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Biografía no autorizada de un apellido

En América el mestizaje generó la fusión de genes europeos e indigenas.

En América el mestizaje generó la fusión de genes europeos e indígenas.

 

La construcción de la identidad se desprende de la palabra. Tras el nacimiento nos constituimos en sujetos a través de un nombre. Nombre que nos define en parte -porque hay miles y miles que lo comparten- y que se completa con el apellido.

 

 

El nombre es tributario de una peculiar contradicción: es nuestro sello personal aunque fue otorgado por terceros. El apellido, en cambio, hace referencia a los antepasados, al linaje precedente, a una historia que trasciende nuestra exigua existencia.

 

 

En otro sentido, el apellido es portador de significados y valores construidos por sus depositarios pero también resulta influenciado por el entorno. Ser o no ser en el mercado de los apellidos requiere algo más que buena voluntad.

 

 

El acceso a este selecto grupo esta asegurado si te toca nacer en una familia ‘tradicional’ pero en los tiempos que corren lo que define con creces la importancia de un apellido es la situación económica de quienes lo portan. Otra importante fuente de prestigio y devoción es la exposición mediática.

 

 

La popularidad fluctúa entonces entre quienes se vuelven ricos de la noche a la mañana o son eclipsados por el flash de las cámaras y aquellos que fueron alcanzados por una trágica bancarrota y son confinados al ostracismo más esperpéntico.

 

 

Alrededor de este circo se moviliza buena parte de la población: los innombrables-ignorados, los ignotos-desconocidos, que a pesar de negarlo todo sueñan con alcanzar el paraíso de los apellidos ilustres.

 

 

Un apellido burocrático

Cuando algún curioso me pregunta por mi apellido y le explico la raíz de mi árbol genealógico, por regla general, se sienten defraudados. Parece que esperan más: un escudo familiar, un vínculo directo con los fundadores de la ‘nación’ o una historia de epopeyas grandilocuentes.

 

 

Disfruto de observar sus reacciones al contarles que al menos las cuatro generaciones precedentes son criollas. El interés inicial deviene en decepción si revelo que Sigifredo es un nombre en otras latitudes y que se convirtió en apellido con la llegada de un huérfano al Río de la Plata.

 

 

Como este Sigifredo desconocía su apellido, el burócrata que lo atendió en la oficina de registro de extranjería tuvo la brillante idea de llamarlo Sigifredo Sigifredo y allí quedo sellada -literalmente- un nuevo apellido para la posteridad.

 

 

Los espejos de la historia

Toda familia tiene secretos que prefiere callar o temas tabúes sobre los que ejerce un ominoso silencio. Mi abuela materna es un buen ejemplo de esto.

 

 

Recuerdo con un dejo de gracia y cierta indignación que la viejecita armó un escándalo el día que su única prima hermana le confesó que al reconstruir su linaje encontró la sangre europea que tanto añoraba pero en igual medida sus genes europeizados eran compartidos con otros…de los pueblos originarios. 

 

 

Saberse fruto del mestizaje fue un golpe duro para ella: jamás lo aceptó. Lo paradojal de la situación es que sus raíces indígenas prevalecieron con el paso de los años y el endurecimiento de las facciones de su rostro moreno le imprimen una imagen semejante a la de una cholita de la América profunda solapando las deseadas “virtudes” españolas.

 

Los espejos de su casa le recuerdan a la anciana día tras día, noche tras noche, quién es en realidad: el reflejo de una historia que no puede ocultarse a pesar de su indignación.

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