Archive for 21 abril 2009

Dos extraños en el rotary club

 

Con Melvin durante la colación de grado, meses después del agasajo en el rotary club.

Con Melvin durante la colación de grado, meses después del agasajo en el rotary club.

 

¿Qué pueden hacer dos tesistas de comunicación social en la sede de una distinguida y prestigiosa organización de “gente bien” que realiza campañas de “bien público” y que incluso a veces se pre-ocupa por los más necesitados?

 

Intentan obtener su tajada inspirándose en el legendario Robin Hood: quitarle a los ricos para darles (darnos) a los pobres.

 

Por entonces queríamos liquidar nuestro trabajo final y que todo ese laburo de extenuantes meses no fuera olvidado en una estantería de biblioteca…pero faltaban los billetes que lo hicieran posible.

 

Con el beneplácito de uno de sus ex presidentes y tras mucho insistir fuimos convocados por la mesa directiva del rotary club.

 

El día indicado, sin saber muy bien de que se trataba, nos encontramos con Melvin en el lobby de una especie de hotel –el parecido lo hace casi indistinguible- en el que somos recibidos por nuestro contacto, el doctor Ele.

 

El Doc nos conduce al entrepiso donde tienen lugar los preparativos de un fastuoso almuerzo con manteles y servilletas al tono, decenas de mesas redondas, sillas de roble y cartelitos impresos con el nombre de cada comensal.

 

Mozos de uniforme, señores de cuello blanco y corbata, señoronas de trajecito, un maestro de ceremonias, un atril, micrófono y alta voz; pantalla gigante, obras de dudoso gusto estético firmadas por pintores ignotos -pero con apellidos ilustres- adornan las cuatro paredes.

 

Todo esto en un ambiente dominado por un respetuoso silencio de velorio. Y nosotros ahí, haciéndonos los serios, disimulando el nerviosismo, escondiendo las inseguridades propias de la hora.

 

El universo de los elegidos

 

Sorteamos el sector donde hay que desembolsar dinero y nos ubican cerca del atril. Después sabremos que esa es la mesa de los directivos. El salón se completa a ritmo frenético. Los rotarios aman las reuniones protocolares.

 

Manos anónimas que saludan, rostros desconocidos que sonríen, diálogos medidos e intrascendentes se suceden alrededor de la mesa de los jefazos. La nota de la jornada la da el grupete de chupa-medias de turno que se desvive por ocupar un lugar preferencial para agradar al Presidente.

 

Desde su interior el rotary luce bastante venido a menos: se asemeja demasiado a una de esas colonias de vacaciones para ancianos que están desperdigadas en las sierras cordobesas.

 

Para terminar de darle el tinte de kermés glamorosa-chauvinista que le falta a la escena, el maestro de ceremonias anuncia el sorteo de un óleo a cambio de un módico aporte de los rotarios que será destinado a “obras de caridad”.

 

Me pregunto desde hace cuanto tiempo este coqueto edificio dejó de ser el rincón obligado para torcer el futuro de los gobiernos de turno. Es que esta suerte de palacete victoriano es compartido con otro reducto del exclusivismo: el jockey club.

 

La cercanía de ambos clubes no es solo una cuestión de ubicación geográfica: suscriben una misma visión del mundo, comparten una ideología determinada.

 

Para los desmemoriados recordemos que en un pasado no tan lejano desde aquí se brindo apoyo a “revoluciones” (conservadoras), se promovieron “golpes institucionales” (en defensa de las instituciones, ¡ja!) y se agasajó a personajes de dudoso pasado e inquietante porvenir (políticos, militares, etc.).

 

Un público difícil

 

Pero eso poco importa ahora. Estamos frente a un auditorio que se divide entre ojos inquisidores y miradas evasivas. Me lavo las manos soberanamente y le dejo la platea enmudecida a Melvin, que se agranda en las difíciles.

 

Hacemos la presentación del proyecto pero no logramos cautivar a los presentes. Transcurren los minutos y un molesto murmullo se apodera del salón.

 

Cerramos la disertación a duras penas y un aplauso lastimoso recorre el lugar mientras volvemos disparados hacia nuestros asientos. De nuevo: saludos de rigor, sonrisas de ocasión, alguna que otra palmadita en la espalda.

 

La ceremonia está promediando y regresamos al centro de la escena para que el Jefazo nos entregue un “diploma de honor” con nuestros nombres. Nos toman una foto a cada uno: que aparezca el mandamás lo amerita.

 

Aquel episodio fue lo más cercano que estuvimos de la concreción de nuestro proyecto de tesis. Después, como antes, solo hubo promesas y postergaciones indefinidas.

Si hasta llegaron a decir que nos asignaron un mentor –nuestro tío rico- que no puede atender nuestras demandas porque se debate entre la vida y la muerte.

 

Nunca conocimos al supuesto padrino, tampoco sabemos si sigue vivo… Cuando al fin caímos en la cuenta que estábamos frente el naufragio del sueño postergado, descubrimos la agonía de una posibilidad que solo latía en dos personas y reclamaba atención desde una pila de papeles.

 

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Tiempos de peña

Peñas no: Esta vez no pudo ser en el comedor universitario.

Peñas no: Esta vez no pudo ser en el comedor universitario.

Sábado 22:30. La caminata por la desolada ciudad universitaria es interrumpida, apenas, por el paso de algún colectivo que no detiene su marcha. Las sombras de la noche reflejadas en el suelo se confunden con mis pasos, huidizos, presurosos de llegar a destino.

 

Es noche cerrada y el silencio espectral que reina da un marco atípico para una peña universitaria. Rodeo la facultad de Odontología y me encuentro con el Comedor en penumbras.

 

 

Algo anda mal: reunidos en torno a algunas cajas con comida, a la intemperie, un grupito se aburre. En cuestión de segundos nos ven y una de las chicas viene hacia donde estamos con paso decidido.

 

 

“¿Vienen a la peña de Rally?” –pregunta la chica en un español con inconfundible acento galo-. Sin esperar respuesta explica que el Comedor fue clausurado, que están organizando para ir hacia la costanera, al lugar de reemplazo.

 

 

La francesa nos invita a sumarnos al grupo. Accedemos. Son parte de la organización del evento, de la universidad trashumante y tienen la tarea de dar aviso a los desprevenidos. Si los recién llegados no cuentan con medio de movilidad, también intentan proveérselo.

 

 

Mis alpargatas no son de gran ayuda: está algo frío y la dilatada espera por el transporte se ve compensada por una empanada caliente y una gaseosa…también caliente.

 

 

Somos los primeros de una abultada lista que comienza a engrosarse con el correr de los minutos. De los cuatro puntos cardinales se filtran a cuentagotas parejas, grupos de amigos, gente joven y no tanto, algún alma solitaria. Todos traen la misma cara de perplejidad, mezcla de resignación y expectativas contenidas.

 

 

Un colectivo se estaciona junto al cordón. Ya somos unos 40 pero se registran algunas bajas porque la mayoría de los automovilistas que sigue camino hacia la “verdadera” sede de la peña acepta llevar a más gente si cuenta con asientos disponibles.

 

 

Cuando el ánimo de los más jóvenes empieza a caldearse se da la orden de abordar. El micro se completa. Los chicos de la organización se quedan un rato más, en inmediaciones del comedor, alertando a los trasnochados que siguen llegando en pequeñas dosis.

 

 

Desde la ventana observo el festín de dos perros hambrientos que ante un descuido de los trashumantes se apoderan de las cajas con empanadas. Luego, uno de ellos sumerge el hocico en un vaso de gaseosa sin chorrear ni una gota. Nada se desperdicia cuando el hambre apremia. 

 

 

Sábado 23:45. En Captain Blue XL la peña está en pañales. Del tablado bajan las primeras melodías: zambas suaves y chacareras cansinas son acompañadas por un cuerpo de baile al pie del escenario.

 

 

La concurrencia aún no es nutrida y se agolpa junto a los bailarines. En la entrada los cuadros del expositor de turno son ignorados por la mayoría.

 

La escena se continua con sendas barras de bebidas a ambos lados del predio para terminar en los baños y exactamente en frente se erige un improvisado stand de merchandaisin del colectivo trashumante ofreciendo remeras, libros y cedes del artista que cierra el evento.

 

La previa al número central se extiende pero a nadie parece importarle demasiado. Los unos, pegados contra el escenario se concentran en la música, los otros, más dispersos y al fondo, charlan a sus anchas. Entre diálogos y presentaciones la noche transcurre sin sobresaltos.

 

 

Domingo 1:15. La calma iniciatica deviene en montonera, intensidad, energía y entrega con la presencia de los jujeños Inti Huayra. La síntesis de sonidos latinos y acordes andinos deja estupefactos a unos cuantos, entre los que me incluyo.

 

 

Pronto se termina y se hace carne una sensación de orfandad musical, algo semejante a una hambruna que no fue saciada. Queremos, necesitamos, ver y oír  más de Inti Huayra. Si el municipio no lo frustra, el 15 de mayo tendrán “su” peña en el Comedor universitario.

 

 

Domingo 2:30. Con la platea todavía extasiada por el vendaval jujeño hace su entrada Raly Barrionuevo. Primero presenta a su pareja musical de la noche Laura Ros. Comparten 15 minutos en escena ante un público silencioso, demasiado silencioso. Ella es una chica poco carismática pero con una voz prodigiosa. 

  

 

En su faz solista, Raly también hizo de las suyas en una maratónica velada que se completo con algunos temas recientes y muchos clásicos que fueron acompañados de efusivos bailes entre chinitas y mocitos.

 

 

Pañuelos blancos al viento, manos que se toman, zapateos, giros y el aire denso de la ciudad pegándonos en la cara.   

La ventana

La ventana es una bisagra abierta al mundo.

La ventana es una bisagra abierta al mundo.

 

He pasado varios años interiorizándome de los avatares del mundo, sus penurias, sufrimientos, marchas y contramarchas.

 

 

Sin embargo, entre las inconmensurables regiones del orbe ninguna despierta en mi tan poderosa e inigualable atracción como Latinoamérica.

 

Diarios, periódicos, revistas, libros, publicaciones, artículos y relatos de viajeros alimentaron mi espíritu hasta la llegada de un nuevo tiempo, el de las vivencias en primera persona.

 

Lo que ocurre tiene una explicación. Me canse de observar la patria grande por la ventana. Por cierto, el protagonismo de esta historia no recaerá sobre el escriba sino en lo que ocurra a su alrededor, en el camino, en el curso de una travesía que arranca en Córdoba y terminará en algún lugar.

 

Primer paso

Pero antes de todo hubo una antesala, una protohistoria. Tras años de postergaciones viajeras el inmovilismo se tornó insostenible. Asumir la decisión no fue tan difícil. Su concreción, en cambio, demanda esfuerzo personal. Un sustrato inmaterial alimentado por el motor del deseo de hacerlo.

 

De cara a este proyecto el fin si justifica los medios. Desterré al baúl del olvido la proclama que decía ‘nunca volverás a pisar un call center’.

 

Me sumergí en el submundo de las llamadas telefónicas con la mira puesta en la recaudación y, por suerte, la experiencia en el kill center tiene fecha de vencimiento próxima.

 

Falta poco, resta menos: reviso calendarios, hago números, planificó, sueño despierto, respiro, sigo viviendo. Mientras espero el día de la partida me entretengo con los preparativos.

 

De vez en cuando me asomo a la ventana. Entonces el horizonte se fija en mis ojos y la huella del camino se presenta sin anunciarse, recorre los frontales, se ensancha en los parietales hasta colarse por los occipitales. Después el rastro se pierde y yo también…