Archive for 23 abril 2011

El escritor oculto

El medico y escritor H. Lanvers en una aldea Masai durante su ultimo viaje al Africa.

Casi un desconocido para el gran público, H. Lanvers es un médico cordobés que prepara estudiantes de medicina y en sus tiempos libres se dedica a viajar y escribir. Recién llegado de su décima visita al África, relata cómo escribió dos de las novelas más vendidas en los últimos años en Argentina.

 

Hernán Lanvers es rubio, alto, fornido y podría ser la personificación local de Indiana Jones. Se recibió de médico cirujano pero nunca ejerció. Durante muchos años jugó al rugby en el exclusivo Jockey Club aunque a veces no le alcanzaba para comer.

Mientras cursaba tercer año de la facultad descubrió que podía enseñar a otros lo que aprendía en la universidad y abrió su propio instituto que funciona actualmente en Nueva Córdoba.

Lanvers consiguió recibirse con mucho sacrificio. “Era un estudiante muy pobre: vivía en una pensión con cinco peruanos en el barrio Clínicas. Cuando llegaba fin de mes tenía que vender mis libros porque no tenía para comer. Tuve muchos trabajos –incluso fui vendedor de choripanes- hasta que descubrí que era bueno en uno: dar clases. En el primer mes y medio conseguí 40 alumnos y cuando me recibí de médico decidí dedicarme de lleno a la enseñanza”.

Lo reseñado hasta aquí es solo una parte de su historia personal. La otra tiene que ver con su labor de escritor. A pesar de ser casi un desconocido para el gran público, Lanvers es un fenómeno editorial que llegó al tope de las listas de best-sellers con su primera novela ‘África. Hombres como dioses’.

Agotó seis ediciones en Córdoba para luego hacer pie en Buenos Aires y el exterior a través de un sello internacional (Random House/Sudamericana), éxito que se repetiría con su segunda obra ‘África. Harenes de piedra’.

¿Cómo lo logró? Envió ejemplares de su primera novela a cada uno de los 90 empleados de la editorial con una nota redactada de puño y letra en la que les pedía que dedicaran al menos diez minutos al texto y luego le escribieran un e-mail con su opinión…bajo la inocente amenaza de enviarles un nuevo ejemplar todos los meses durante cinco años si no accedían a su pedido.

La arriesgada apuesta dio sus frutos, leyeron el libro y ‘África. Hombres…’ apareció en las librerías de todo el país.

-¿Cómo llegaste a publicar tu primer libro? 

-“Lo único que había escrito antes era una guía en español para escalar el Kilimanjaro, la montaña más alta de África. El editor de entonces me animó a que hiciera algo masivo y eso coincidió con la inquietud de los pobladores del este africano que me consultaban si me dedicaba a escribir o contar historias y…me la jugué”.

Un día de invierno Lanvers recibe un correo electrónico donde le informan que su libro se vende como pan caliente. Lo curioso es que él no sabía que ya estaba publicado. Al poco tiempo llegaría otro aviso anunciándole que estaba entre los 3 autores más vendidos. Seguiría escalando posiciones hasta alcanzar la cima. Envalentonado con las buenas noticias, el autor quería un ejemplar de su libro y se fue a buscarlo a Buenos Aires.

-“Todavía no tenía posibilidad de conseguirlo en Córdoba. Viajé a Capital un domingo para no perder días de trabajo. Entré a un shopping y había una vidriera completa tapizada con mi libro. Compré tres ejemplares y pegué la vuelta. Uno puede creerse muy importante pero la realidad es que la editorial ni siquiera me envió algunos ejemplares de gentileza”.

El éxito de la novela ‘África. Hombres como dioses’ superó fronteras y la obra también se publicó en México y España. Pero Lanvers tampoco recibió ejemplares de esas ediciones.

¿Qué explicación le encontraste a tamaño éxito?

-“Es un fenómeno extraño. El primero lleva dos años en la calle y nunca fue presentado. Las dos entregas son las únicas en los últimos 25 años que llegaron a ser best-seller sin ganar premios y sin protagonizar un gran escándalo. En la primera edición a nivel nacional se lanzaron 12.000 ejemplares cuando a cualquier autor primerizo le editan no más de 1.500 y, sin embargo, se agotaron en menos de un mes. La primera tirada de “África. Harenes de Piedra” fue de 10.000 y desapareció en 15 días”.

¿Cómo te llevas con los intelectuales, con los escritores?

-“Pienso que estamos en rubros distintos. Muchos de los que se consideran escritores escriben complicado, para escritores. Yo escribo para la vieja del almacén de la esquina”.

Lanvers acaba de regresar de su último periplo por África, el décimo. Viajó a Kenia y Tanzania para escalar el monte Meru (4560 mts.) y en su estadía se alojó en una aldea Masai, un pueblo guerrero muy respetado que se distingue por cazar leones. Allí convivió con nativos en chozas construidas con bosta de vaca.

-“De todos los viajes extraigo cosas que después utilizo en mis libros. La idea es dedicarme a escribir únicamente sobre África. Tengo una biblioteca con 500 libros sobre el continente negro”.

-¿Cuándo aparece tu próximo libro?

-“Estoy escribiéndolo y calculo que será publicado en unos tres años. La idea es crear una saga de siete libros con las mismas familias inglesas como protagonistas. Puede llevarme unos 20 años y como no trabajo de esto ni aspiro a ser un novelista profesional…no tengo apuro. Si quisiera trascender más debería mudarme a Buenos Aires pero no me interesa. Quiero hacer todo lo que pueda desde Córdoba y continuar con mi trabajo en el instituto que me entretiene y me divierte”.

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Lejos de las puertas del cielo

Nunca me casé pero ya estoy divorciado. Tras 350 meses de idas y vueltas le puse fin a mi destemplada relación conla Iglesia Católica.

Me van a excomulgar porque así lo quiero.

Me bautizaron unos meses antes del inicio dela Guerrade Malvinas en una parroquia que por entonces quedaba en los márgenes de Villa María.

Mi entrada al reino de dios fue celebrada exactamente dos años antes del nacimiento de mi hermana menor y contó con la presencia estelar de mi abuelo paterno y una amiga de mis viejos que ya no lo es más. Eran los padrinos.

La misa fue pronunciada por un curita que años más tarde sería relevado de sus funciones por sus diferencias ideológicas con la cúpula eclesiástica y sus inapropiadas inclinaciones hacia la chusma y el pobrerío. Se llamaba Hugo Pablo Salvato pero la gente lo recuerda como el padre Hugo.

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Un recuerdo lindo. Una tarde de agosto andaba en una bici celeste por la plaza de barrio Iponá cuando me crucé con otros pibes que aparecían de una capilla con libros y dulces. Debo haberles inspirado piedad –o lástima- porque se volvieron y me invitaron a pasar. Adentro había más niños y manjares por doquier en mesas con manteles blanco comunión.

Me encajaron un libro ilustrado que encontré gracioso: eran tres tipos que andaban por el desierto en unos caballos con joroba. Dejé el libro y ataqué unos alfajores de maicena, llené mis bolsillos de chupetines y subí a la bici para nunca volver.

Un recuerdo feo. La educación marcial de mi abuela hacia catarsis los sábados a la tarde, pleno verano. Era obligatorio asistir a la misa de las 7. Camisa planchada, zapatos negros brillantes, pantalones a la altura del ombligo y un peinado acorde al salivoso lengüetazo de una vaca en celo, me abrían las puertas del cielo.

Era terrible pararse como estatua durante hora y pico haciendo un playback pésimo porque me negaba a aprender los cánticos. Ella me hincaba con el codo y desde sus anteojos rectangulares repetía: “cantá, dale, cantá”.

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No tomé la comunión, tampoco me confirmé, no hice votos de castidad y nunca los haré. Cuestión de principios. Ahora tampoco –ni remotamente- podré casarme por iglesia.

Que diría la abuela de mi padre, mi bisabuela.

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Vuelvo a la vieja capilla donde se selló mi destino cristiano para pedir el certificado de bautismo. En la puerta de la secretaría, sobre el suelo, hay unas botellas de plástico cargadas de agua para ahuyentar a los gatos que se atreven a mear la casa del Señor.

Detrás del mostrador el secretario, un gordito mofletudo, pregunta:

-¿Qué necesita joven?

Le digo y en 30 segundos vuelve con un libro de actas y me muestra la página correcta. Completa el certificado, lo sella y repregunta para qué necesito lo que necesito. Le miento.

–Voy a ser padrino.

Frunce el seño y dice:

–¿Los demás certificados?

-“También los estoy tramitando”, vuelvo a mentir.

Se me queda mirando y pide una colaboración de $ 3 para “gastos administrativos”. Reviso mis bolsillos, solo tengo $ 5. Los recibe, se me queda mirando, hace otra pausa con la vista sobre su escritorio, toma un manojo de llaves sacado de un castillo medieval y balbucea que va a fijarse si el padre tiene cambio.

No lo espero. Me marcho.

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El arzobispado de Córdoba tiene portero eléctrico y un tipo sentado detrás de un escritorio que escruta a todo aquel que no conoce. Aunque no lo crean todos allí lo llaman Cruz ¿Se llamará Juan Cruz?

Ni bien me ve entrar, requisa. Enseño mi carta de apostasía y me hace pasar a una pequeña sala frente a la oficina del vicario. Diez minutos más tarde, el Secretario-Canciller-de-la-República-de-Córdoba-del-Vaticano-en-el-Exilio me recibe con cara de pocos amigos. Sabe porqué estoy sentado en su oficina pero igual pregunta.

Pide que complete a mano el formulario de renuncia ala Iglesiay envuelto en un silencio sepulcral me escrutará con la vista hasta el instante en que abandone su oficina. Ambos firmamos al pie la rescisión del contrato de fe y luego lo sella. Me extiende una copia y dice que el titular de la diócesis de Villa Maria tiene que dictar un decreto antes de marginar el acta.

-¿Cuánto tiempo?

-(piensa, piensa, piensa)…unos 30 días más o menos.

-De todos modos, me van a notificar?

-(…silencio…).

El secretario-canciller no se despide, no estrecha mi mano, no me acompaña hacia la salida.

Me retiro como llegué, por la puerta grande. Cruz no está en su escritorio. Cuando observo por encima del marco, Karol Wojtila me saluda desde una foto con su sonrisa de papa móvil. Le devuelvo una mirada lacónica y bajo a toda prisa los escalones de mármol blanco que me devuelven al mundo real. Tengo que llegar al laburo.

Cabezas humeantes

estudiantes destacados

Estudiantes de alto vuelo académico.

 

 

Admirados, envidiados o condenados por sus singulares capacidades, los estudiantes destacados afirman que encontrar la fórmula propia del éxito es la llave para alcanzar grandes resultados. En la siguiente crónica te contamos tres historias fuera de lo común.

 

Nerd, comelibros, traga, bocho, cerebrito, genio, groso son solo algunos de los múltiples apodos que reciben aquellos que dedican una devoción inusual a sus estudios.

El promedio general, esa convención creada para ‘medir’ el nivel de conocimientos, les sonríe siempre o casi siempre. Suelen ser inteligentes y cultos, obsesivos y perfeccionistas, tímidos y nerviosos, y sobre todo humanos.

Doctambulos! fue a buscarlos a las universidades para averiguar quiénes son esos chicos que hacen fácil lo que a muchos les resulta imposible.

 

El salteño de los días perfectos

 

Tres pibes abrumados de tanto sol persiguen una nube que surca el cielo frente a la Facultad de Astronomía, Matemática y Física de la UNC. Es mediodía de viernes y en el ingreso al edificio un chico de frondosa cabellera rizada a lo Bob Patiño cruza los brazos a la altura del pecho y durante unos segundos eternos aprieta con su mano derecha el escudo del equipo de sus amores –Belgrano- que sigue estampado sobre la camiseta que viste. Habla con otro -lentes oscuros, bermudas negras- sobre la transformación de la materia. De repente el ruludo recobra su gesto adusto: “Todavía no rendí Álgebra”, dice con pesar y el otro se le queda mirando enmudecido, sin saber que hacer, dónde encontrar consuelo. Mientras tanto, en el segundo piso, Hebe chequea su correo en una de las compus del Centro de Estudiantes. Le pido un nombre, promete conseguirlo.

 

Cuatro días después, en un departamento ubicado en el corazón de Nueva Córdoba, Alejandro Naser Pastoriza se bajará tres termos completos de Mate Listo Taragüí antes de contar su historia de estudiante exquisito. Ale es un pibe diez. Para que quede bien claro: su historia académica en la Licenciatura en Computación registra un promedio -escalofriante- de dos dígitos, diez.

 

-¿Cuál es el secreto para obtener un puntaje ideal?

 

-Depende de muchos factores: es muy difícil tener siempre un buen día, saber escribir bien, saber manejar los tiempos en exámenes que duran entre 5 y 6 horas. Si bien estudio a fondo las materias, mi habilidad principal es saber rendir finales. Hay una diferencia muy grande entre una cosa y la otra.

 

Dice Ale. Su romance con los números se remonta a 2004, cuando comenzó a participar de las olimpiadas nacionales de matemáticas durante el 5to año de secundario. Las competencias lo cautivaron de tal manera que estaba decidido a abandonar el cole a pesar de la resistencia de sus padres y profesores. Se recibió a duras penas y viajó 1200 kilómetros desde Orán –Salta- para estudiar Matemáticas en Córdoba. Siguió con las olimpiadas y obtuvo numerosos reconocimientos junto a su amigo y ex compañero Diego Sulca. La Competencia Ernesto Paenza, la más importante a nivel universitario, fue una de las victorias más celebradas por el dúo.

 

-Son instancias donde se prueban los conocimientos adquiridos pero a su vez se pone en juego un nivel de ingenio poco común -nada trivial- que requiere años de entrenamiento.

 

Lejos del estereotipo nerd, a Ale le cuesta horrores seguir una rutina o cursar en la facu. Prefiere vivir de noche, descansar de día y comer cuando pinta. En 2008 vivió un año sabático de fiesta y descontrol pero ahora está de novio e intenta llevar una vida “más tranquila”. Mientras, en 2011 se propone cursar materias de 2do y 4to año en Computación.

 

-¿Te gustaría mantener tu rendimiento académico?

 

-Aun no me decido. Un ejemplo: me pasó de promocionar con 9 Algoritmo y Estructura de Datos I y ¿qué hice? Rendí el final para sacarla con 10. Eso es algo bastante odiable para el resto…pero decir 10 es supremo. Abrir tu historia académica y ver que el promedio con aplazos suma 10 es hermoso. Una historia académica así es una obra de arte.

 

El fin justifica el bochazo

 

Siesta de Miércoles. Llovizna, garúa finito. Andrés Valdéz piensa que es un momento especialmente oportuno para tirarse a la cama y sintonizar Los Simpsons pero en cambio tiene que conformarse con ver llegar al cronista de Doctambulos! a las corridas. Dos cafés, libros por doquier, de fondo suena un tema viejísimo de Los Redondos. Andrés dice que dejará todo para ir a Salta a ver la presentación del Indio Solari. Aclara que le gusta leer textos de Cortazar, Sabato y Walsh pero las obras que verdaderamente lo cautivan son aquellas con las que se formaron sus profesores de Ingeniería Mecánica en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN).

 

-Siempre busco los libros que usaron mis profes cuando ellos cursaron la carrera. No me interesa los que ellos me proponen ahora porque yo no quiero estar al nivel de mis compañeros, siempre quise estar al nivel de mis profesores. Tener esos libros en las manos genera cierto fetichismo. No hay mayor satisfacción para un estudiante.

 

Andrés es, en realidad, Pinky en honor al verdadero cerebro de la dupla de dibujos animados. Así lo apodaron en la secundaria y así lo conocen todos en la UTN.

 

-En las últimas elecciones de consejeros estudiantiles tuve que ir curso por curso aclarando que soy Andrés Valdéz. Seria feliz si la boleta dijese Pinky…me ahorraría un trabajo astronómico.

 

Pinky forma parte de un grupo de investigación y estudio que se dedica al calculo estructural de elementos finitos, “una herramienta que permite resolver ecuaciones diferenciales con menos condiciones de contorno”, explica. Ante mi cara de zozobra, pide disculpas y entre risas dice que quiénes lean esto seguro van a entender. Ojalá.

 

Si bien su prioridad es recibirse, ello no equivale a realizarlo a cualquier precio. Estar a la altura de los profes implica que si alguno de los integrantes del grupo contesta mal una pregunta ante una instancia de examen final ¡el estudiante en cuestión solicitará que lo reprueben automáticamente sin derecho a replica!.

 

-Nosotros tratamos de explicarle ‘profe en esta materia me fue bien pero esta pregunta que usted me hizo está incorrecta, ya está, cortemos acá, póngame el 2’. Podríamos  pedir que nos coloquen ausente pero preferimos que nos aplazen porque es lo que realmente corresponde.

 

Dice Pinky. Como si nada fuera suficiente, tiene un talento poco frecuente: cursa materias y rinde finales en tiempo record. De las 12 materias que cursó en 2010, rindió y aprobó 9. Actualmente está cursando 8 materias de Ingeniería y 2 de Física en Famaf. Lleva al día su carrera prioritaria: está en 4to. año y tiene apenas 21 años. Además, acaba de editar un libro titulado ‘Termodinámica Técnica’ que será publicado en abril por la editorial Universitas. Y, por si ya lo olvidaron, cuando este ejemplar esté en tus manos él ya habrá regresado de Salta, empapado de pasión ricotera.

 

Premiada en valores

 

Cae la tarde del miércoles y la llovizna se intensifica acompañada ahora por una suave brisa del sur. Estoy retrasado y para llegar más rápido voy haciendo zancadas por calle Montevideo, evadiendo charcos.

Paula Ledesma me recibe en una oficina sobria, un estudio de abogados: despacho, biblioteca, cámara de seguridad. Sentada detrás del escritorio familiar destila pulcritud: cabello largo recogido, aros perlas blancas, sonrisa amplia de brackets estéticos, remera al tono y un enorme pañuelo negro y blanco anudado al cuello que disimula cualquier atisbo de piel coronado por pulseras y anillos en ambas manos.

 

Paula está a punto de egresarse de la licenciatura en Recursos Humanos y fue seleccionada como la estudiante destacada de 2010 en la Universidad Empresarial Siglo XXI (UE) por reunir los valores que esta última proclama: dedicación al estudio –tiene 9.04 de promedio general-, liderazgo y compromiso social. En 2012 planea realizar un Maestría en Administración de Empresas.

 

-¿Cómo haces para tener un desempeño académico tan elevado y realizar otras actividades?

 

-“No es imposible llevar una vida a la par de los estudios. Para mi los 4 ingredientes indispensables son organización, esfuerzo, dedicación y entusiasmo. No me cuesta dejar de salir un finde por estudiar pero tampoco estoy estudiando todo el día. Tengo otras ocupaciones que si me pongo a contarte vas a preguntar ‘¿Cuando dormís?’”.

 

En síntesis, su amplio abanico de actividades comienza por la tesis y continua con el asesoramiento a empresas en una consultora de rr.hh.; como ayudante en la cátedra Emprendimientos Universitarios de la UE; colaborando con la Fundación Nalbaldian y también en la Fundación Junior Achievement; formando parte de un grupo juvenil católico (Fasta) y participando de “una red pro-vida a nivel nacional que trabaja con jóvenes el tema de la drogadicción y la prevención del aborto”, explica.

 

-¿Cómo influyó el premio en lo personal y en lo profesional?

 

-“En la facu todos los profes me saludan pero algunos compañeros no tan compañeros me dejaron de hablar de un día para el otro…quizás un poco de envidia, no se, pero mis amigos amigos siempre están. En lo laboral yo tenía toda la esperanza. Mi sueño fue siempre trabajar en empresas grandes con una estructura de rr.hh. armada desde la cual nutrirme -como Roggio, Arcor o Coca-Cola- pero lo que conseguí en la consultora es algo más particular. Mi segundo sueño es tener mi propia consultora pero primero quiero tener más experiencia. Es difícil que vengan y me busquen con 23 años”.

 

Paula tiene que partir a su clase de Inglés y yo debo continuar mi camino. Antes de la despedida le ofrezco un ejemplar de Doctambulos! –N° 43, Septiembre de 2010-. La ojea rápidamente y al pasar una nota sobre Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS) dice “¡Porque ponen tantas cosas de sexo, todo pasa por el sexo, hay cosas mas importantes!”. Ensayo una justificación, le digo que la nota explica cómo prevenir las ETS. Ella contesta:

 

-“Si, si, no te acostés con cualquiera y vas a ver como las vas a prevenir de rápido…había un artículo que hablaba de los homosexuales, de una película gay, no me acuerdo…acá está (lee el titulo de la página 51, en voz alta):  “Una fiesta (del cine) gay”. Me dejo ésta, haber que dicen”.

 

Amores no correspondidos

Era la maestra de jardín de infantes y el primer amor que registra mi memoria. Se llamaba Maribel. Me regalaba las sonrisas más cálidas del mundo cuando entraba en la sala y en las despedidas, tan lacónicas. Mi papá –que intuía lo que pasaba- me enseñó una canción del flaco Spinetta donde aparecía una chica con su nombre.

 

“Maribel, Maribel,

canta

canta toda la vida

canta con emoción

y al partir sentirás

una brisa inmensa de libertad…”

 

En mi castillo de ensueño ella era una princesa que dormía sobre nubes de algodón y te seducía con su sonrisa irresistible. Su voz era un cantar de violines y olía a jazmines su delantal azul-celeste.

 

No recuerdo detalles de sus facciones pero si su larga cabellera y esa sensación incómoda cada vez que la clase terminaba: ella saludando desde el pórtico y yo, en brazos de mi padre, calle abajo, mirándola, desconsolado, enjugándome las lágrimas porque no era mía todos los días, todas las noches.

 

**********

 

Teníamos 10 años y vivía a dos casas de la mía. Su mamá se vanagloriaba de cierto linaje aristocrático diciendo que por su venas corría sangre proveniente de una cementera fabulosa

y sin embargo

viajaba todos los días en un auto casi tan destartalado como el nuestro. Era blanco, Peugeot, 500 y algo. Una tarde de malicia infinita decidimos volarlo a nuestra manera.

 

Con dedicación de artesanos robamos unos cuantos proyectiles del pedregoso jardín de Ceci. Horas después la señora intentó encender el motor: el escape reventó como un colador y por unos instantes se transformó en una ametralladora a repetición. Lejos de la escena del crimen hicimos un pacto de silencio que perdura hasta hoy. Nunca lograron inculparnos.

 

Ceci era delicadamente irresistible.  Usaba unos vestiditos casi siempre blancos, casi siempre debajo de la rodilla, que la convertían en la bomba sensual de la pandilla. Era la única, todos moríamos por ella. Todos: Maxi, Andrés, Lucas y yo. Maxi era el más intrépido y audaz pero su casa modesta y el Ford A del viejo no lo hacían un buen partido.

 

En realidad la mirada de Ceci siempre estuvo puesta más allá de nuestra cuadra, frente a la plazoleta, en una casona amurallada que escondía su opulencia y era territorio privado de dos hermanos. Segura de su belleza y dueña de una altanería vocinglera, era digna hija de su madre.

Ceci podía ir, la invitaban.

 

Nosotros, bien gracias.

 

**********

 

Fue en una noche sin luna, de esas en que duele respirar. Caminábamos por el Boulevard España, en las planicies eunucas de Villa Maria, con las manos en los bolsillos y el mentón pegado al pecho para resistir mejor los embates de un junio desmadrado.

 

Moríamos de ganas por entrar sin invitación a un fiesta prohibida. La marcha era intensa pero nadie hablaba y si alguien se atrevía a romper la letanía del viento era solo para corregir el rumbo.

 

En la entrada al salón de fiestas había un pibe fumando en la oscuridad. No lo conocíamos y saludó parcamente. La puerta estaba franqueada por un panzón que decía ser primo de la cumpleañera y miraba con cara de pocos amigos. Como el tiempo pasaba y nuestro contacto no aparecía, los más impacientes nos fuimos a Circuit a quemar unos tiros al pool. Después el grupo se desbandó.

 

Aburridos y cansados regresamos hacia la casa donde se cocinaba un encuentro entre compañeros de 2do. ‘B’. Tres horas atrás nos escapábamos de ahí porque se habían agotado nuestros temas de conversación. Ahora es diferente, tengo un objetivo.

 

Las luces de la casa y de la calle estaban apagadas. Para no despertar a la familia trepamos el portón de acceso al patio y de un salto entramos en la galería. No son muchos: cuatro o cinco chicas y otros tantos pibes sentados alrededor de una mesa improvisada con tablones de madera. Charlan por lo bajo, cuchichean.

 

Me siento a su lado pero esquivo la charla hasta que los demás parecen distraídos y balbuceo mi pregunta incómoda:

 

-Ana ¿Podemos hablar?

 

-No.

 

Dice ella, sin siquiera mirarme, intentando ahorrarme el papelón. Insisto. Ella solo atina a negar con la cabeza y sus ojos vagan por la habitación como si buscaran una grieta por la cual filtrarse hasta desaparecer.

 

Quiero hacer como si nada hubiera pasado pero está Pablo grabando cada escena en su retina, presto a vomitar a los ausentes mi derrota amorosa con letras de molde.

 

Quiero salir corriendo pero no: me quedo un rato más destornillado en esa silla, sin conciencia de lo que me espera el lunes, con la vergüenza a flor de piel, con los días de inapetencia y las noches desesperadas sobre la espalda…y no puedo dejar de pensar en las charlas deliciosas que Ana me regalaba en las horas de Física y en cuando empezó todo y en dónde quedó todo aquello.

Afuera amanece.