Archive for 23 diciembre 2008

Una explicación para doña Rosa

En una tapa de elvernaculo aparece una viejita parecida a Doña Rosa

En una tapa de elvernaculo aparece una viejita parecida a Doña Rosa

 

Con doña Rosa nos conocemos desde hace varios años. Ella vive con su hija en un departamento de dos ambientes, en pleno centro cordobés. Casi nadie la visita y desde que una caída la obligó a caminar con andador ha renunciado al contacto con el mundo exterior.

 

No le costó acostumbrarse. Dentro de esas cuatro paredes se siente segura y su hija se encarga que nada le falte. Cualquier diría que pasa muchas horas en soledad pero ella tiene una amiga fiel: la tele.

 

Rosa vive con la tele y a través de la tele. La realidad televisada de Rosa le permite almorzar con Mirtha Legrand, tomarse un yogurt libre de colesterol, bailar por un sueño y hasta enamorarse del actor buen mozo que aparece en la novela de la siesta. Si hasta sus opiniones son una reproducción exacta de lo visto y oído en la tele.

 

Una tarde en su casa me pide que le cuente que es eso del periodismo cultural porque ella sólo conocía a los periodistas de espectáculo. Dice que escuchó cuando Analía, su hija, me preguntó si trabajaba y yo respondí algo de una revista de interné y ahora ella también quiere saber.

 

No se por donde arrancar. Para ganar tiempo le pido que me cuente que sabe ella de los periodistas de espectáculos. Se acomoda en la silla como para dar un discurso y me doy cuenta que va a ser más difícil de lo que pensaba…

 

Para doña Rosa estos cronistas forman una casta de advenedizos. Se hacen invitar a eventos con entradas agotadas, reciben trato preferencial por parte de organizadores y artistas -siempre consiguen buenas ubicaciones y todos les rinden pleitesía-, y se codean con el jet set en un entorno plagado de lujo, mujeres y despilfarro. 

  

“Son estrellas que brillan sin subirse a un escenario”, intenta explicarme Rosa mientras se zambulle en su mecedora para darse una panzada de zapping entre Rial y la Canosa.

  

Quiero reírme y llorar al mismo tiempo. Intento ensayar una explicación pero me quedo balbuceando sólo: Rosa está extasiada con la tele. Los truculentos detalles del escándalo de turno ejercen un efecto 100 veces más poderoso que mis alicaídas cualidades de orador circunstancial.

 

Llega la pausa. Aprovecho el momento para comentarle mi experiencia en elvernáculo. Le relato mi primera -y frustrada- cobertura: la presentación de un libro cuya autora seguramente se había fugado de una obra del colombiano Botero; que sus poemas eran un compendio de palabras gastadas y que la autorotulada escritora logró despistarnos porque el evento se realizó en una sala del circuito oficial -según parece porque tiene amigos influyentes-.

 

Rosa ríe a carcajadas mientras se impulsa en la mecedora. Se agita un poco y se detiene. Sigue sin entender pero la situación le resulta lo suficientemente grotesca como para mantenerse callada.

  

Le cuento que en otra ocasión todo el staff de la revista fue invitado a la Sexpoerótica. Ahora le brillan los ojitos y más arrugas se le marcan en la frente. Aunque Rosa ya se ha retirado del club del sexo -por lo menos desde que enviudó, en 2001- cada vez que alguien dice el término su rostro se transforma: ahí aflora su estampa de vieja verde.

 

Baja el volumen de la tele y por primera vez me observa intrigada.

 

Le relato mi decepción de “la” feria del sexo porque sólo había hordas de onanistas buscando alternativas para dejar de rascarse compulsivamente la bragueta. Rosa vuelve a relojear la tele. Tengo que remontar, urgente.

 

Me explayo, entonces, sobre la clase de sexo oral que “dictó” la impresentable Natacha Jaitt dando muestra de una proverbial flexibilidad bucal para deglutir una salchicha Vienisima de 20 centímetros.

 

El movimiento pendulante de su mecedora y sus chillidos faraduleros indican que todavía no la perdí. Rosa repite como quién acaba de descifrar un problema matemático irresoluble “¡¡!!oohhh, ya me acuerdo, es la chica que apareció en Tinelli, ooooohhhh!!!!”, grita a los cuatro vientos.

 

Ahora Rosa quiere que le confiese algo escandaloso. Me despacho relatando el cierre de una sala teatral, El Cuenco. Ella reclama una confidencia.

 

– “Hábleme del teatro de revistas o si Moria Casán es tan glamorosa como sale en la tele”, replica.

 

A riesgo de sucumbir, redoblo la apuesta. Le hablo de la jornada artística de resistencia al desalojo en Villa La Maternidad que se coronó con un guiso junto a los vecinos del lugar. La viejecita hace un largo silencio y antes que vuelva a cuestionarme prosigo, algo turbado. Saco a relucir el contacto con El Hombre Amarillo.

 

– “¿¿El hombre qué??” dice mientras parece imaginar a un ser estelar con forma humana y rasgos de androide.  

 

“No, no, nada de eso”, le respondo. El Hombre Amarillo es un colectivo artístico de hombres privados de su libertad que interpelan a los de afuera -es decir, a nosotros- con obras de una densidad estética comparable a la de artistas reconocidos. Nos comunicamos con ellos a través de un profesor de la UNC que les brinda clases en la Penitenciaria de Barrio San Martín.

 

– “¿Cómo? ¿Les enviaron una carta?” pregunta, desconfiada, sin dejar de lado el trato formal que siempre me dispensa.

 

– Claro, le digo. Enviaron un cuaderno con sus respuestas de puño y letra. El escrito contenía también una invitación personal para que yo vaya a visitarlos a la cárcel: la invitación era por demás sugestiva, casi una propuesta indecente que deseché de plano ante las cargadas de mis compañeros de laburo.

 

– “Yo sabía que todos esos sabandijas que están en la cárcel son unos degenerados. Menos mal nene, de la que te salvaste”, advierte Rosa con la certeza de quien conoce el paño.

 

Quiero contarle de Chun Wang, un pianista chino, virtuoso como pocos, que logró cautivar a las viejas paquetas del teatro San Martín pero me frena en seco.

 

Con cierto pesar Rosa mira hacia el suelo, vuelve su mirada hacia mi y dispara: “Ya entendí que es eso del periodismo cultural: son cosas que no salen en la tele”.

 

Me quedo en silencio pensando que la ambigua respuesta de Rosa es lo bastante certera como para dejar (nos) conformes.

Es tiempo de partir…

y me voy.

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Piernas, sudor y lágrimas

Buena parte de los mortales aborrecen practicar atletismo. Prefieren cualquier actividad aeróbica pero correr jamás. Por eso es que para muchos un maratón puede resultar una actividad intrascendente. Para acercarles otra mirada les dejo ésta crónica de una tarde cordobesa surcando el pavimento bajo un sol abrasador. 

Uno de los competidores, apurado por llegar a la meta.

Uno de los competidores, apurado por llegar a la meta.

 

La tarde del feriado es el marco ideal para disfrutar al aire libre. El cielo diáfano permite al sol desplegar su manto de tibieza mientras la gente se agolpa en el Parque Sarmiento.

La Municipalidad de Córdoba convocó a una maratón con nombre de fecha patria y nadie quiere estar ausente. Hombres y mujeres, niños y ancianos se ubican desordenadamente detrás de la línea de partida. Los muchachos saltan en el lugar y estiran sus piernas. Las mujeres cuentan con la vista a sus niños y estos, a su vez, verifican que los cordones de sus zapatillas no vayan a zafarse.

 

En el palco oficial, situado a la vera del trayecto, autoridades de la Secretaría de Deportes y Recreación intercambian saludos con los dirigentes de la Asociación Cordobesa de Atletismo.

 

Entre los presentes, una cabeza se distingue de las demás: Fabio “La Mole” Moli, el boxeador de Villa del Rosario, saluda al público y brinda palabras de aliento a los corredores desde un micrófono.

 

Sobre las veredas de la Avenida del Dante y entre los árboles del predio se ubican padres, hijos, hermanos o amigos de los maratonistas. Con cara de expectación buscan a sus seres queridos entre la muchedumbre que minuto a minuto se hace más nutrida.

 

 

La partida

El momento de la largada se acerca. El locutor ensaya la cuenta regresiva, los participantes se preparan. El aplauso del público aumenta la ansiedad. Un disparo de salva marca el inicio de la competencia, los más avezados toman la delantera.

 

El resto se mueve lentamente. Hay demasiadas piernas y poco espacio por donde circular. Algunos atletas experimentados, que arrancaron más atrás de lo deseado, se desplazan haciendo zigzag para superar a los primeros rezagados que obstruyen el camino.

 

La marea humana comienza a disgregarse y la circulación se torna más fluida al pasar frente al zoológico. El recorrido oficial tiene varias curvas y algunos maratonistas prefieren obviarlas atravesando los árboles del parque.

 

Quienes continúan por la traza original se quejan en voz alta del artilugio pero nada pueden hacer los banderilleros para detener el flujo incesante de personas.

 

Al llegar al Teatro Griego todo a retornado a la normalidad y cuando toman la curva para rodear el pulmón de la ciudad nadie intenta cruzar por el atajo prohibido.

 

Aunque el tránsito fue interrumpido con antelación algunos autos quedaron atascados por la competencia. En general, los ocupantes de los vehículos observan con cara de pocos amigos a los corredores. Los más ofuscados les tocan bocina.

La llegada

Los transeúntes, en cambio, optan por ubicarse en zonas privilegiadas para entretener a sus hijos con el espectáculo. Sentados en el cordón de la avenida Presidente Roca, detrás del Córdoba Lawn Tenis, dos niños discuten si ganará el atleta de musculosa amarilla o el que lleva una gorra roja, sin ponerse de acuerdo.

 

Los deportistas aceleran la marcha para escalar posiciones. La gente continúa apostada en los márgenes, junto a las vallas, alentando a quienes llegan. El locutor hace lo propio. Arriban los primeros y estalla la algarabía.

 

Los minutos pasan. Más atletas atraviesan la meta con igual ímpetu que el primero aunque con signos evidentes de cansancio. La prueba fue todo un desafío para quienes no entrenan regularmente. Junto al refrigerio cada deportista recibe su diploma de participación de manos de unas bellas promotoras.

 

Reina en el ambiente un clima festivo que trasciende a la competencia. Los vecinos disfrutan la tarde junto a los suyos. Luego vendrán los sorteos y la ceremonia de premiación de los ganadores. Se entonará el himno nacional y un anciano derramará algunas lágrimas embriagado por la emoción. 

Mi muerte en Internet

El Sauzal, España, el sitio de mi eterno descanso.

El Sauzal, España, el sitio de mi eterno descanso.

 

 

En adelante la desmesura será un blog póstumo. Resulta que estoy muerto y nadie tuvo la valentía de avisarme. Lo averigüé sólo, por casualidad, mientras hacía auto-googleo, ese deporte no reconocido como tal pero que en los hechos se practica para alimentar la pulsión narcisista.

 

  

Me rompí la cabeza pensando si soy la re-encarnación del sujeto fallecido con quien comparto el nombre pero las fechas no son coincidentes. Tampoco tiene coherencia pensar que era un pariente lejano porque revisé mi árbol genealógico y aunque siempre está próximo a marchitarse todavía soporta a los pocos que quedamos.

  

La posibilidad de un clon no resistía ningún análisis. Entonces comprendí. Comprendí que no había otra alternativa: estoy muerto y mi obituario se publicó el 15 de enero de 2002. Por aquellos tiempos yo creía tener todo bajo control para irme de vacaciones a pesar que Argentina se caía a pedazos con la crisis de 2001. Y me fui…pero al parecer solo tenía pasaje de ida.

 

Hago esfuerzos por recordar que ocurrió aquel 15 de enero. Todo resulta muy confuso. Pero la prensa no miente y así me lo hizo saber “El Día”, el diario de mayor tirada de las Islas Canarias (España).

En su sección ‘Esquelas’ del día de referencia, “El Día” publica con tinte trágico:

 

“El señor Don Sigifredo Sebastián (Conocido por Fero) ha fallecido a los 56 años de edad, después de recibir los Auxilios Espirituales”…

Pensé que me embargaría la tristeza… por el apodo: una evidente deformación del término cordobés fiero pero no fue así. Tampoco me importó la edad prematura del fallecimiento porque si había disfrutado mis 56 años no había porqué preocuparse.

Descanso sin paz

Los ‘auxilios espirituales’ si me impactaron: resulta que mis “hijas Carmen María, María José, María Soledad y Lidia Esther Rodríguez Pérez; hijos políticos, hermanos, hermanos políticos, nietos, sobrinos, primos y demás familiares” se encargaron de brindármelos pasando por alto mi reconocido ateísmo.

Para despejar cualquier duda sobre la cristiana sepultura que tendrían mis restos le añadieron la siguiente leyenda:

“(…) RUEGAN a sus amistades y personas piadosas una oración por su alma y la asistencia al sepelio, que tendrá lugar hoy lunes, a las 12.45 de la tarde, desde la cripta de la Casa de Acogida Madre del Redentor a la parroquia de San Pedro (El Sauzal), donde se oficiarán las honras fúnebres y a continuación al cementerio de esta localidad; favores que agradecerán profundamente”.

¿Pero es que no se respeta la última voluntad de un moribundo? La orden era clara: nada religioso y directo al horno crematorio. La bronca pasará… después de todo, el cementerio de El Sauzal resulta acogedor: emplazado al norte de “la isla de la eterna primavera” (en Tenerife, islas Canarias), se me permite pasear por el predio, jugar cartas con mis compañeros del panteón número 5 y asustar a los visitantes ingratos.

Sin embargo, ya nada es lo mismo después de seis años. Para describirles la situación en mi morada española les diré, parafraseando al Nano Serrat, que “si yo pudiera unirme / a un vuelo de palomas / y atravesando lomas / dejar mi pueblo atrás / os juro por lo que fui / que me iría de aquí / pero los muertos están en cautiverio / y no nos dejan salir del cementerio (sic)”.  

A la espera de que mi alma vuelva a acariciar la copa de los árboles y vagar por playas de arena infinita me despido desde El Sauzal. Hasta la próxima.

Posdata: Si aún no dejaste el pésame ésta es tu oportunidad de hacerlo al pie del texto. Por cierto, si el morbo te lo exige y querés leer mi aviso fúnebre podes ingresar a:

http://www.eldia.es/2002-01-15/ESQUELAS/esquelas307.htm