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Cruz de Caña

Fiestas patronales en Cruz de Caña. Musica, baile y un tetra que no se entrega.

Fiestas patronales en Cruz de Caña. Musica, baile y un tetra que no se entrega.

Cerré la tranquera y me acomodé en el asiento trasero del auto para saborear el pan recién horneado por los hijos de Gallina. Estaba deliciosamente esponjoso y el hambre me carcomía las entrañas. La Negra se detuvo en el vado para ver si la creciente había cedido. Ya no quedaban paisanos de La Candelaria del otro lado, tampoco la policía bloqueaba el paso.

El auto siguió bordeando la falda de los cerros. La noche era cerrada y los faros del vehículo iluminaban los pasos de la gente que caminaba rumbo al polideportivo. La procesión se realizaba en total oscuridad debido a la ausencia de alumbrado público.
Nos detuvimos frente a la única cancha de futbol –una zona relativamente alta-, y caminamos entre la maleza con los celulares en mano buscando una señal que no llegó. Llevábamos 2 días de desconexión total.

Cinco minutos después nos detenemos frente al pórtico de la capilla: la sala está abierta e iluminada con lámparas blancas y amarillas. Reina el silencio sepulcral de siempre. No quedan rastros de la maratónica jornada de bautismos y comuniones que hoy movilizaron al pueblo como cada 6 de enero.
Frente a la capilla está la comuna y, a su lado, el polideportivo. Ante el portón que bloquea el ingreso hay puestos de venta ambulante atendidos por jóvenes africanos negros. La esposa del intendente cobra las entradas, invita a pasar y hasta te ofrece una mesa.
Sobre el playón de cemento se extienden hileras de tablones de madera y mesas de plástico de esas que abundan en patios y jardines. Hay un escenario a 2 metros de altura de la pista y 3 metros más arriba un enorme tinglado de zinc: la última gran obra del jefe comunal.

Todavía es temprano. Los lugareños, repartidos entre las mesas, se dedican a charlar sin quitar la vista del escenario a la espera de que aparezca la animadora anunciando el comienzo de la fiesta. La ansiedad viene ganando la partida.
Me ofrezco a buscar algo de comer y mientras atravieso el playón hacia la barra esquivo niños y perros. Los paisanos, hombres de rostros duros curtidos por el sol y el trabajo en el campo, me miran con interés: la cara, el cabello, las ropas de forastero. Por un momento me acuerdo de los africanos que liquidan anteojos de sol meidin china en la puerta del predio.

Menú: choripán y vino toro –en caja-. Se abre con los dientes y se rebaja con coca para diluir el efecto etílico. Suena música en vivo. Los primeros bailarines se arremolinan sobre un planchón de cemento que hace las veces de pista improvisada.
El grupo quitapenas es el número de fondo. Su líder -un sexagenario delgado de pelo blanquísimo que le cae sobre los hombros-, disimula el paso del tiempo con una camisa abierta a la altura del pecho, jeans ajustados y el oleaje de su abundante cabellera. Se mueve –decidido- entre sus músicos: baila y se sacude todo el tiempo como si no pudiera detenerse, como si fuera a caer rendido si lo hiciera.

Más allá del escenario las parejas dan vueltas por el playón al ritmo de la cumbia, el cuarteto, la tarantela, como si se tratara de un gran plato giratorio. Está el que baila estrechando los hombros pero los pies no le responden, está la chica de las mejillas encendidas que baila un chamamé eterno amarrada a su compañero, está la pareja de ancianos que apenas mueve los codos y sonríen a los que pasan a su lado, están los muchachones que bailan entre sí, a un costado, a falta de compañeras de baile y también está un borracho de panza prominente que busca pelea a quien se acerque a menos de dos metros de él o de su mujer.

En lo que resta de la noche no volverá a repetirse la comunión de tantos bailarines: Los Minaqueros pondrán toda su potencia vocal para seducir a un público que recibe con cierta indiferencia la impronta chalchalera de los guitarreros.

Falta tunga-tunga. El folclore juega de visitante en este territorio campesino y cordobés.

La fiesta patronal llega a su fin. Con el ave maría de fondo, aparece entre amplificadores y pies de micrófonos un pesebre viviente encabezado por la mujer del intendente ahora en el rol de un ángel inmaculado junto a un burro –de carne y huesos- con cara de susto al tiempo que unos esforzados reyes magos tiran caramelos masticables a los niños que se abalanzan contra el escenario pidiendo más y más.

Haciendo dedo en el cruce

En un paraje donde solo se ven perros y motos conseguir transporte al pueblo vecino es todo un desafío. El dueño de la única camioneta oferta 90 pesos por el traslado. Nos negamos. Queremos hablar con algún transeúnte que nos indique alguna referencia pero en plena siesta ni las moscas se asoman. Camino junto a la ruta hasta que veo una puerta abierta, ingreso sin anunciarme y los parroquianos dejan de reír, de hablar, de tomar vino y uno de ellos baja el volumen del televisor. Esperan que hable. Les digo. Dos cuadras después, donde se diluye el poblado, está una pulpería del siglo XXI: unos pibes juegan billar, dos jornaleros arrugados como tortugas beben vino con coca y desde los fondos emerge una enorme panza con una cicatriz de apendicitis del tamaño de una lombriz amazónica. Un paso más atrás viene su dueño, el remisero del pueblo, conductor de un fiat palio rojo que es la debilidad de su hijo adolescente. “Son cien”, dice el gordo con su mejor cara de fastidio. Fue un error levantarlo de la siesta.

Para llegar a este enclave escondido en el noroeste cordobés debimos tomar un colectivo, hacer un trasbordo en Cruz del Eje para llegar a la desolada La Higuera, caminar hasta el desvío y hacer guardia por tres horas hasta que un visitante de Villa El Libertador, hijo de una comadre del pueblo, detuvo su auto en medio del camino y, tomándose todo el tiempo del mundo, nos recogió con su mejor sonrisa. Nuestros bártulos fueron a parar al baúl junto al cajón de coca-cola y una bolsa de harina repleta de varillas de pan. Estábamos –ella y yo- felices. Nuestro peregrinaje por fin se hacía realidad.

Epílogo

Cruz de caña es la paz hecha camino de tierra, monte de espinillos, aguas frías y claras. Es un atardecer de enero de luciérnagas apuradas y motociclistas que no tienen dónde ir. Es un pedacito de tierra debajo del algarrobo donde domar las brazas de un asado para saborear con las manos. Es el crepitar del agua con la crecida y su mansa melodía en las noches de luna llena. Es un promontorio de estrellas fijadas sobre el cielorraso de la vía láctea.

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Lejos de las puertas del cielo

Nunca me casé pero ya estoy divorciado. Tras 350 meses de idas y vueltas le puse fin a mi destemplada relación conla Iglesia Católica.

Me van a excomulgar porque así lo quiero.

Me bautizaron unos meses antes del inicio dela Guerrade Malvinas en una parroquia que por entonces quedaba en los márgenes de Villa María.

Mi entrada al reino de dios fue celebrada exactamente dos años antes del nacimiento de mi hermana menor y contó con la presencia estelar de mi abuelo paterno y una amiga de mis viejos que ya no lo es más. Eran los padrinos.

La misa fue pronunciada por un curita que años más tarde sería relevado de sus funciones por sus diferencias ideológicas con la cúpula eclesiástica y sus inapropiadas inclinaciones hacia la chusma y el pobrerío. Se llamaba Hugo Pablo Salvato pero la gente lo recuerda como el padre Hugo.

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Un recuerdo lindo. Una tarde de agosto andaba en una bici celeste por la plaza de barrio Iponá cuando me crucé con otros pibes que aparecían de una capilla con libros y dulces. Debo haberles inspirado piedad –o lástima- porque se volvieron y me invitaron a pasar. Adentro había más niños y manjares por doquier en mesas con manteles blanco comunión.

Me encajaron un libro ilustrado que encontré gracioso: eran tres tipos que andaban por el desierto en unos caballos con joroba. Dejé el libro y ataqué unos alfajores de maicena, llené mis bolsillos de chupetines y subí a la bici para nunca volver.

Un recuerdo feo. La educación marcial de mi abuela hacia catarsis los sábados a la tarde, pleno verano. Era obligatorio asistir a la misa de las 7. Camisa planchada, zapatos negros brillantes, pantalones a la altura del ombligo y un peinado acorde al salivoso lengüetazo de una vaca en celo, me abrían las puertas del cielo.

Era terrible pararse como estatua durante hora y pico haciendo un playback pésimo porque me negaba a aprender los cánticos. Ella me hincaba con el codo y desde sus anteojos rectangulares repetía: “cantá, dale, cantá”.

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No tomé la comunión, tampoco me confirmé, no hice votos de castidad y nunca los haré. Cuestión de principios. Ahora tampoco –ni remotamente- podré casarme por iglesia.

Que diría la abuela de mi padre, mi bisabuela.

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Vuelvo a la vieja capilla donde se selló mi destino cristiano para pedir el certificado de bautismo. En la puerta de la secretaría, sobre el suelo, hay unas botellas de plástico cargadas de agua para ahuyentar a los gatos que se atreven a mear la casa del Señor.

Detrás del mostrador el secretario, un gordito mofletudo, pregunta:

-¿Qué necesita joven?

Le digo y en 30 segundos vuelve con un libro de actas y me muestra la página correcta. Completa el certificado, lo sella y repregunta para qué necesito lo que necesito. Le miento.

–Voy a ser padrino.

Frunce el seño y dice:

–¿Los demás certificados?

-“También los estoy tramitando”, vuelvo a mentir.

Se me queda mirando y pide una colaboración de $ 3 para “gastos administrativos”. Reviso mis bolsillos, solo tengo $ 5. Los recibe, se me queda mirando, hace otra pausa con la vista sobre su escritorio, toma un manojo de llaves sacado de un castillo medieval y balbucea que va a fijarse si el padre tiene cambio.

No lo espero. Me marcho.

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El arzobispado de Córdoba tiene portero eléctrico y un tipo sentado detrás de un escritorio que escruta a todo aquel que no conoce. Aunque no lo crean todos allí lo llaman Cruz ¿Se llamará Juan Cruz?

Ni bien me ve entrar, requisa. Enseño mi carta de apostasía y me hace pasar a una pequeña sala frente a la oficina del vicario. Diez minutos más tarde, el Secretario-Canciller-de-la-República-de-Córdoba-del-Vaticano-en-el-Exilio me recibe con cara de pocos amigos. Sabe porqué estoy sentado en su oficina pero igual pregunta.

Pide que complete a mano el formulario de renuncia ala Iglesiay envuelto en un silencio sepulcral me escrutará con la vista hasta el instante en que abandone su oficina. Ambos firmamos al pie la rescisión del contrato de fe y luego lo sella. Me extiende una copia y dice que el titular de la diócesis de Villa Maria tiene que dictar un decreto antes de marginar el acta.

-¿Cuánto tiempo?

-(piensa, piensa, piensa)…unos 30 días más o menos.

-De todos modos, me van a notificar?

-(…silencio…).

El secretario-canciller no se despide, no estrecha mi mano, no me acompaña hacia la salida.

Me retiro como llegué, por la puerta grande. Cruz no está en su escritorio. Cuando observo por encima del marco, Karol Wojtila me saluda desde una foto con su sonrisa de papa móvil. Le devuelvo una mirada lacónica y bajo a toda prisa los escalones de mármol blanco que me devuelven al mundo real. Tengo que llegar al laburo.

Cabezas humeantes

estudiantes destacados

Estudiantes de alto vuelo académico.

 

 

Admirados, envidiados o condenados por sus singulares capacidades, los estudiantes destacados afirman que encontrar la fórmula propia del éxito es la llave para alcanzar grandes resultados. En la siguiente crónica te contamos tres historias fuera de lo común.

 

Nerd, comelibros, traga, bocho, cerebrito, genio, groso son solo algunos de los múltiples apodos que reciben aquellos que dedican una devoción inusual a sus estudios.

El promedio general, esa convención creada para ‘medir’ el nivel de conocimientos, les sonríe siempre o casi siempre. Suelen ser inteligentes y cultos, obsesivos y perfeccionistas, tímidos y nerviosos, y sobre todo humanos.

Doctambulos! fue a buscarlos a las universidades para averiguar quiénes son esos chicos que hacen fácil lo que a muchos les resulta imposible.

 

El salteño de los días perfectos

 

Tres pibes abrumados de tanto sol persiguen una nube que surca el cielo frente a la Facultad de Astronomía, Matemática y Física de la UNC. Es mediodía de viernes y en el ingreso al edificio un chico de frondosa cabellera rizada a lo Bob Patiño cruza los brazos a la altura del pecho y durante unos segundos eternos aprieta con su mano derecha el escudo del equipo de sus amores –Belgrano- que sigue estampado sobre la camiseta que viste. Habla con otro -lentes oscuros, bermudas negras- sobre la transformación de la materia. De repente el ruludo recobra su gesto adusto: “Todavía no rendí Álgebra”, dice con pesar y el otro se le queda mirando enmudecido, sin saber que hacer, dónde encontrar consuelo. Mientras tanto, en el segundo piso, Hebe chequea su correo en una de las compus del Centro de Estudiantes. Le pido un nombre, promete conseguirlo.

 

Cuatro días después, en un departamento ubicado en el corazón de Nueva Córdoba, Alejandro Naser Pastoriza se bajará tres termos completos de Mate Listo Taragüí antes de contar su historia de estudiante exquisito. Ale es un pibe diez. Para que quede bien claro: su historia académica en la Licenciatura en Computación registra un promedio -escalofriante- de dos dígitos, diez.

 

-¿Cuál es el secreto para obtener un puntaje ideal?

 

-Depende de muchos factores: es muy difícil tener siempre un buen día, saber escribir bien, saber manejar los tiempos en exámenes que duran entre 5 y 6 horas. Si bien estudio a fondo las materias, mi habilidad principal es saber rendir finales. Hay una diferencia muy grande entre una cosa y la otra.

 

Dice Ale. Su romance con los números se remonta a 2004, cuando comenzó a participar de las olimpiadas nacionales de matemáticas durante el 5to año de secundario. Las competencias lo cautivaron de tal manera que estaba decidido a abandonar el cole a pesar de la resistencia de sus padres y profesores. Se recibió a duras penas y viajó 1200 kilómetros desde Orán –Salta- para estudiar Matemáticas en Córdoba. Siguió con las olimpiadas y obtuvo numerosos reconocimientos junto a su amigo y ex compañero Diego Sulca. La Competencia Ernesto Paenza, la más importante a nivel universitario, fue una de las victorias más celebradas por el dúo.

 

-Son instancias donde se prueban los conocimientos adquiridos pero a su vez se pone en juego un nivel de ingenio poco común -nada trivial- que requiere años de entrenamiento.

 

Lejos del estereotipo nerd, a Ale le cuesta horrores seguir una rutina o cursar en la facu. Prefiere vivir de noche, descansar de día y comer cuando pinta. En 2008 vivió un año sabático de fiesta y descontrol pero ahora está de novio e intenta llevar una vida “más tranquila”. Mientras, en 2011 se propone cursar materias de 2do y 4to año en Computación.

 

-¿Te gustaría mantener tu rendimiento académico?

 

-Aun no me decido. Un ejemplo: me pasó de promocionar con 9 Algoritmo y Estructura de Datos I y ¿qué hice? Rendí el final para sacarla con 10. Eso es algo bastante odiable para el resto…pero decir 10 es supremo. Abrir tu historia académica y ver que el promedio con aplazos suma 10 es hermoso. Una historia académica así es una obra de arte.

 

El fin justifica el bochazo

 

Siesta de Miércoles. Llovizna, garúa finito. Andrés Valdéz piensa que es un momento especialmente oportuno para tirarse a la cama y sintonizar Los Simpsons pero en cambio tiene que conformarse con ver llegar al cronista de Doctambulos! a las corridas. Dos cafés, libros por doquier, de fondo suena un tema viejísimo de Los Redondos. Andrés dice que dejará todo para ir a Salta a ver la presentación del Indio Solari. Aclara que le gusta leer textos de Cortazar, Sabato y Walsh pero las obras que verdaderamente lo cautivan son aquellas con las que se formaron sus profesores de Ingeniería Mecánica en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN).

 

-Siempre busco los libros que usaron mis profes cuando ellos cursaron la carrera. No me interesa los que ellos me proponen ahora porque yo no quiero estar al nivel de mis compañeros, siempre quise estar al nivel de mis profesores. Tener esos libros en las manos genera cierto fetichismo. No hay mayor satisfacción para un estudiante.

 

Andrés es, en realidad, Pinky en honor al verdadero cerebro de la dupla de dibujos animados. Así lo apodaron en la secundaria y así lo conocen todos en la UTN.

 

-En las últimas elecciones de consejeros estudiantiles tuve que ir curso por curso aclarando que soy Andrés Valdéz. Seria feliz si la boleta dijese Pinky…me ahorraría un trabajo astronómico.

 

Pinky forma parte de un grupo de investigación y estudio que se dedica al calculo estructural de elementos finitos, “una herramienta que permite resolver ecuaciones diferenciales con menos condiciones de contorno”, explica. Ante mi cara de zozobra, pide disculpas y entre risas dice que quiénes lean esto seguro van a entender. Ojalá.

 

Si bien su prioridad es recibirse, ello no equivale a realizarlo a cualquier precio. Estar a la altura de los profes implica que si alguno de los integrantes del grupo contesta mal una pregunta ante una instancia de examen final ¡el estudiante en cuestión solicitará que lo reprueben automáticamente sin derecho a replica!.

 

-Nosotros tratamos de explicarle ‘profe en esta materia me fue bien pero esta pregunta que usted me hizo está incorrecta, ya está, cortemos acá, póngame el 2’. Podríamos  pedir que nos coloquen ausente pero preferimos que nos aplazen porque es lo que realmente corresponde.

 

Dice Pinky. Como si nada fuera suficiente, tiene un talento poco frecuente: cursa materias y rinde finales en tiempo record. De las 12 materias que cursó en 2010, rindió y aprobó 9. Actualmente está cursando 8 materias de Ingeniería y 2 de Física en Famaf. Lleva al día su carrera prioritaria: está en 4to. año y tiene apenas 21 años. Además, acaba de editar un libro titulado ‘Termodinámica Técnica’ que será publicado en abril por la editorial Universitas. Y, por si ya lo olvidaron, cuando este ejemplar esté en tus manos él ya habrá regresado de Salta, empapado de pasión ricotera.

 

Premiada en valores

 

Cae la tarde del miércoles y la llovizna se intensifica acompañada ahora por una suave brisa del sur. Estoy retrasado y para llegar más rápido voy haciendo zancadas por calle Montevideo, evadiendo charcos.

Paula Ledesma me recibe en una oficina sobria, un estudio de abogados: despacho, biblioteca, cámara de seguridad. Sentada detrás del escritorio familiar destila pulcritud: cabello largo recogido, aros perlas blancas, sonrisa amplia de brackets estéticos, remera al tono y un enorme pañuelo negro y blanco anudado al cuello que disimula cualquier atisbo de piel coronado por pulseras y anillos en ambas manos.

 

Paula está a punto de egresarse de la licenciatura en Recursos Humanos y fue seleccionada como la estudiante destacada de 2010 en la Universidad Empresarial Siglo XXI (UE) por reunir los valores que esta última proclama: dedicación al estudio –tiene 9.04 de promedio general-, liderazgo y compromiso social. En 2012 planea realizar un Maestría en Administración de Empresas.

 

-¿Cómo haces para tener un desempeño académico tan elevado y realizar otras actividades?

 

-“No es imposible llevar una vida a la par de los estudios. Para mi los 4 ingredientes indispensables son organización, esfuerzo, dedicación y entusiasmo. No me cuesta dejar de salir un finde por estudiar pero tampoco estoy estudiando todo el día. Tengo otras ocupaciones que si me pongo a contarte vas a preguntar ‘¿Cuando dormís?’”.

 

En síntesis, su amplio abanico de actividades comienza por la tesis y continua con el asesoramiento a empresas en una consultora de rr.hh.; como ayudante en la cátedra Emprendimientos Universitarios de la UE; colaborando con la Fundación Nalbaldian y también en la Fundación Junior Achievement; formando parte de un grupo juvenil católico (Fasta) y participando de “una red pro-vida a nivel nacional que trabaja con jóvenes el tema de la drogadicción y la prevención del aborto”, explica.

 

-¿Cómo influyó el premio en lo personal y en lo profesional?

 

-“En la facu todos los profes me saludan pero algunos compañeros no tan compañeros me dejaron de hablar de un día para el otro…quizás un poco de envidia, no se, pero mis amigos amigos siempre están. En lo laboral yo tenía toda la esperanza. Mi sueño fue siempre trabajar en empresas grandes con una estructura de rr.hh. armada desde la cual nutrirme -como Roggio, Arcor o Coca-Cola- pero lo que conseguí en la consultora es algo más particular. Mi segundo sueño es tener mi propia consultora pero primero quiero tener más experiencia. Es difícil que vengan y me busquen con 23 años”.

 

Paula tiene que partir a su clase de Inglés y yo debo continuar mi camino. Antes de la despedida le ofrezco un ejemplar de Doctambulos! –N° 43, Septiembre de 2010-. La ojea rápidamente y al pasar una nota sobre Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS) dice “¡Porque ponen tantas cosas de sexo, todo pasa por el sexo, hay cosas mas importantes!”. Ensayo una justificación, le digo que la nota explica cómo prevenir las ETS. Ella contesta:

 

-“Si, si, no te acostés con cualquiera y vas a ver como las vas a prevenir de rápido…había un artículo que hablaba de los homosexuales, de una película gay, no me acuerdo…acá está (lee el titulo de la página 51, en voz alta):  “Una fiesta (del cine) gay”. Me dejo ésta, haber que dicen”.

 

Ingresantes: el precio de la libertad

Perderse en las calles de Nueva Córdoba, soportar inclemencias climáticas, mantener el ritmo de estudio o sobrellevar el desarraigo son algunos de los múltiples desafíos que enfrentan los nuevos aspirantes a la universidad. Sebastián Sigifredo te muestra cómo viven hoy los profesionales del mañana. 

 

Imaginá que de un día para el otro el estadio de Belgrano, el ‘Gigante de Alberdi’, explota de ingresantes. Unos 25 mil chicos y chicas recién salidos del secundario poblando plateas, palcos, la popular. Todos, casi en simultáneo, esforzándose por conseguir su lugar dentro del amplio abanico de carreras universitarias que brinda Córdoba ciudad.

Ellas son mayoría: del total, los varones no superan los 10 mil.

Llegan desde distintos puntos de la ciudad, también de ciudades y pueblos del interior provincial –desde Río Cuarto hasta Deán Funes-, y de otros interiores: San Luis, Jujuy, La Rioja y un largo etcétera.

Lejos de ser un grupo minoritario los ingresantes conforman un ejercito en las sombras de tal magnitud que si todos se tomarán de las manos de uno en uno podrían unir Córdoba con la veraniega Villa Carlos Paz (distante a unos 35 kilómetros).

 

Casi 2 de cada 10 personas que circulan por Nueva Córdoba son ingresantes. Aunque intentan pasar desapercibidos son fácilmente reconocibles: pichones de bichos raros que aparecen cuál aves migratorias desorientadas en un hábitat que les resulta hostil. Para colmo el aluvión ocurre en enero, época en que desaparece hasta el portero del edificio.

 

Ingresantes, bichos raros.  Así los miran los demás, así lo viven ellos.

 

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Para los recién llegados la ciudad y en particular el epicentro de la vida estudiantil -Nueva Córdoba- resulta un complejo rompecabezas de piezas que no siempre encajan bien. Y si no lo creen hagan la prueba: deténganse un rato en la intersección de Independencia e Hipólito Irigoyen y verán un espectáculo recurrente: chicos y chicas, solos o acompañados, que miran, desconcertados, los carteles de la calle -y levantan la vista hacia todas las direcciones posibles- porque no saben donde están, cuando fue que se perdieron.

 

José es santiagueño y vive en un departamento de dos ambientes en calle Balcarce, a metros del Parque Sarmiento. Quiere estudiar Relaciones Públicas. 

 

-Estoy ubicado cerca de la terminal de ómnibus. Mis puntos de referencia son la facu, Patio Olmos, Plaza España y la terminal. Me pierdo seguido si no camino por avenidas importantes.

 

Dice José, 18 recién cumplidos, hincha de River, amante de la chacarera y la cumbia con igual fascinación. El 16 de febrero cayó miércoles pero no fue un día como cualquier otro. Por la tarde le dijeron que obtuvo un 6 en el primer parcial y José sintió que tocaba el cielo con las manos. Había que festejar la hazaña y por eso después de clase se fue a lo de Lucas –que también aprobó-. Esa noche comieron pizza, tomaron dos cervezas. Cuando José intentó regresar se dio cuenta que estaba lejos de casa, en el límite entre Nueva Córdoba y barrio Guemes.

 

-Me metí por calles que nunca pisé. ¡No sabía dónde estaba! Por suerte encontré un taxi que me llevó hasta el departamento. Entre pizza, cervezas y taxi me quedé sin plata. Ahora voy a comer fideos con crema hasta que mi mamá me deposite. ¡Eh, chango! ¡Que bronca! Tengo que aprender las calles porque así no hay presupuesto que aguante.

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Ser ingresante no es lo mismo que tener cualquier ocupación u oficio. Ser ingresante significa estar destinado a desaparecer: se aprueba el curso de ingreso/nivelación y se alcanza el grado inmediato superior -el ‘subtítulo’ de estudiante- o llega la revelación menos esperada, la que nadie quiere escuchar, el indeseable “seguí participando”.

 

A Carolina el viaje desde Salta le resultó eterno. Llegó a Córdoba de madrugada, en medio de una lluvia demencial. Esperó en vano por un taxi libre y decidió caminar hacia la Cañada, hasta el departamento que desde ese día comparte con Laura, su prima y confidente. Solo tuvo tiempo para cambiar de ropa y secarse el pelo. Se las arregló para llegar 9,30 al instituto de apoyo universitario donde se prepara. Era 10 de enero y Caro no tenía dudas de porqué estaba donde estaba aquel día gris y húmedo a más de 900 kilómetros de su casa de toda la vida. 

 

-No me importa si se cae el cielo, si aprieta el calor o se corta la luz. Cuando se me pone algo en la cabeza no paro hasta conseguirlo. Quiero ser psicóloga y estoy feliz de estar en la universidad.

 

-¿Cómo imaginás tu vida en Córdoba? ¿Qué te gustaría que suceda?

 

-Quiero aprobar el ingreso para relajarme un poco. Estoy a mil, super nerviosa. Tengo curiosidad por conocer la ciudad, conocer más gente, seguir experimentando esto de vivir sin mis viejos. Ahora trato de concentrar mis energías en una cosa: estudiar, estudiar y estudiar. Si todo sale bien lo demás llegará solo.

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Es mediodía de martes y en la zona del Paseo del Buen Pastor pasan autos por calle Independencia abriéndose camino a bocinazos, aceleradas y frenadas bruscas. Los transeúntes cruzan la calle esquivando vehículos atascados mientras dos policías se aburren de estar parados en la esquina de siempre haciendo nada.

Sentados en un banco bajo la sombra de una palmera, Mario y Juan hacen una pausa para despejarse: toman coca-cola en vasitos de plástico blanco, diminutos. Recién salen de clases, tienen que ir a almorzar, estudiar y otra vez a clase. Si les queda tiempo –y ganas- esta noche van a repasar lo que aprendan hoy en la facu de Derecho.

 

-“Tengo una rutina pero a esta altura ya estoy cansado. No estamos acostumbrados. Me estoy amoldando a la vida de estudiante pero cuesta mantener el ritmo”, dice Juan.

 

Igual que su amigo y compañero, Mario pensaba que el ingreso sería más fácil. 

 

-Creía que con un buen plan de estudio y haciéndome preparar no tendría problemas. Me equivoqué. Hay un abismo comparado con el secundario.

 

Mario está en Córdoba desde el 6 de enero y todavía no regresa a su pueblo, Realicó, en el norte de La Pampa. “Todavía tengo acá para rato”, se lamenta. Los dos amigos aprobaron su primer parcial pero tras casi dos meses de frenetismo estudiantil empiezan a mostrar signos de agotamiento. Cuando los ánimos flaquean se piensa más en los afectos, las ganas de volver se intensifican.

 

-¿Qué extrañas de tus pagos?

 

-“La familia, los amigos, la gente. Extraño la tranquilidad, el silencio, salir a la calle y que alguien te salude…no sentirme un número más”, dice Mario entre nostálgico y melancólico. 

 

José conserva en su memoria postales de su historia reciente: el viaje de egresados, el asado con los amigos de siempre, las fiestas con los compañeros de 6to año. De vez en cuando, Caro extraña los rituales familiares y muy frecuentemente -casi todo el tiempo- los sabores de la comida hecha en casa. En cambio, Juan y Mario darían lo que sea por volver a jugar fútbol como en los ‘viejos’ tiempos.

 

Diseminados por Nueva Córdoba, el Centro y más allá, miles de sueños de ingresantes laten con intensidad diversa. Algunos quedarán en el camino y muchos más seguirán adelante. Mientras esto ocurre, la vida en la gran ciudad continua su marcha vertiginosa: surgen amores desesperados, alguien abandona la ciudad, otro consigue trabajo.

Para recibirse de ingresante hay que pagar el precio de la libertad.

Aprenderlo todo al mismo tiempo –estudiar, cocinar, limpiar, amar, sufrir: ¡vivir!- sin recetas, con ayuda de nadie.

Puro ensayo y error.

Aquella marcha, aquella mujer

 

Es 24 de marzo, por la tarde. Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Día de conmemoración en las calles de la ciudad. Los soles del 24 son cálidos, transitivos, distantes: como si indicarán que el otoño en realidad comienza hoy. De camino hacia Colón y cañada, un encuentro casual con una amiga de H.I.J.O.S. se ve alterado por la irreverencia de una paloma con buena puntería.

La tibieza húmeda recorre el cuello hasta ser detenida por un pañuelo descartable. Se para la hemorragia pero no sus efectos: dos manchas negruzcas quedan estampadas sobre la prenda a la altura de la clavícula derecha.

Bajamos por Jujuy hasta Colón. La avenida está de bote a bote y sólo se puede circular por un estrecho corredor sobre la vereda. Después de un rato, mi amiga encuentra a sus compañeros, decido no acompañarlos y perderme entre el gentío.

 

Instantáneas

 

Hago diez metros y encuentro a Reinaldo, un hombre sensato que no veo hace muchos años. Según cuenta, participa desde las primeras marchas, allá por 1980, cuando la dictadura todavía no había mostrado signos importantes de resquebrajamiento.

Dice que entonces era otra cosa. Que no cortaban calles, que muy pocos se movilizaban, que marchaban junto al cordón entre el miedo y la desesperanza. Dice que las cámaras de foto intimidaban. Ante mi extrañeza, responde: “¿Qué otro destino podían tener esas fotografías tomadas en tiempos de censura sino el de delatarnos?”.

Aquellas instantáneas de ayer, de miedo y terror, en nada se parecen a las cientos y cientos de fotos que toman esta tarde reporteros gráficos, fotógrafos y demás asistentes. Hoy se constituyen en testimonios visuales, formas potenciales de difusión de lo que acontece al interior de la concentración, de sus rituales y protagonistas.

 

Ojos de cielo

 

Continúo la marcha, mi marcha, en sentido inverso al de la marea humana que se ubica en dirección al microcentro. La llegada de varias columnas de militantes variopintos que quieren ocupar sus parcelas entre bombos, redoblantes y banderas, hace difícil alcanzar el lugar donde se ubican los más rezagados.

Me escabullo igual, doy un rodeo completo, sin resultados. Parezco vagar sin rumbo fijo pero hace rato que intento localizar a una muchacha, qué no sabe de mi búsqueda y me será esquiva, toda la tarde.

Cuando el orador anuncia la partida me encuentro rodeado de adolescentes. Son parte del colectivo de estudiantes secundarios organizados, la sangre nueva, que a fuerza de cánticos desafinados, salto y baile imprimen un ritmo contagioso a quienes quedamos a su merced.

El paso es lento y cansino. Los 900 metros que separan el punto de salida y la Plaza San Martín se recorrerán en hora y media. Esta tarde nadie está apurado: el ritmo febril de vehículos y peatones, de todos los días, tiene aquí su contracara. Se agitan consignas, se charla, se discute; y por momentos te envuelve un silencio reparador, y así, ensimismado, uno puede echarse a recorrer sus propios pliegues interiores.

En una de las detenciones esporádicas siento un cosquilleo en la espalda, sutil e intermitente. No es un simple roce: alguien me acaricia. Al girar la cabeza una bebé depositaria de unos enormes ojos color cielo descansa en los brazos de su padre, mira la remera y continua extendiendo su mano izquierda. Al verla me sonríe y agita sus dedos con insistencia: doy la vuelta y la dejo hacer.

 

 Aquella mujer

 

Veinte metros más y una nueva pausa. Mis ojos recorren el entorno sin detenerse en nada hasta que aparece aquella mujer en el horizonte. Creo que encontró al muchacho antes que él a ella y por eso vuelve su cuerpo hacia atrás, para que él preste atención. Es cuarentona, tiene el pelo castaño oscuro y corto, tez morena y apenas supera el metro sesenta. Él tiene veintitantos, cabello rubio y tez blanca, supera ligeramente el metro ochenta. Ella mira y sus ojos pendulan entre la muchedumbre y el rostro del muchacho. Espera, agazapada, alguna reacción.

Por fin las miradas se encuentran, ella se abre paso entre la gente y se ubica a muy corta distancia. Hace una seña tomándose el cuello con su mano izquierda y agita la otra para que él se acerque. Con un hilo de voz le dice al oído que no puede hablar, que está afónica. Él asiente con la cabeza y contesta –“Hola”.

Por un momento ella parece olvidar su malestar y hace preguntas al muchacho. –“¿Te recibiste? ¿Y qué haces? ¿Cómo está tu hermana? Decile que quiero verla…”, agrega enfatizando la última frase. Él responde haciendo un uso desmedido de la síntesis. Ella vuelve a la carga. –“¿Dónde vivís? ¿Qué hace tu hermana? ¿Tenés novia?”.

Está incomoda y se le agotan los interrogantes así que levanta su brazo izquierdo llamando a alguien. Es la señal para que aparezca en escena un señor pelado y de bigotes anchos que minutos antes estaba a su lado, abrazándola. Se parece bastante al Puma Goity, el actor, pero se llama Roberto. Roberto saluda al muchacho, ella reitera que no puede hablar y los tres se despiden sencillamente.

La pareja se adelanta unos metros y el muchacho detiene su marcha esperando una distancia prudente para no volver a verlos. Cuando quedamos otra vez codo a codo, el rubio sonríe y dice: -“Es mi progenitora…no la veía desde hace años”. Luego calla y permanecerá así el resto del trayecto.

 

Golpe de suerte

 

De nuevo entre adolescentes. En este grupo todos portan carteles con fotos blanco y negro de personas desaparecidas. En el amontonamiento una pancarta impacta ligeramente en mi cabeza. La chica que la carga me toma con suavidad del hombro y pide disculpas con una sonrisa pudorosa. Lo dice con tanta dulzura que pienso en negarme un rato, por si insiste.

 

Razones subversivas

 

Al llegar a la Plaza, las madres sueltan globos blancos y naranjas que identifican a su organización y un aplauso cerrado acompaña el cortejo. La gente se arrima contra el palco y sobre las tablas se reúnen representantes de madres, nietos, meretrices, trabajadores, estudiantes, campesinos y pobladores de la argentina profunda para leer por tramos el documento consensuado con los organismos de derechos humanos.

Toto, uno de los oradores más encendidos, dice:

-“La urgencia del amor es subversiva”.

La frase me pega en la frente y caigo en la cuenta que ya no tengo nada que hacer allí. Mientras me alejo por calle Deán Funes pienso en lo que encierra esa frase, en su densidad y en que Toto tiene razón, mucha razón.

Curiosidad. En la foto publicada por La Voz el 24 de marzo aparece aquella mujer.

Curiosidad. En la foto publicada por La Voz el 24 de marzo aparece aquella mujer.

En los trenes del olvido

El andén de la estación Mitre, en Córdoba, minutos antes de la partida.

Quiero describir las sensaciones que me embargan antes de la salida de la formación. Escribo un mensaje de texto: “Ya estoy en el tren…el aire es denso, el calor agobia, hay decenas de niños de todas las edades y aún faltan 20 minutos para partir…así y todo sigue siendo mágico”.

Entre la boletería y el andén la gente hace fila para verificar su pasaje. El empleado que realiza el control usa un gorro verde con visera ancha como los que utilizaban los soldados europeos en la segunda guerra mundial. El vestuario se completa con un saco en el mismo tono, con botones muy grandes y dorados.

Parapetado frente al único acceso hacia el tren, el sujeto vocifera destino y categoría de cada uno de los pasajeros. A su lado, otro empleado anota lo que dice el primero en una prolija planilla plagada de recuadros. Detrás de ellos, tres guardias de seguridad con cara de pocos amigos observan la escena con desinterés.

Atravieso el control y alcanzo a tomar una panorámica del andén cuando uno de los guardias se acerca para increparme:

 -“Señor! No! No se pueden tomar fotografías…no y no!”

Contrariado, a regañadientes, regreso la cámara al estuche. Pregunto porqué, recibo idéntica respuesta. Espero un rato por otra oportunidad. No consigo pasar desapercibido: ahora son los guardias de seguridad que custodian el ascenso a los vagones quienes siguen con la vista cada uno de mis movimientos. Algunos curiosos se asoman por las enormes ventanillas de la formación para hacer lo mismo.

El vagón de los niños

Locomotora y tres vagones; un tren pequeño, un trencito. Trepó a la escalinata más cercana, la del vagón intermedio, y recorro el pasillo buscando un sitio que tenga todos los asientos vacíos. Imposible. Todavía resta media hora para la partida y sólo quedan algunos lugares sin ocupar.

Me ubico en una butaca doble frente a una mujer de mediana edad. Arrugas profundas en frente y pómulos; manos gastadas de tanto fregar pisos ajenos y lavar ropa de otros hacen que aparente más años de los que en realidad tiene. La mujer se queja por la espera: es que llegó una hora antes por una confusión en el horario de partida.

Niños. Los hay por todos lados, saltando, jugando en suelo, trepados a los asientos, asomados por las ventanillas. Se divierten copando el vagón de punta a punta. Un gordito con pañales pasa gateando a mi lado con rumbo incierto impulsado vaya uno a saber por qué interés. Los más activos tienen entre 5 y 7 años: se reúnen en grupos y conforman pequeñas brigadas de exploración que se lanzan a la conquista del convoy.

En las butacas que dan hacia la ventanilla del lado opuesto a mi ubicación dos hombres comen criollos y de tanto en tanto toman seven up de una botella plástica que comparten. Los acompaña una mujer. Ella se encarga de proveer alimentos en abundancia y del cuidado de un niño pequeño llamado Mateo.

Mateo quiere participar de las brigadas de exploración pero su espíritu aventurero lo desborda: también pretende bajar hasta el andén para volver a realizar la proeza del ascenso soñado. Cuando la mujer que lo cuida le prohíbe esto último, el niño se queja por lo bajo y emprende el paseo…sin bajar del vagón.

Por las vías, en zigzag

Ya no quedan lugares disponibles. La locomotora se pone en marcha y dos estruendosos bocinazos anuncian la proximidad de la partida. Reina un clima de algarabía a pesar del intenso calor que se filtra por todos lados.

La marcha fatigosa del tren calma a los niños y alivia a los adultos pero la esperanza de captar un poco de aire fresco se disipa a medida que el sol comienza a colarse por las ventanillas que dan hacia el oeste.

El traqueteo del tren en movimiento sacude los cortinados teñidos de un naranja chillón y el sol se filtra con relativa facilidad para dar de lleno en el rostro de quienes quedamos enfrentados a su intensa luz.

Intento mantenerme inmóvil, como un lagarto. El cuerpo suda por más que me esfuerce en no hacer esfuerzos. La transpiración se anuncia en gotas profusas desde la cabeza e impacta alternativamente en las ropas o la butaca.

Se hace difícil escribir a la velocidad crucero del tren -45 kilómetros por hora- por el estado deplorable de las vías férreas. Los vagones se bambolean de un lado al otro y como en una sinfonía donde todo está meticulosamente sincronizado los pasajeros inclinamos el cuerpo hacia izquierda y derecha, de derecha a izquierda y así…y así…

Pasa el guarda requiriendo los boletos. Otra vez. Perfora uno por uno y los devuelve con un orificio perfecto en el margen inferior derecho. Una pareja con cinco niños en edad escolar no encuentran los suyos. El guarda se impacienta. Hace una pausa y continua su marcha butaca por butaca.

Tres minutos después regresa junto a la familia numerosa. Los boletos aparecen, el guarda perfora, saluda parcamente y se pierde hacia el final del pasillo.

Así se ve el boleto que el guarda perfora durante el trayecto.

Optimistas, se buscan

Para hablar de viaje placentero es indispensable ser sumamente optimista, demasiado optimista. Si bien la posibilidad de utilizar otro trazado que no sea la ruta convencional o la autopista resulta, per se, atractiva, como lo es también el ritual de detenerse en casi todos los pueblos, nada compensa la carencia absoluta de ventilación, la (in) comodidad de butacas a 90 grados que no se reclinan o el espacio insignificante entre los asientos enfrentados.

Las cosas tampoco resultan fáciles para quienes necesitan utilizar los baños: la maestría está en saber dirigir el chorro dentro de los límites establecidos sin salpicar a los demás y ha uno mismo. Pocos lo consiguen y un hedor nauseabundo se disemina por el lugar.

Al girar la cabeza hacia el fondo del pasillo alcanzo a divisar el vagón que sigue, el definitivo. Es el que más se sacude y me arrepiento de no haberlo elegido. Aprovechando el zarandeo del último vagón un chico de rulos y una chica de piel muy blanca ocupan el pasillo intentando no perder el equilibrio. Dan la impresión de surfear sobre una sucesión infinita de pequeñas olas.

Cuando el tren se inclina hacia los costados los pierdo de vista pero luego reaparecen raudamente, con sus sonrisas estampadas de oreja a oreja. De a ratos, hablan entre ellos pero la distancia que nos separa es demasiado grande como para entender qué se dicen ¿Serán ellos los optimistas que no hallé en el segundo vagón?.

Tratado de impaciencia

El sol se retira y los campos sembrados desaparecen en la oscuridad total que sólo se ve interrumpida por alguna luz, lejana y solitaria. Con la noche también llega la impaciencia: un señor canoso se levanta de su sitio cada 5 a 10 minutos y se asoma por la ventanilla esperando alguna respuesta en el horizonte.

-“¿Cuánto falta?”, pregunta la mujer de manos gastadas. “Sólo 30 kilómetros”, respondo. Ella lanza un suspiro de resignación mientras su mirada se pierde en la noche cerrada.

Cuando las primeras luces de la ciudad dan la señal de alerta a los viajeros cada familia reúne a los suyos y comienza el acarreo de bolsos, valijas y bolsas plásticas de todos los tamaños y colores. Después se dirigen hacia las puertas de salida y la puja pasa por saber quién descenderá primero.

La estación se colma de reencuentros. El rugido de la locomotora se resiste al silencio y se mezcla con los sonidos de la calle. Me alejo despacio, entre la hierba recién cortada, siguiendo la senda de otros viajeros solitarios.