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Lejos de las puertas del cielo

Nunca me casé pero ya estoy divorciado. Tras 350 meses de idas y vueltas le puse fin a mi destemplada relación conla Iglesia Católica.

Me van a excomulgar porque así lo quiero.

Me bautizaron unos meses antes del inicio dela Guerrade Malvinas en una parroquia que por entonces quedaba en los márgenes de Villa María.

Mi entrada al reino de dios fue celebrada exactamente dos años antes del nacimiento de mi hermana menor y contó con la presencia estelar de mi abuelo paterno y una amiga de mis viejos que ya no lo es más. Eran los padrinos.

La misa fue pronunciada por un curita que años más tarde sería relevado de sus funciones por sus diferencias ideológicas con la cúpula eclesiástica y sus inapropiadas inclinaciones hacia la chusma y el pobrerío. Se llamaba Hugo Pablo Salvato pero la gente lo recuerda como el padre Hugo.

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Un recuerdo lindo. Una tarde de agosto andaba en una bici celeste por la plaza de barrio Iponá cuando me crucé con otros pibes que aparecían de una capilla con libros y dulces. Debo haberles inspirado piedad –o lástima- porque se volvieron y me invitaron a pasar. Adentro había más niños y manjares por doquier en mesas con manteles blanco comunión.

Me encajaron un libro ilustrado que encontré gracioso: eran tres tipos que andaban por el desierto en unos caballos con joroba. Dejé el libro y ataqué unos alfajores de maicena, llené mis bolsillos de chupetines y subí a la bici para nunca volver.

Un recuerdo feo. La educación marcial de mi abuela hacia catarsis los sábados a la tarde, pleno verano. Era obligatorio asistir a la misa de las 7. Camisa planchada, zapatos negros brillantes, pantalones a la altura del ombligo y un peinado acorde al salivoso lengüetazo de una vaca en celo, me abrían las puertas del cielo.

Era terrible pararse como estatua durante hora y pico haciendo un playback pésimo porque me negaba a aprender los cánticos. Ella me hincaba con el codo y desde sus anteojos rectangulares repetía: “cantá, dale, cantá”.

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No tomé la comunión, tampoco me confirmé, no hice votos de castidad y nunca los haré. Cuestión de principios. Ahora tampoco –ni remotamente- podré casarme por iglesia.

Que diría la abuela de mi padre, mi bisabuela.

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Vuelvo a la vieja capilla donde se selló mi destino cristiano para pedir el certificado de bautismo. En la puerta de la secretaría, sobre el suelo, hay unas botellas de plástico cargadas de agua para ahuyentar a los gatos que se atreven a mear la casa del Señor.

Detrás del mostrador el secretario, un gordito mofletudo, pregunta:

-¿Qué necesita joven?

Le digo y en 30 segundos vuelve con un libro de actas y me muestra la página correcta. Completa el certificado, lo sella y repregunta para qué necesito lo que necesito. Le miento.

–Voy a ser padrino.

Frunce el seño y dice:

–¿Los demás certificados?

-“También los estoy tramitando”, vuelvo a mentir.

Se me queda mirando y pide una colaboración de $ 3 para “gastos administrativos”. Reviso mis bolsillos, solo tengo $ 5. Los recibe, se me queda mirando, hace otra pausa con la vista sobre su escritorio, toma un manojo de llaves sacado de un castillo medieval y balbucea que va a fijarse si el padre tiene cambio.

No lo espero. Me marcho.

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El arzobispado de Córdoba tiene portero eléctrico y un tipo sentado detrás de un escritorio que escruta a todo aquel que no conoce. Aunque no lo crean todos allí lo llaman Cruz ¿Se llamará Juan Cruz?

Ni bien me ve entrar, requisa. Enseño mi carta de apostasía y me hace pasar a una pequeña sala frente a la oficina del vicario. Diez minutos más tarde, el Secretario-Canciller-de-la-República-de-Córdoba-del-Vaticano-en-el-Exilio me recibe con cara de pocos amigos. Sabe porqué estoy sentado en su oficina pero igual pregunta.

Pide que complete a mano el formulario de renuncia ala Iglesiay envuelto en un silencio sepulcral me escrutará con la vista hasta el instante en que abandone su oficina. Ambos firmamos al pie la rescisión del contrato de fe y luego lo sella. Me extiende una copia y dice que el titular de la diócesis de Villa Maria tiene que dictar un decreto antes de marginar el acta.

-¿Cuánto tiempo?

-(piensa, piensa, piensa)…unos 30 días más o menos.

-De todos modos, me van a notificar?

-(…silencio…).

El secretario-canciller no se despide, no estrecha mi mano, no me acompaña hacia la salida.

Me retiro como llegué, por la puerta grande. Cruz no está en su escritorio. Cuando observo por encima del marco, Karol Wojtila me saluda desde una foto con su sonrisa de papa móvil. Le devuelvo una mirada lacónica y bajo a toda prisa los escalones de mármol blanco que me devuelven al mundo real. Tengo que llegar al laburo.

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Sin iglesia, por convicción

Apostasia Colectiva propone renunciar a la Iglesia Catolica.

Apostasia Colectiva propone renunciar a la Iglesia Catolica.

La apostasía es una de las variantes más novedosas de la militancia y surge en los últimos años con el impulso de una nueva generación de jóvenes descontentos con una de las instituciones que dice representar a Dios en la tierra: la Iglesia Católica.

“En general, los que apoyamos esta causa venimos de una, dos o más militancias previas. Hay quienes vienen de movimientos de diversidad sexual, hay feministas, hay quienes trabajan por la despenalización del aborto, hay ateos y también laicistas militantes”, explica Andrés Miñones, uno de los coordinadores en Buenos Aires de la Campaña Nacional de Apostasía Colectiva.

Argentina es un país de fuerte tradición católica, con más de un 70 por ciento de la población que se reconoce en este culto, regido por una Constitución que en su artículo segundo consagra al catolicismo como religión oficial y en cuyo territorio se encuentran distribuidos más de 3900 establecimientos educativos confesionales.

Ante tal escenario, pocas voces se alzan para cuestionar a la Iglesia y su injerencia en temas que exceden a su tarea pastoral. Una de ellas es Apostasía Colectiva. Así como hay personas que se desafilian de un partido político porque ya no se sienten representadas y otras que archivan su carné de socio del club de sus amores por diferencias con sus dirigentes; Apostasía Colectiva promueve darse de baja de la Iglesia Católica.

En el nombre de…cada uno

No existe un perfil del apóstata promedio pero pueden esbozarse algunas tendencias: dos tercios de quienes participan tienen menos de 40 años, el número de hombres es un poco mayor al de mujeres y la abrumadora mayoría proviene de grandes ciudades.

“Hasta el momento más de 2000 personas generaron su carta de apostasía en la web en el país. Aún no podemos saber cuántos hicieron la gestión formal (ante la iglesia)”, afirma Andrés.

Los motivos para hacerlo son variados y dependen de una decisión absolutamente personal de cada individuo -o apóstata, cómo se llama a quienes dejan la institución-. Entre los argumentos más recurrentes se destacan: discrepancias con la cúpula eclesiástica, creer en Dios pero no en la institución, profesar otros cultos, declararse agnóstico o ateo, etc.

Resistencia eclesiástica

Según el coordinador porteño, los apóstatas de Córdoba deben lidiar con la intransigencia de la Iglesia local: “Intuimos que en Córdoba aún no hay respuestas favorables, ya que todas las consultas que recibimos desde allí tienen que ver con cómo empezar el trámite o bien con qué hacer frente al silencio de la Iglesia. Parece ser uno de los lugares donde las autoridades decidieron no hacer caso a los pedidos de renuncia”.

El trámite de apostasía se realiza enviando una carta dirigida a la diócesis a la que pertenece la parroquia donde fuiste bautizado manifestando tu decisión de dejar de pertenecer a la Iglesia Católica. La carta debe contener los datos del bautismo (parroquia y fecha aproximada).

Más info: www.apostasiacolectiva.org