Archive for the ‘desmesuras cotidianas’ Category

Lejos de las puertas del cielo

Nunca me casé pero ya estoy divorciado. Tras 350 meses de idas y vueltas le puse fin a mi destemplada relación conla Iglesia Católica.

Me van a excomulgar porque así lo quiero.

Me bautizaron unos meses antes del inicio dela Guerrade Malvinas en una parroquia que por entonces quedaba en los márgenes de Villa María.

Mi entrada al reino de dios fue celebrada exactamente dos años antes del nacimiento de mi hermana menor y contó con la presencia estelar de mi abuelo paterno y una amiga de mis viejos que ya no lo es más. Eran los padrinos.

La misa fue pronunciada por un curita que años más tarde sería relevado de sus funciones por sus diferencias ideológicas con la cúpula eclesiástica y sus inapropiadas inclinaciones hacia la chusma y el pobrerío. Se llamaba Hugo Pablo Salvato pero la gente lo recuerda como el padre Hugo.

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Un recuerdo lindo. Una tarde de agosto andaba en una bici celeste por la plaza de barrio Iponá cuando me crucé con otros pibes que aparecían de una capilla con libros y dulces. Debo haberles inspirado piedad –o lástima- porque se volvieron y me invitaron a pasar. Adentro había más niños y manjares por doquier en mesas con manteles blanco comunión.

Me encajaron un libro ilustrado que encontré gracioso: eran tres tipos que andaban por el desierto en unos caballos con joroba. Dejé el libro y ataqué unos alfajores de maicena, llené mis bolsillos de chupetines y subí a la bici para nunca volver.

Un recuerdo feo. La educación marcial de mi abuela hacia catarsis los sábados a la tarde, pleno verano. Era obligatorio asistir a la misa de las 7. Camisa planchada, zapatos negros brillantes, pantalones a la altura del ombligo y un peinado acorde al salivoso lengüetazo de una vaca en celo, me abrían las puertas del cielo.

Era terrible pararse como estatua durante hora y pico haciendo un playback pésimo porque me negaba a aprender los cánticos. Ella me hincaba con el codo y desde sus anteojos rectangulares repetía: “cantá, dale, cantá”.

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No tomé la comunión, tampoco me confirmé, no hice votos de castidad y nunca los haré. Cuestión de principios. Ahora tampoco –ni remotamente- podré casarme por iglesia.

Que diría la abuela de mi padre, mi bisabuela.

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Vuelvo a la vieja capilla donde se selló mi destino cristiano para pedir el certificado de bautismo. En la puerta de la secretaría, sobre el suelo, hay unas botellas de plástico cargadas de agua para ahuyentar a los gatos que se atreven a mear la casa del Señor.

Detrás del mostrador el secretario, un gordito mofletudo, pregunta:

-¿Qué necesita joven?

Le digo y en 30 segundos vuelve con un libro de actas y me muestra la página correcta. Completa el certificado, lo sella y repregunta para qué necesito lo que necesito. Le miento.

–Voy a ser padrino.

Frunce el seño y dice:

–¿Los demás certificados?

-“También los estoy tramitando”, vuelvo a mentir.

Se me queda mirando y pide una colaboración de $ 3 para “gastos administrativos”. Reviso mis bolsillos, solo tengo $ 5. Los recibe, se me queda mirando, hace otra pausa con la vista sobre su escritorio, toma un manojo de llaves sacado de un castillo medieval y balbucea que va a fijarse si el padre tiene cambio.

No lo espero. Me marcho.

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El arzobispado de Córdoba tiene portero eléctrico y un tipo sentado detrás de un escritorio que escruta a todo aquel que no conoce. Aunque no lo crean todos allí lo llaman Cruz ¿Se llamará Juan Cruz?

Ni bien me ve entrar, requisa. Enseño mi carta de apostasía y me hace pasar a una pequeña sala frente a la oficina del vicario. Diez minutos más tarde, el Secretario-Canciller-de-la-República-de-Córdoba-del-Vaticano-en-el-Exilio me recibe con cara de pocos amigos. Sabe porqué estoy sentado en su oficina pero igual pregunta.

Pide que complete a mano el formulario de renuncia ala Iglesiay envuelto en un silencio sepulcral me escrutará con la vista hasta el instante en que abandone su oficina. Ambos firmamos al pie la rescisión del contrato de fe y luego lo sella. Me extiende una copia y dice que el titular de la diócesis de Villa Maria tiene que dictar un decreto antes de marginar el acta.

-¿Cuánto tiempo?

-(piensa, piensa, piensa)…unos 30 días más o menos.

-De todos modos, me van a notificar?

-(…silencio…).

El secretario-canciller no se despide, no estrecha mi mano, no me acompaña hacia la salida.

Me retiro como llegué, por la puerta grande. Cruz no está en su escritorio. Cuando observo por encima del marco, Karol Wojtila me saluda desde una foto con su sonrisa de papa móvil. Le devuelvo una mirada lacónica y bajo a toda prisa los escalones de mármol blanco que me devuelven al mundo real. Tengo que llegar al laburo.

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Amores no correspondidos

Era la maestra de jardín de infantes y el primer amor que registra mi memoria. Se llamaba Maribel. Me regalaba las sonrisas más cálidas del mundo cuando entraba en la sala y en las despedidas, tan lacónicas. Mi papá –que intuía lo que pasaba- me enseñó una canción del flaco Spinetta donde aparecía una chica con su nombre.

 

“Maribel, Maribel,

canta

canta toda la vida

canta con emoción

y al partir sentirás

una brisa inmensa de libertad…”

 

En mi castillo de ensueño ella era una princesa que dormía sobre nubes de algodón y te seducía con su sonrisa irresistible. Su voz era un cantar de violines y olía a jazmines su delantal azul-celeste.

 

No recuerdo detalles de sus facciones pero si su larga cabellera y esa sensación incómoda cada vez que la clase terminaba: ella saludando desde el pórtico y yo, en brazos de mi padre, calle abajo, mirándola, desconsolado, enjugándome las lágrimas porque no era mía todos los días, todas las noches.

 

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Teníamos 10 años y vivía a dos casas de la mía. Su mamá se vanagloriaba de cierto linaje aristocrático diciendo que por su venas corría sangre proveniente de una cementera fabulosa

y sin embargo

viajaba todos los días en un auto casi tan destartalado como el nuestro. Era blanco, Peugeot, 500 y algo. Una tarde de malicia infinita decidimos volarlo a nuestra manera.

 

Con dedicación de artesanos robamos unos cuantos proyectiles del pedregoso jardín de Ceci. Horas después la señora intentó encender el motor: el escape reventó como un colador y por unos instantes se transformó en una ametralladora a repetición. Lejos de la escena del crimen hicimos un pacto de silencio que perdura hasta hoy. Nunca lograron inculparnos.

 

Ceci era delicadamente irresistible.  Usaba unos vestiditos casi siempre blancos, casi siempre debajo de la rodilla, que la convertían en la bomba sensual de la pandilla. Era la única, todos moríamos por ella. Todos: Maxi, Andrés, Lucas y yo. Maxi era el más intrépido y audaz pero su casa modesta y el Ford A del viejo no lo hacían un buen partido.

 

En realidad la mirada de Ceci siempre estuvo puesta más allá de nuestra cuadra, frente a la plazoleta, en una casona amurallada que escondía su opulencia y era territorio privado de dos hermanos. Segura de su belleza y dueña de una altanería vocinglera, era digna hija de su madre.

Ceci podía ir, la invitaban.

 

Nosotros, bien gracias.

 

**********

 

Fue en una noche sin luna, de esas en que duele respirar. Caminábamos por el Boulevard España, en las planicies eunucas de Villa Maria, con las manos en los bolsillos y el mentón pegado al pecho para resistir mejor los embates de un junio desmadrado.

 

Moríamos de ganas por entrar sin invitación a un fiesta prohibida. La marcha era intensa pero nadie hablaba y si alguien se atrevía a romper la letanía del viento era solo para corregir el rumbo.

 

En la entrada al salón de fiestas había un pibe fumando en la oscuridad. No lo conocíamos y saludó parcamente. La puerta estaba franqueada por un panzón que decía ser primo de la cumpleañera y miraba con cara de pocos amigos. Como el tiempo pasaba y nuestro contacto no aparecía, los más impacientes nos fuimos a Circuit a quemar unos tiros al pool. Después el grupo se desbandó.

 

Aburridos y cansados regresamos hacia la casa donde se cocinaba un encuentro entre compañeros de 2do. ‘B’. Tres horas atrás nos escapábamos de ahí porque se habían agotado nuestros temas de conversación. Ahora es diferente, tengo un objetivo.

 

Las luces de la casa y de la calle estaban apagadas. Para no despertar a la familia trepamos el portón de acceso al patio y de un salto entramos en la galería. No son muchos: cuatro o cinco chicas y otros tantos pibes sentados alrededor de una mesa improvisada con tablones de madera. Charlan por lo bajo, cuchichean.

 

Me siento a su lado pero esquivo la charla hasta que los demás parecen distraídos y balbuceo mi pregunta incómoda:

 

-Ana ¿Podemos hablar?

 

-No.

 

Dice ella, sin siquiera mirarme, intentando ahorrarme el papelón. Insisto. Ella solo atina a negar con la cabeza y sus ojos vagan por la habitación como si buscaran una grieta por la cual filtrarse hasta desaparecer.

 

Quiero hacer como si nada hubiera pasado pero está Pablo grabando cada escena en su retina, presto a vomitar a los ausentes mi derrota amorosa con letras de molde.

 

Quiero salir corriendo pero no: me quedo un rato más destornillado en esa silla, sin conciencia de lo que me espera el lunes, con la vergüenza a flor de piel, con los días de inapetencia y las noches desesperadas sobre la espalda…y no puedo dejar de pensar en las charlas deliciosas que Ana me regalaba en las horas de Física y en cuando empezó todo y en dónde quedó todo aquello.

Afuera amanece.

 

Hasta siempre, SSNN

Asi se veía el sitio de SSNN antes de la última actualización tecnológica.

Fue un baldazo de agua fría. Creo que ninguno está preparado para este desenlace y que en mayor o menor medida todos nos encariñamos con el emprendimiento, con el sitio, con su gente.

No se si en el resto de mis compañeros se generaron reacciones, no he visto a nadie, nada he leído al respecto. Pero en está ocasión yo quiero compartir con ustedes algunas palabras… 

El Servicio Sudamericano de Noticias (SSNN) es un proyecto muy ambicioso hecho con pocas monedas y mucha dedicación de sus mentores, perdón, mentoras.

O lo fue…pero me cuesta hablar en pasado.

Su núcleo fundacional está compuesto por algunas chicas inquietas que a medida que hacían un viaje maravilloso por algunos países de la región soñaron y crearon otro: un portal de noticias con una visión genuina, fresca, distinta, que partió desde Córdoba (Argentina) hacia el resto del planeta.

SSNN se pensó grande desde sus inicios y cuan grandes son los sueños y las aspiraciones de estas muchachas temerarias para lanzarse así como así a disputarle un lugar a las grandes cadenas globales de información.

Ellas son la cabeza…pero sobre todo el corazón de SSNN.

Sus acólitos las vamos a extrañar.  

En está batalla por la información; la información-poder, la información-mercancía, todo se transforma y sus mecanismos (nada sutiles) de coacción se esparcen y obligan a retroceder y, a veces, también a entregar ciertas luchas.

Como olvidarse de la pelea desigual entre David y Goliat.

Porque no recordar las vicisitudes del más ilustre personaje de Cervantes: esto no dejaba de ser una Quijotada, con mayúsculas…

Si incluso en esto de los parónimos SSNN se parece bastante al nombre de la cadena noticiosa del magnate estadounidense Ted Turner.

Y no se trata aquí de burda imitación o seguidismo bobo…

Bien por el contrario: SSNN reúne el deseo de algunos que creemos que se puede pensar y hacer comunicación de otra manera y estamos cansados de la manipulación de cada día.

Muestra de ello es la red informal y alternativa de difusión que se generó casi de manera espontánea: las noticias de SSNN circulan -porque aun hoy sigue ocurriendo- por páginas, grupos (de Google o Yahoo) y blogs de Latinoamérica, España y EE.UU.

El dios Google ayuda, a veces; otras no tanto. 

Se intentó abrir el juego, parte quedó en el camino, mucho se avanzó y entre esas pequeños-grandes aciertos quiero destacar la lectura de medios que tuve la suerte de llevar adelante con dudas, imprecisiones, pero con una buena cuota de tesón y deseos de superación.

No vengo aquí a rasgarme las vestiduras. Sólo a poner un ejemplo de todo lo anterior y confío en que cada uno sabrá ver que se lleva de esta experiencia.

Gracias a Pao que confío en mí y un día me honró con esta columna. Gracias a Vale por los consejos y la buena onda.

Gracias a Majo por estar siempre al pie del cañón cuando hacia falta y cuando no hacia falta, también.

Gracias a Gustavo, el desprendido amigo uruguayo que sigue entregándose casi sin conocerme.

Gracias a los chicos que una tarde -de manera estoica- tuvieron que esperar una hora larga para un taller (de lectura de medios, claro) de…media hora de extensión…el mismo día que una odontóloga se ensañó con mi boca.

Gracias a los que están lejos y a los que están cerca.

Gracias por los mates, las galletas y las palabras de aliento.

Hasta siempre, SSNN.

Sobre Esther

A Esther la edad se le nota en el rostro. Las arrugas de sus pómulos blancuzcos se recortan en surcos de extrañas dimensiones. Lo rosado se torna pálido; sus movimientos, pausados; los latidos, intermitentes. Los años le restaron fuerza pero su estirpe de muchacha inquieta casi no se ha visto afectada.

Esther es muchas cosas, por momentos, contradictorias: luminosa y sugerente; lasciva y pretenciosa; melancólica y osada; taciturna y silente; orgánica; anárquica;

bondad

y misterio

a igual tiempo.

Esther es la hija mayor de un hombre que se fue…hace mucho. Aunque resiste atrincherada en su fortaleza los hijos de sus hijos quieren deshacerse de ella: le auguran una muerte rápida y segura. Ella prefiere desaparecer por completo antes que ser mutilada o verse convertida en algo diferente…

a lo que nunca fue,

a lo que nunca será.

Esther tiene gente que la ayuda, la cuida, la mima, la acompaña. Ella no olvida a los unos ni a los otros. Su memoria de elefante se yergue impávida para contar su manojo de verdades ante quién quiera escucharla.

Aún hoy

Esther cultiva amigos y castiga enemigos

es sombra en las tardes y luz tenue en las mañanas

conserva bellas historias y secretos escondidos

se hace canción en primavera y cielo gris durante el otoño.

Esther es voluptuosa armonía a la hora de la siesta.

También es, desde hace poco menos de un mes, mi nueva morada.

 

¿Al rescate de la desmesura?

El regreso de la desmesura.

El regreso de la desmesura.

Este blog se fue al carajo hace rato pero por alguna especie de nostalgia boba todavia no ejecute la solución final; su completa disolución. Hubo una suerte de ninguneo: no te posteo, te ignoro y ya.

El blog se asemeja al departamento en alquiler: es tu casa durante un tiempo pero más tarde o más temprano te vas y pasa al olvido. A pesar de mi, que fui su autor, que lo eché al olvido hace un tiempo, el sitio no deja de sacurdirse. ¿La criatura cobrará vida propia?

Actualizacion: quiero abandonarlo pero la fiaca de hacer uno nuevo, cosa que intente en vano hace algunos dias,  me hace repensar si esto es viable. No tengo respuestas, sólo preguntas, algunos cuestionamientos.

Mientras la indefinición continúe y mis lagunas mentales también, acá no pasa nada….hasta nuevo aviso.

La cruz invertida: escuela y religión

El colegio dónde no me confirmé. Detrás, a la izquierda, puede observarse la torre de la parroquia.

El colegio dónde no me confirmé. Detrás, a la izquierda, puede observarse la torre de la parroquia.

El primer día de clases entré al aula, miré el crucifijo estratégicamente colgado en la pared y pensé “¡¡¡ que mierda hago acá…!!!” pero me quedé y al final del año me despedí de la primaria sin pena ni gloria.

Era la primera vez en mucho tiempo que dejaba de lado cierto nomadismo escolar -registraba un record personal de tres escuelas diferentes en tres años consecutivos- y hacía escasos meses que mi familia se había establecido en Villa María.

Todo me resultaba más o menos conocido en el nuevo colegio a excepción de su impronta religiosa que rompía por completo mis esquemas laicos.

Hasta entonces el único contacto que había tenido con los representantes de Dios en la tierra se reducía a la machacona insistencia de una abuela por llevarme algunas tardes de verano a la iglesia y enseñarme las “oraciones”.

Durante el módulo de religión siempre me sentía desorientado: al no contar con el adoctrinamiento de los seis años previos –¡gracias a Dios!- mis compañeros llevaban mucha ventaja y para no sufrir la condena pública me escondía detrás de un pupitre al final del aula con la esperanza de que no se pusiera a prueba mi (des)conocimiento en la materia.

Las horas de religión eran una proverbial pesadilla y, por si fuera poco, la intratable maestra de matemáticas era la encargada de repasar las vicisitudes de los Misterios del Señor… cuando está mujer hablaba del tema era tal su entrega, pasión y fanatismo que llegué a preguntarme por su esperpéntica cordura.

El regalo divino

Por suerte, la muy devota, nos tenía reservado un ‘regalo divino’ para coronar nuestra formación religiosa. Los contenidos de todo el año se orientarían al sacramento que faltaba brindarnos a los cristianitos de esa edad: la confirmación.

Así que después de haber sido bautizado sin mí consentimiento resulta que ahora me iban a confirmar. Confirmar qué? No tenía que confirmar nada. Menos aún mis exiguos lazos con la religión católica-apostólica-romana. Pero el procedimiento era una exigencia de la institución.

De la noche a la mañana comencé a asistir a misa, aprendí oraciones y alabanzas y desarrollé cierta fobia hacia los que visten sotana y viven encerrados detrás de sus altares.

Debía confirmarme y para hacerlo tenía que acreditar mi condición de ‘hijo burocratizado de Dios’ presentando mi certificado de comunión. Nunca lo obtuve porque nunca hice comunión alguna.

Así las cosas, los días fueron pasando y la insistencia de la curia escolar por la documentación que me abriría las puertas del cielo iba in crescendo.

Los papeles jamás llegaron y tampoco me presenté el día indicado. El lunes siguiente debía enfrentar la lapidación pública a menos que tuviese una buena explicación para argumentar mi ausencia: de otro modo, la herejía caería sobre mis espaldas.

El día del juicio final

Con los nervios de punta y con ánimo de quién transita el corredor de la muerte previo a la inyección letal, entré al colegio, formé fila, canté Aurora como nunca y en el instante en que me dirigía rumbo al aula soy interceptado por las profesoras.

La señorona de religión encabeza el interrogatorio. Piden una explicación. “Usted es el único que no se ha confirmado”, repite la devota con insistencia. Todos mis compañeros desaparecen. Un silencio atronador recorre el salón. Sus miradas inquisidoras reclaman respuestas. En ese momento comienzo a hacer gala de mi mejor cara de pecador arrepentido y miro a los ojos de cada una haciendo una pausa eterna.

Les digo.

Acto seguido, las tres intercambian miradas cómplices y con un dejo de falsa ternura una me acaricia el cabello cómo si tuvieran lástima de mi paupérrima existencia. Las otras dos se esfuerzan por sonreír, en vano.

Retomo mi marcha hacia el aula enjugándome las lágrimas de cocodrilo que derramé para darle mayor verosimilitud a la escena.

Ellas se quedan cuchicheando. Nunca más volverán a mencionar el tema. Mi historia de la familia interreligiosa enfrentada por sus orígenes judeo/cristianos había dado sus frutos.

 “¡¡¡Alabado sea el señor!!!”

El hombre del instante preciso

"La siesta". Una fotografía destacada del prestigioso Tomás Barceló.

"La siesta". Una fotografía destacada del prestigioso Tomás Barceló.

La desmesura toma un rumbo diferente y se pone seria para reproducir la extensa entrevista realizada a Tomás Barceló Cuesta que apareció en elvernáculo (www.elvernaculo.com.ar). Sin embargo, el extracto que finalmente fue publicado en el número 57 de la revista no permite ahondar en la personalidad de este fotógrafo y periodista cubano que hoy también se dedica a la docencia universitaria en Córdoba -Argentina-. Desde aquí intentaremos suplir esa falencia con la publicación del diálogo completo.

 

-¿Cómo te iniciaste en el fotoperiodismo?

Después de estudiar durante un año fotografía deportiva, organizado por la Unión de Periodistas de Cuba y el Instituto Nacional de Deportes, comencé a trabajar en esta última institución al tiempo que publicaba mis trabajos en la revista LPV, patrióticas siglas que quieren decir: Listos Para Vencer. Recién había salido del ejército, después de cumplir 3 años de Servicio Militar Obligatorio. Ese “encierro” obligado en una unidad militar, me soltó con una úlcera duodenal y mucha bronca con el mundo. De modo que me tomé esos estudios de fotografía, más que como vocación, como una manera de protegerme a mí mismo para no caer en un estado de desidia y ante el peligro de que me detuvieran y me aplicaran la llamada Ley del Vago, que en esos momentos existía en el país. Ése fue el impulso inicial. No tenía mucha idea de periodismo ni de nada salvo que, con la oportunidad de realizar estos estudios y la posibilidad de trabajar como fotógrafo después, no tendría que romperme el lomo trabajando como jornalero agrícola, algo que ya había hecho siendo un apenas un adolescente, o en la construcción u otros trabajos igual de duros. En el instituto de deportes trabajé durante cinco años, cubriendo eventos y competencias deportivas y escribiendo y publicando alguna que otra crónica. 

Chacón, el hombre ilustrado.

Chacón, el hombre ilustrado.

 -¿Quiénes fueron tus “maestros”? ¿Cuáles son tus influencias?

 –Tuve varios maestros, pero los dos más importantes fueron Rogelio Moré y Osvaldo Salas. El primero era además pintor. Tenía un sentido de la composición y del manejo de la luz, estrictamente pictóricos. Osvaldo Salas era un fotógrafo que vivió muchos años en los Estados Unidos. Había retratado a reconocidas estrellas norteamericanas del deporte y del cine. Hacía muy buenas impresiones en el laboratorio, además de solarizaciones, muy de moda por aquellos años. Era un constante innovador, era incansable. Pero todo eso no me interesaba tanto de él como las sorprendentes imágenes que lograba tomar de la cotidianidad de la vida.

En cuanto a influencias, nadie puede escapar de ellas. Pero el hecho de trabajar inicialmente la fotografía deportiva, me entrenó mis reflejos, que ya de por sí fueron siempre muy buenos. Con el tiempo empecé a interesarme más por los aspectos formales de la imagen, y mi vista se dirigió entonces, más allá de las tareas dentro del periodismo, a otros asuntos que, creo yo, tienen que ver con la aprehensión de cierta metáfora del instante. Era retratar el acontecimiento con las equivalencias posibles de los elementos que lo integran, con una composición que para mí resultara perfecta.

En tu forma de trabajar siempre se conjuga la fotografía y la escritura ¿Ello obedece a que la imagen o el texto por si solos no siempre son lo suficientemente esclarecedores cómo quisieras?

Antes te contaré una anécdota: cuando tenía 14 años, leí en tan sólo unas pocas horas y de un tirón, una novela tan alienante y maravillosa a la vez como es Crimen y castigo. Me dejó turulato por unos cuantos días. Con esto quiero decirte que sufro de una compulsión casi enfermiza por la lectura. Fue el primero oficio que aprendí medianamente bien: el de lector. Ad honoren. Pero me sirve de refugio, a la par que a través de ella intento darme otra explicación de la vida. Con la escritura me sucede otro tanto, pero desde la construcción. Escribo la vida como yo la siento. O la imagino. La fotografía es distinta. Hay algo ahí que hay que retratar. Uno debe tener presente siempre eso. Cosas que suceden, que existen. Hay que mirar bien, y captar mejor, parte de lo que acontece en la realidad, con la intención de hallar otros mensajes que subyacen bajo su piel y que, en apariencia, no son vistos. A veces descubro en fotografías que he tomado, otras cosas que no percibí en un primero momento. En ocasiones, personas muy cercanas a mí son quienes hacen estos descubrimientos. ¿Esto qué viene a demostrar? La incapacidad de cualquier arte de representación –y la fotografía lo es, así como la narrativa, y hasta el defenestrado periodismo- de no ser esclarecedor de nada. Hay un amplio margen de subjetividad en todo. Y eso es lo fascinante. No se esclarece nada. Es nuestra mirada que construye algo distinto. No por gusto Albert Einstein es uno de los más grandes hombres que ha tenido la Humanidad. Su Teoría de la Relatividad viró el mundo al revés.

Viva la diferencia

Viva la diferencia

Respecto a la escritura, te has desempeñado tanto en el periodismo como en la literatura y también has incursionado ampliamente en la crónica. En tal sentido, ¿Tienes preferencia por algún género al momento de escribir una historia?

Dentro de la narrativa, prefiero el cuento. Es el más difícil, y requiere de una intensidad que no le hace tanta falta a la novela, que es un género de largo aliento, y más libre. Escribir un cuento medianamente bueno siempre es un desafío. Somerset Maugham sostenía que a toda novela, por muy buena que fuera, le sobran siempre una buena cantidad de páginas. Con el cuento es imposible. No puede tener muchas páginas, y las que tenga deben ser las que requiera. Ni más ni menos. Del periodismo me gusta mucho realizar entrevistas de personalidad. Pero de todo, lo que más prefiero es escribir crónicas, porque conteniendo una buena dosis de periodismo -que en sus mejores intenciones intentará siempre la búsqueda y revelación de la verdad-, posee a su vez la subjetividad propia de la literatura. Dentro de la narrativa en general, es el género que más se ajusta a la dinámica vertiginosa de la vida.   

Dentro del fotoperiodismo te has inclinado por la foto-documental ¿Qué te atrae particularmente de ese registro?

-No estoy muy convencido de que mis fotos sean absolutamente documentales. Tampoco sé dónde encasillarlas. Mis compañeros de periodismo solían decir que mis fotos eran muy artísticas. Y algunos fotógrafos dedicados a la llamada fotografía artística, que eran muy documentales. De todas maneras, si tuviera que escoger entre una u otra, me quedaría con la fotografía documental. Es algo más preciso y directo. El concepto de fotografía artística me resulta ambiguo

Tu última sonrisa.

Tu última sonrisa.

Las luchas sociales no te resultan ajenas y esto se refleja con claridad en tu obra ¿Cómo piensas la idea del intelectual comprometido con su tiempo?

-Soy un hombre cuya actividad profesional tiene que ver con el mundo intelectual. Eso, en la vida de cualquier persona, es azaroso. Es lo menos importante. Algo que se ajusta al cumplimento de un deseo o una vocación. Pero en primer lugar, y por encima de todo, soy un hombre. Y mi mirada de hombre hacia el poder, es de absoluta desconfianza. Esto, de alguna manera u otra, se refleja en parte de lo que escribo o fotografío. El mundo está sostenido sobre un sistema absolutamente injusto, que es el capitalismo. Y sólo es posible cambiarlo mediante los movimientos populares revolucionarios y que estos, después, no sucumban al poder de un líder absoluto. Hubo intelectuales, los menos, que a lo largo de la historia se comprometieron con las causas más nobles, aquellas que estaban dirigidas a la reivindicación de las clases más desposeídas, los olvidados de siempre. Zola, defendiendo a Dreyfus a finales del siglo XIX; el poeta Miguel Hernández, cuya vida el franquismo quebró en una cárcel. José Martí, que, además de ofrecer su vida por la independencia de su país, escribió un texto fundacional donde reivindica al indio americano, en tiempos en que Sarmiento escribía sobre civilización y barbarie. El inclaudicable Eduardo Galeano. Che Guevara, figura ya mítica devenida en el símbolo esencial de la acción revolucionaria y el pensamiento más progresista del siglo XX.  Hoy, en Argentina, reivindico a una figura como Osvaldo Bayer. Y, en forma colectiva, en una escala menos gloriosa tal vez, al movimiento nacional Carta Abierta, en el cual milito desde Córdoba, que sin encolumnarse con el gobierno nacional, le reconoce a éste todo lo positivo que ha hecho, al tiempo que le señala las muchas tareas pendientes, desaprobándole sus oscuridades y errores. Es un movimiento de intelectuales de diversas tendencias ideológicas que desde un espacio común, y salvando diferencias, intenta producir pensamientos e ideas opuestos al discurso hegemónico y vertical de los grandes medios, en la mayoría de los cuales, otra gran masa de intelectuales –a mi juicio salvaguardas del poder de estos últimos y de la oligarquía-encuentran su nicho de acción y pensamiento. Pero en general, los intelectuales son seres narcisistas, por demás insoportables, ovillados en su propio ombligo, adorándose como dioses únicos de sí mismos.    

Puede señalarse que el fotoreportero que vivía en La Habana hasta fines de los 90’ y el que hoy está radicado en Córdoba es el mismo… Sin embargo, ¿Considerás que tu trabajo ha seguido una misma línea de continuidad entre Cuba y Argentina? ¿El cambio de “hábitat” trajo aparejado cambios –avances, retrocesos, rupturas, etc.- en algún plano?

No. Mi vida giró en 180 grados. De ejercer un periodismo constante, sin interrupciones, viajando de aquí para allá, a pasar de pronto a un aula y volcar ante una cantidad aproximada de 200 alumnos, mis modestos conocimientos para su introducción a la fotografía periodística. Es otro aprendizaje para mí, debo reconocerlo. Por otro lado, asumiéndolo de manera aún más positiva, puedo dedicar más tiempo a la escritura. Y a la fotografía, pero desde una mirada más rigurosa, ajena a las presiones del periodismo. Y a sus censuras editoriales e ideológicas, que siempre existieron en cualquier lugar del mundo. Hoy más que nunca. 

De todas maneras, aun sigo publicando crónicas, entrevistas y reportajes en revistas como Recovecos. He publicado en la Voz del Interior, en Hoy día Córdoba, en publicaciones importantes de la RED, como rebelión.org, y otras. No puede vivir sin hacer periodismo, de una u otra forma. También mantengo mi blog personal: http://www.ternurayrabia.blogspot.com y mi sitio web: http://www.tomasbarcelo.com          

Niño pulpero.

Niño pulpero.

La enseñanza es otra de las actividades que desarrollás en Córdoba.  La situación de la educación en Argentina no es óptima: la inversión del Estado es escasa, el rol del docente está desvalorizado, los sueldos son magros, ¿Qué te hace continuar con esta tarea? ¿Lo sientes -lo vives- como una vocación?

Mi vocación no es la docencia. Pero siempre me gustó enseñar. Suelo ser muy paciente con aquellas personas que por alguna razón u otra requieren de mí que les enseñe algo que yo sé. Debe ser porque a la vez yo soy un constante demandador de información, y hasta de enseñanza, por mi curiosidad congénita. Siempre estoy preguntando, queriendo saber algo. Intento no quedarme con ninguna duda. Partiendo de esa premisa personal, me siento cómodo entonces con la enseñanza. Y de paso, aprendo enseñando.   

-Existe una vieja discusión que tiende a enfrentar a quienes defienden la ‘formación académica’ en contra de aquellos que reivindican una ‘formación de oficio’, ¿Se puede “enseñar” a ser fotoreportero? ¿Cuáles son los límites que se plantean? 

Las escuelas de comunicación social, donde, entre otras especialidades se forman también periodistas, muchas veces contienen un excesivo academicismo. Es cierto. Tendrían que hacerse ciertas reformulaciones de los programas en las que se busque un equilibrio entre teoría y praxis. El aprendizaje teórico es necesario, hasta muy importante. Pero la práctica lo es otro tanto. De hecho, grandes periodistas de la historia, y otros tantos que hoy ejercen esa profesión, nunca traspasaron las puertas de facultad alguna. No se licenciaron de nada. Yo mismo estudié periodismo muchos años después de tener ya consolidado un prestigio profesional.

Con el fotoperiodismo ocurre otro tanto. La mayoría de los fotorreporteros ejercen el oficio sin haberlo estudiado. Pero con la fotografía, a nivel de academia, ocurre algo desastroso. Las escuelas de comunicación no le conceden el interés que merece. Contienen tan sólo magros programas, con escasos recursos humanos y técnicos. Algo increíble en una época dominada por la imagen cuyo soporte principal es la fotografía. Herramienta importantísima de manipulación de los mensajes, razón por la cual, pienso que desde edades tempranas se le debe enseñar a los niños el estudio de la imagen. Una asignatura cuyo nombre debiera ser sólo eso: Imagen. Debió implementarse desde hace años. Es un lenguaje definitivamente asentado, con su particular gramática de construcción

Por último ¿Qué consejos les darías a los jóvenes que desean iniciarse o comienzan a transitar la senda del fotoperiodismo?

No soy muy bueno dando consejos. Pero si de algo pudiera servirles a esos hipotéticos jóvenes, les diría que el 90% de la mirada que han de lanzar sobre la vida no debe ser nunca complaciente, dando por hecho de que lo que tienen ante sus ojos puede ser de otra manera y no como aparentemente se muestra. El 10% restante, dedicarlo a otorgarle una correcta composición a lo que ven y accionar el obturador en el instante preciso.

Perfil:  Fotografo, escritor, reportero y docente, Tomás Barceló Cuesta es autor de la novela Recuérdame en La Habana y coautor de los libros Bohemia, La huella en el tiempo; La necrópolis Colón; Cementerios de la Habana y Cuentos de La Habana Vieja.

Además continua publicando crónicas, entrevistas y reportajes en revistas como Recovecos. Diversos artículos de su autoría se han difundido a través de La Voz del Interior, Hoy Día Córdoba, Aquí Vivimos y Culturas y en publicaciones importantes de la red, como rebelión.org, y otras.