Archive for 23 mayo 2011

¡Otra oportunidad, otra oportunidad!

La elección de una carrera no siempre es el resultado de un amor a primera vista. Te presentamos historias de estudiantes que rehicieron su camino a contramano del fracaso.


Son convidados de piedra a los cursos de orientación vocacional que acaparan los recién llegados del secundario. No forman parte de las estadísticas. Son los que alguna vez se subieron a un barco que no les correspondía y naufragaron en alguna facultad de la que no se sentían parte. Son los que se permiten una segunda o tercera oportunidad porque quieren realizarse y salir adelante. Pablo, Sofía y Bruno son lo que aquí denominamos reincidentes universitarios, pibes que no se plantearon abandonar los apuntes para siempre pero si estaban dispuestos a dar un golpe de timón en sus vidas hasta encontrar la verdadera vocación.

Pensar la arquitectura 


Lleva un reloj pulsera Nike al que parece no prestar atención. Se toma el tiempo para estacionar su bicicleta amarilla GT y pide mate amargo. Con su peinado al viento y barba rala de cinco días, Pablo Balanza (27 años) se acomoda en una silla desvencijada de un departamento céntrico para hablar de una de sus pasiones, la arquitectura. Con 4 años de cursado, hoy está super familiarizado con los métodos de estudio, maneja sus tiempos y se siente mejor preparado para los nuevos desafíos. En un sentido amplio se propone crear; diseñar.

“Diseñar implica inferir todas las necesidades que requiere un tema y a partir de allí elaborar una estrategia que posibilite el cumplimiento de la mayor cantidad de premisas posibles en un espacio dado. Tenés que confrontar con la realidad y discutir con los demás hasta llegar al resultado final”, dice Pablo.

La terminología que emplea para explicarse ar-qui-tec-tó-ni-ca-men-te tiene relación con una rama de las humanidades que él recorrió durante 2 años. Inferencias, premisas, silogismos y otras yerbas eran moneda corriente en filosofía, donde se instaló luego de transitar un secundario de doble escolaridad inflamado de matemática avanzada y física a granel.

La filosofía se le presentó como un campo ligado a la investigación y, por consiguiente, a los viajes. “Quería viajar y estudiar, viajar y saber; aprender”, recuerda. Pero el suyo fue un camino errático y sentía que se alejaba cada vez más de su romántica idea inicial. ““En aquellos tiempos comencé a frecuentar la casa de un amigo que hacía Arquitectura. Compartí con él y sus compañeros largas noches de estudio. Encontré un universo diferente: actividades totalmente prácticas y grupales, una materia diferente cada día, un ritmo más dinámico. Sentí que se abría una posibilidad más enriquecedora”.

Su estilo de vida dio un vuelco. De lector y redactor de ensayos teórico-filosóficos en un espacio de gran intimidad y reflexión pasó casi sin transiciones al tablero, el montaje de maquetas, el diseño de objetos y más. Si bien los comienzos fueron duros -con altibajos incluidos- no se arrepiente del cambio…y su interés por las humanidades se mantiene intacto. “Filosofía me ayudó para interiorizarme en la teoría de la arquitectura, que en mi carrera no es un área fácil de abordar. Me va muy bien con la parte teórica y eso -como en cualquier disciplina- te da una ventaja muy grande. Me pasaba horas leyendo y al final del día trabajaba menos para las entregas”.

De carrera en carrera

Es jueves santo y en el shopping de Villa Cabrera la circulación de gente es mínima. Mientras estrecha la mano de Iván -el mozo-, Bruno Alberstein (22 años) pide un desayuno: té, tostadas y mermelada casera. La tele está sintonizada en el Lagarto Show y las risotadas del conductor se mezclan con el repiqueteo de la máquina de pochoclos del multicine que no deja de producir cantidades industriales de pelotitas de telgopor comestible.

Rubio, flaco y alto, de melena frondosa y cejas tupidas, Bruno tiene un parecido indisimulable con el cantante Carlos Baute. Construyó su propia filosofía -la del esfuerzo- con una máxima que derrocha voluntarismo (“todos podemos hacer todo, no hay nada que no se pueda hacer”). A partir de allí, se lanzó a transitar ciudades y carreras. Sin embargo, como él mismo aclara, todavía le queda mucho por hacer.

Terminó el secundario y se fue aLa Plataa estudiar Sistemas. Decepcionado, regresa a Bariloche y el año siguiente se anota en Producción de Medios Audiovisuales para abandonarla más tarde y radicarse en Córdoba. Enla UNC, hace un curso de orientación vocacional donde descubre inclinaciones hacia administración de empresas y vuelve a Río Negro para probar suerte en esa carrera. Al poco tiempo, la dejó.

En 2010, Bruno se instala nuevamente en Córdoba, arranca una carrera humanista mientras vive en un hostel y busca un trabajo para sobrevivir pero sus múltiples intereses no encuentran el cauce esperado. Piensa anotarse en el IPEF y aprovechar su historial como atleta pero no. Piensa en carreras clásicas, piensa en Abogacía y tampoco se decide. El 2011 lo encuentra de novio, instalado en un departamento, con un trabajo estable y…estudiando una carrera distinta a las anteriores.

“No me sirve esperar 5, 6 años de carrera para ver que onda y recién ahí empezar una pasantía o un trabajo ad honorem. Además, si pudiera hacer lo que realmente quiero tendría que cursar 7 licenciaturas y el tiempo no alcanza. Ahora conseguí una carrera que articula con todas mis inquietudes, sin mucha carga horaria y lo mejor es que en un año puedo empezar a laburar”, dice Bruno.

La revelación le llegó mientras realizaba junto a su novia un plan de marketing para un empresa de telefonía celular. “Ese trabajo me definió la carrera de publicidad y marketing”, explica esperanzado en lo que vendrá. Sus padres, que lo apoyan de manera incondicional, también se ilusionan y esperan que esta sea la definitiva. “No quiero caer en la monotonía. Soy una persona muy inquieta y me puedo llegar a aburrir rápido. Al cambio ya estoy acostumbrado”, advierte como quien deja abierta la puerta a cualquier posibilidad.

Cambiar para triunfar

A Sofía Simón (24 años) le costaba horrores aceptar que la comunicación social no era lo suyo. Es que durante el verano previo al ingreso universitario viajó al Chaco y sucumbió ante los cantos de sirena de una prima encandilada con esa carrera. La incertidumbre del futuro cristalizaba por fin en una idea reveladora: “iba a ser periodista”, dice.

Padecía las materias, extrañaba su familia y a sus amigos de Ucacha pero no quería aceptar el traspié. Cuando la situación se tornó insostenible empezó a evaluar otras opciones y se acercó a la psicopedagogía. “Le metí pilas y en menos de 5 años la terminé”, comenta diez días después de su última materia.

A la flamante psicopedagoga se le acelera el pulso de solo recordar el 11 de abril. Aquella tarde, vestida de impecable camisa blanca, pollera negra y zapatos finos, no conseguía controlar el traqueteo de sus piernas. Con los nervios a flor de piel defendió su trabajo final ante un tribunal evaluador y todo fue un sueño cumplido.

Rindió con 10 y en el fragor de los festejos, entre llantos y abrazos con sus amigas-compañeras, se acercó una señora para ofrecerle trabajo en un centro de integración. La contrataron. “La integración consiste en realizar una adaptación curricular para quienes tienen dificultades de aprendizaje”, explica.

Ahora, tras varios años de experiencia en consultorios privados de rehabilitación cognitiva, se largó por su cuenta y planifica abrir un consultorio propio. En el presente de Sofí soplan vientos de cambio: a pesar de que no oculta la necesidad de estar siempre acompañada quiere mudarse a vivir sola y dejar atrás la vida de estudiante y el departamento que comparte con dos de sus hermanos sobre calle Rondeau.

Las trayectorias estudiantiles de Pablo, Bruno y Sofía ponen en evidencia que definir un futuro profesional desde el momento en que se abandonan las tranquilas aguas del cole secundario no siempre resulta una tarea fácil. Pero después de la tormenta siempre llega la calma. Pablo encontró en la filosofía un mundo nuevo que hoy explota con la arquitectura, Bruno no deja de incorporar conocimientos de cada una de las carreras que emprende y Sofí aprendió a ser más flexible y comprendió que un cambio de rumbo no significa fracaso. En la elección de la carrera, como ocurre a veces en las películas, las segundas entregas pueden resultar mejores.

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Testigo en peligro

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Incendio en sierras de Cordoba.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Incendio en sierras de Cordoba.

Mientras ingresamos a una sala de reuniones en la sede de La Vozdel interior el ‘Mono’ Antonio Carrizo me dirige una sonrisa cómplice y dispara su primera confesión de la tarde al referirse a la bifurcación de los límites en el fotoperiodismo: “Quizás…yo no sea el mejor ejemplo”.

Su tarea como editor de la sección imágenes lo obliga a realizar maratónicas jornadas en la redacción: organizar coberturas, asignar notas, gestionar videos y galerías de fotos, asistir después del mediodía a la primera reunión de blancos con los editores de cada sección (en la jerga periodística se llama así a la instancia donde se discuten los contenidos de la próxima edición) y volver a verse las caras cuatro horas después para definir los temas de tapa.

Pero hay tardes en que abandona por un rato su rutina para ganar la calle y accionar el disparador de su cámara como si fuera una ametralladora a repetición. Las cosas importantes ocurren en días así.

Con su uniforme de siempre -chaleco color pastel con bolsillos múltiples, el logo del diario bien visible, camisa blanca, jeans-, el Mono se deja caer en un sillón y se balancea en el lugar, gesticula ante cada frase, se ríe, disfruta recorrer su anecdotario fotográfico.

-¿Qué rasgos distinguen a un fotoreportero?

-“Desde que me inicié como fotógrafo en el diario, hace 33 años, me inculcaron que tenía que diferenciarme de los demás. Tener un estilo, un olfato diferente, pequeños detalles que dan un agregado extra a tu profesión. Intento buscar una foto que sorprenda al lector, que cuando vaya caminando y vea un título se detenga. La foto del momento justo, esa fracción de segundos, ese instante. Cuando salgo a cubrir lo estoy esperando. Una vez le tiraron un vaso de agua en los pechos a Isabel Sarli…y me quedé mirando. Ahí aprendí una lección: hay que estar siempre preparado. Siempre”.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Explosion de la Fabrica Militar de Rio Tercero en 1995.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Explosion de la Fabrica Militar de Rio Tercero en 1995.

Fotógrafo todo terreno

Para el Mono ser fotoreportero está indefectiblemente unido al trajinar de la urbe, al pulso de los fenómenos sociales, algo parecido a empaparse de calle. También implica romper el protocolo en los actos públicos, mezclarse entre activistas y policías en una movilización, perseguir el fuego junto a los bomberos durante un incendio, esquivar balas en tiroteos y, sobre todo, dejar aflorar el instinto: esa premonición que indica cuál es el lugar y el momento preciso para hacer la foto del día. El instante mágico que resume una noticia. Con treinta y tantos años de oficio, el Mono es un ser pasional que incluso pasa noches en vela cuando no aparece la foto que tanto espera.

-¿Cuáles son los límites para conseguir una foto?

-“Lo evaluás en el momento. Hay fotógrafos que tienen más disposición para ir al frente y buscar. Otros se sienten más seguros trabajando con lentes más largos, resguardándose, sin arriesgar tanto. Yo soy de los que quiere estar en el lugar para ser testigo. Con un teleobjetivo largo aplastás mucho la imagen en cambio con un lente más corto reflejás otras cosas, ubicás al lector, mostrás el ambiente donde suceden los hechos”.

-En el fragor de los acontecimientos ¿Pensás en los riesgos?

-“No pienso en el peligro sino en conseguir las mejores imágenes y en cómo llegar donde quizás los otros no se atreven. Se activa la adrenalina y te vas metiendo, te vas metiendo y llega un momento en que estás al lado de un tipo que cae con un balazo en la frente”.

La referencia al balazo no es arbitraria. Todavía recuerda como si fuera ayer una violenta represión durante un corte de ruta en Ledesma (Jujuy) que cubrió junto a un cronista durante los tumultuosos años del menemato.

Aquel día recibieron tantos proyectiles de goma en sus cuerpos que una ambulancia los quería cargar. Se negaron, querían seguir con la cobertura. Esa noche, durante la cena, repasaron la jornada y descorcharon un tinto. Antes de beber el primer trago el Mono propone un brindis con la cuota de humor que lo caracteriza: “Fijate, fijate –le dice al cronista que lo acompaña, el ‘cabrito’ Toledo-, fijate si no pierdo por algún lado”.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Represion en Ledesma, Jujuy (1997).

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. Represion en Ledesma, Jujuy (1997).

En el reino de lo incierto


A veces, el miedo se torna una presencia inquietante. “Podes estar jugado, sentirte hasta las manos, pero si llegas a bajar el lente…en ese momento la cámara pasa a ser algo muy fuerte. Solo puedo pensar que esas imágenes tienen que llegar a la gente. Después tomás conciencia, analizás el panorama y te preguntás si valía la pena arriesgar tanto”.

-¿Se puede predecir el resultado de un cobertura?

-“Depende un poco de la suerte. Cuando vas a hacer una nota no sabés lo que puede pasar. Tenés que estar listo para lo inesperado. Situaciones simples pueden convertirse en algo peor. Un día me envían a una protesta de docentes, a tirar un par de fotos y seguir con otra nota pero a los 10 minutos se desata una batalla campal: perros que mordían a estudiantes, la policía largando los perros, gente que tira piedras y te pasan rozando la cabeza y yo ahí sacando fotos, tratando de registrar y resumir los hechos”.

Por recomendación del director de La Voz envío una de las postales de aquella jornada a un concurso internacional. Tiempo después la Sociedad InteramericanaPrensa le otorgaría el primer premio. “Si querés sacar la mejor foto, buscala. Eso te lleva por ahí a pasar los límites. Yo soy uno de esos. Trato de buscar la mejor foto, de meterme, esto me apasiona”, dijo.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. En territorio de las FARC, Colombia.

Foto: Antonio 'Mono' Carrizo. En territorio de las FARC, Colombia.

-Una vez superados ciertos límites ¿Es más fácil pasarse de la raya?

-“No, creo que te sirve como experiencia para saber hasta dónde pones el cuerpo y qué se puede hacer y que no. La secuencia implica llegar a un punto critico, saber que estuvo en riesgo tu vida, haber regresado, poder decir a tus hijos que volviste a casa, respirar hondo y pensar ‘esto es lo máximo loco, no arriesguemos más’…pero no pongo las manos en el fuego porque cualquier día puede pasar.”

Dice el Mono, otra vez su sonrisa cómplice asomando entre sus mejillas rellenas. En el momento de la partida se disculpa por el café que no fue, propone un vino para la próxima y anota las fotos que me enviará al día siguiente. Caminamos por la rampa de acceso a la redacción y mientras el sol se retira en el horizonte Antonio Carrizo, el Mono, habla de su periplo en Colombia tras los pasos de la guerrilla de las FARC, de las fotos en los festejos por los 120 años del teatro San Martín, de sus incursiones en barriadas miserables y eventos de alto nivel en hoteles cinco estrellas. Imágenes de un mundo al límite, imprevisible y diverso. Como la actitud del Mono cuando se entrega a la calle y se deja llevar.