Dos extraños en el rotary club

 

Con Melvin durante la colación de grado, meses después del agasajo en el rotary club.

Con Melvin durante la colación de grado, meses después del agasajo en el rotary club.

 

¿Qué pueden hacer dos tesistas de comunicación social en la sede de una distinguida y prestigiosa organización de “gente bien” que realiza campañas de “bien público” y que incluso a veces se pre-ocupa por los más necesitados?

 

Intentan obtener su tajada inspirándose en el legendario Robin Hood: quitarle a los ricos para darles (darnos) a los pobres.

 

Por entonces queríamos liquidar nuestro trabajo final y que todo ese laburo de extenuantes meses no fuera olvidado en una estantería de biblioteca…pero faltaban los billetes que lo hicieran posible.

 

Con el beneplácito de uno de sus ex presidentes y tras mucho insistir fuimos convocados por la mesa directiva del rotary club.

 

El día indicado, sin saber muy bien de que se trataba, nos encontramos con Melvin en el lobby de una especie de hotel –el parecido lo hace casi indistinguible- en el que somos recibidos por nuestro contacto, el doctor Ele.

 

El Doc nos conduce al entrepiso donde tienen lugar los preparativos de un fastuoso almuerzo con manteles y servilletas al tono, decenas de mesas redondas, sillas de roble y cartelitos impresos con el nombre de cada comensal.

 

Mozos de uniforme, señores de cuello blanco y corbata, señoronas de trajecito, un maestro de ceremonias, un atril, micrófono y alta voz; pantalla gigante, obras de dudoso gusto estético firmadas por pintores ignotos -pero con apellidos ilustres- adornan las cuatro paredes.

 

Todo esto en un ambiente dominado por un respetuoso silencio de velorio. Y nosotros ahí, haciéndonos los serios, disimulando el nerviosismo, escondiendo las inseguridades propias de la hora.

 

El universo de los elegidos

 

Sorteamos el sector donde hay que desembolsar dinero y nos ubican cerca del atril. Después sabremos que esa es la mesa de los directivos. El salón se completa a ritmo frenético. Los rotarios aman las reuniones protocolares.

 

Manos anónimas que saludan, rostros desconocidos que sonríen, diálogos medidos e intrascendentes se suceden alrededor de la mesa de los jefazos. La nota de la jornada la da el grupete de chupa-medias de turno que se desvive por ocupar un lugar preferencial para agradar al Presidente.

 

Desde su interior el rotary luce bastante venido a menos: se asemeja demasiado a una de esas colonias de vacaciones para ancianos que están desperdigadas en las sierras cordobesas.

 

Para terminar de darle el tinte de kermés glamorosa-chauvinista que le falta a la escena, el maestro de ceremonias anuncia el sorteo de un óleo a cambio de un módico aporte de los rotarios que será destinado a “obras de caridad”.

 

Me pregunto desde hace cuanto tiempo este coqueto edificio dejó de ser el rincón obligado para torcer el futuro de los gobiernos de turno. Es que esta suerte de palacete victoriano es compartido con otro reducto del exclusivismo: el jockey club.

 

La cercanía de ambos clubes no es solo una cuestión de ubicación geográfica: suscriben una misma visión del mundo, comparten una ideología determinada.

 

Para los desmemoriados recordemos que en un pasado no tan lejano desde aquí se brindo apoyo a “revoluciones” (conservadoras), se promovieron “golpes institucionales” (en defensa de las instituciones, ¡ja!) y se agasajó a personajes de dudoso pasado e inquietante porvenir (políticos, militares, etc.).

 

Un público difícil

 

Pero eso poco importa ahora. Estamos frente a un auditorio que se divide entre ojos inquisidores y miradas evasivas. Me lavo las manos soberanamente y le dejo la platea enmudecida a Melvin, que se agranda en las difíciles.

 

Hacemos la presentación del proyecto pero no logramos cautivar a los presentes. Transcurren los minutos y un molesto murmullo se apodera del salón.

 

Cerramos la disertación a duras penas y un aplauso lastimoso recorre el lugar mientras volvemos disparados hacia nuestros asientos. De nuevo: saludos de rigor, sonrisas de ocasión, alguna que otra palmadita en la espalda.

 

La ceremonia está promediando y regresamos al centro de la escena para que el Jefazo nos entregue un “diploma de honor” con nuestros nombres. Nos toman una foto a cada uno: que aparezca el mandamás lo amerita.

 

Aquel episodio fue lo más cercano que estuvimos de la concreción de nuestro proyecto de tesis. Después, como antes, solo hubo promesas y postergaciones indefinidas.

Si hasta llegaron a decir que nos asignaron un mentor –nuestro tío rico- que no puede atender nuestras demandas porque se debate entre la vida y la muerte.

 

Nunca conocimos al supuesto padrino, tampoco sabemos si sigue vivo… Cuando al fin caímos en la cuenta que estábamos frente el naufragio del sueño postergado, descubrimos la agonía de una posibilidad que solo latía en dos personas y reclamaba atención desde una pila de papeles.

 

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