejor porqué los futbolistas se quejan tanto de la altura.

Como toda capital de país, la ciudad tiene de todo pero la diferencia está en sus detalles: el mercado de las Brujas, donde se consiguen hasta fetos de llama para ahuyentar los malos espíritus, o el museo de la coca, donde se explica el valor ancestral y cultural de su cultivo y consumo.

El mercado de las Brujas, La Paz, Bolivia.

Bolivia llega a su fin en Copacabana, la ciudad que descansa al margen del lago navegable más alto del mundo: el famoso Titicaca. Del otro lado de la costa está el Perú y a medio camino se encuentra la Isla del Sol. Un día caminando sus playas de arena blanca y una noche en penumbra bajo las estrellas son argumentos más que elocuentes para detener la marcha antes de cruzar, por segunda vez, una frontera.

En los recodos del Perú

Otra opción es embarcarse desde la ciudad peruana de Puno con rumbo a la Isla de los Uros, que cuenta con la particularidad de ser un conjunto de islotes flotantes construidos en base a totora. La ansiedad de llegar al Cusco hizo que la dejara pasar por alto.

La capital de lo que fuera el imperio incaico es hoy una ciudad de neto corte colonial: la mayoría de los vestigios de sus antiguos pobladores fueron borrados de cuajo a partir de la caída de la ciudad en manos españolas, hacia el año 1536. El cinismo de los realistas llegó al nivel de destruir los principales íconos incaicos para construir sobre sus cimientos -de probada solidez antisísmica- los templos religiosos que ahora engalanan el casco histórico. Quedan en pie algunas ruinas, sobre todo en las partes altas de la ciudad, como un botón de muestra de lo que fue ésta civilización milenaria.

Una calle del Cusco donde se aprecia un templo religioso construido sobre la estructura incaica.

El Cusco también es la puerta de entrada hacia el Machu Picchu. Sólo 110 kilómetros la separan de la ciudadela pero de acuerdo al medio de locomoción que se elija para hacerlo el tramo puede tomar un mínimo de 8 horas…o un par de días. Entre cafetales, plantaciones de plátanos y la exhuberancia de un entorno natural casi virgen se llega hasta Aguas Calientes, la aldea que descansa al pie de la célebre fortaleza.

El día del ascenso la jornada arranca a las 4 de la mañana. Hay que trepar cientos y cientos de escalones durante hora y media en un clima dominado por la humedad extrema y la falta de oxígeno. Puede resultar desalentador pero lo que te espera arriba vale por si sólo el titánico esfuerzo. Si tu estado físico no está en buenas condiciones, tenés la opción del colectivo que por 8 dólares te sube hasta el ingreso. 

Cuando se abre el parque los primeros rayos de sol comienzan a inundarlo todo y la marea humana se lanza estrepitosamente a recorrerlo. El Machu Picchu fue una especie de universidad para los incas y en su época de esplendor cobijó a unas 500 personas de manera permanente. Para evitar el acoso español de un día para el otro sus pobladores lo abandonaron, cerraron los caminos de acceso y se trasladaron hacia tierras más bajas, a decenas de kilómetros de allí. Así lograron que permanezca oculto durante más de tres siglos.

Después de la adrenalina inicial, de la visita guiada y las fotos de rigor, la gente se recuesta sobre el pasto y se entrega a la contemplación. Te entran ganas de quedarte allá arriba. El lugar esconde un magnetismo especial. Algunos mencionan la existencia de un campo energético. Yo no la tengo muy clara pero me rompo la cabeza pensando como hicieron aquellos hombres para crear esa maravilla en un medio tan hostil. No puedo dejar de sorprenderme.  

A esta altura del viaje, el dinero comienza a escasear y es tiempo de tomar decisiones trascendentes. Hay que emprender el regreso aunque duele admitirlo. Arnaud, un amigo francés, me comenta su periplo desde Chile y decido replicarlo, en sentido inverso.

Así que la siguiente posta es Arequipa, la segunda ciudad del Perú, con 2 millones de habitantes. La llaman la ‘ciudad blanca’ por su construcciones en sillar, una piedra volcánica que se obtiene en la región. Su arquitectura es única y se caracteriza por el grabado de motivos indígenas plasmados en edificios de neto corte europeo.

Muy cerca de allí está el Cañón del Colca, una falla de la corteza terrestre de unos 100 kilómetros de extensión y de una profundidad que supera los 3.200 metros. El lugar también representa el último refugio del cóndor andino, y éste cada mañana despliega sin pudor alguno su vuelo majestuoso ante cientos de indiscretas cámaras de fotos provenientes de todo el mundo.

Más al sur, en el límite con Chile, Tacna se presenta como un terreno incierto, otra frontera porosa: entre el comercio legal y el trafico de electrodomésticos, peruanos y chilenos hacen negocios al margen de las disputas nacionalistas que en los últimos meses enfrentaron a los gobiernos de ambos países.

En las arenas chilenas

Atravieso la aduana en una suerte de auto-taxi junto a un oscuro comerciante y dos “pasadoras” de mercadería sin declarar. Mi temor a ser asaltado y abandonado en medio del desierto se diluye cuando ingresamos en Arica, el puerto más septentrional de Chile.

El océano Pacífico se recorta contra el desierto y en la costa las gaviotas pugnan por encontrar un almuerzo apetitoso. El cuerpo sin vida de un lobo marino joven yace inerte en una playa vacía. Arica es un lugar de paso.

El Pacífico se funde con montañas de arena en Arica, al norte de Chile.

Me espera un centenario pueblo pre-cordillerano enclavado en medio del desierto: San Pedro de Atacama. Austero en su fisonomía, cuenta con una capilla antiquísima, un moderno museo, un mercado de artesanos, calles angostas, construcciones de adobe y poco más…pero por su ubicación privilegiada es elegido para hacer decenas de travesías hacia playas cálidas, salares, geysers, aguas termales, volcanes nevados, lagunas, desiertos, singulares pueblitos de trazos coloniales y pequeños valles y quebradas con vegetación autóctona.

Chile es demasiado caro para el bolsillo mochilero y los últimos billetes se evaporan más rápido de lo previsto. El retorno a la Argentina por el Paso de Jama es el broche de oro que marca el fin de un círculo imaginario trazado en un mapa de Sudamérica a través de los cuatro países visitados.

Sobre el final de sus notas de viaje inmortalizadas en la película ‘Diarios de Motocicleta’ un joven Ernesto “Che” Guevara dice: “El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina. El que las ordena y pule, “yo”, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Este vagar sin rumbo por nuestra Mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí…”.

Al viajar algo de nosotros se queda en el camino y sin embargo la mochila vuelve cargada de muchas cosas que no se alcanzan a percibir a simple vista pero dejan sus marcas imborrables: encuentros sorpresivos, lugares de ensueño, personas entrañables, despedidas, risas, algún lagrimón. La aventura espera, concretar ese sueño depende de vos.

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