Archive for 30 octubre 2008

Éxodo forzado al atardecer

Vista reciente de la desparecida Villa Richardson

 

Quedé azorado. Mamá preparaba el mate cocido con pan mientras nos acomodábamos alrededor de la mesa. Seguíamos jugando y discutíamos sin ponernos de acuerdo.

 

 

El Leo, mi hermano, quería correr carreras con un autito en cada mano y yo con uno, nomás, total el mío le gana a cualquiera. De pronto nos detuvimos en seco. Un golpe lacerante recorrió la pieza.

 

 

Sólo en dos oportunidades había experimentado algo semejante. En una de ellas, papá anunció así su llegada antes de descargar los cartuchos de la escopeta contra un blanco móvil: mi mamá.

 

 

Por suerte esa tarde estaba lo suficientemente borracho cómo para que los tiros se perdieran por los techos. La última ocurrió cuando la policía vino a buscar al Tero, mi primo, por un choreo.

 

Está vez era distinto. Al ruido seco y cortante de la chapa desvencijada acude un sonido penetrante, marcado por la urgencia. Atinamos a cruzar miradas y el Leo me tomó la mano. Quiero abrazar a mamá pero ella camina hacia la puerta.

 

El golpe vuelve a estallar más fuerte que en la primera ocasión. Corrido el cerrojo, la hoja de chapa cede. No podíamos pensar. No sabíamos qué hacer. Una turba de policías armados y otros de civil nos obligan a salir. Mamá, fuera de sí, solloza. Se toma pequeñas pausas para gritar: “¡¡¿Ahora qué pasa?!! ¡¡¿Qué hemos hecho!!?”.

 

El Leo se quedó con un autito, lo esconde en su mano izquierda, tiene miedo y no quiero perderlo. No se donde está el mío. Temblamos sobre una pirca al lado de la polvareda que levanta la batalla campal. Seguimos la escena llenos de ira y rencor contenido. Entonces aparece.

 

Desde el acoplado de un celular policial se desliza por la rampa, gira a la izquierda y emprende una carrera desenfrenada contra el barrio. Tiene una boca enorme, dientes frondosos y afilados.

 

La pieza de Cuca y don Mario es su primera víctima. Tras dos zarpazos voraces se desploma como un castillo de naipes. Continua su marcha inexorable hiriendo de muerte la casa de la Mari, le sigue la del tío Juan. La casilla del viejo Lucho casi no opone resistencia.

 

El otro

El clima es tenso. Algunos ocupantes se resisten con violencia, parapetados en los ranchos, gritando sus razones ante la mirada petrificada de mis compañeros de la seccional.

 

El Subcomisario nos organizó en dos grupos: la mitad hacemos una barrera de contención para que no pasen los villeros y los demás se encargan de desalojar a los que quedaron en las casillas, si es necesario por la fuerza.

 

Por seguridad conducimos a los menores hacia la entrada del asentamiento mientras otros sujetos no identificados de sexo femenino y algunos septuagenarios intentan desbaratar el operativo. 

 

El Sub vuelve sobre sus pasos y supervisa cada movimiento desde lejos, no se quiere ensuciar las manos. Menos ahora que llega la televisión. Observo a mis superiores, los invade la satisfacción: la tarea es un éxito.

 

A la espera de una provocación, entre gestos adustos y sonrisas cómplices, vigilamos de cerca, sin perder pisada, esperando un paso en falso para descargar la furia contenida. Nada de eso ocurre. Los villeros quedan perplejos. No tienen más fuerza para pelear.

 

Un silencio espectral se apodera del lugar. El tiempo queda suspendido hasta que un grito bañado de dolor quiebra la espesura del aire. La tierra parece partirse al medio y la ex Villa Richardson muestra su rostro más siniestro.

 

Aquel llanto del alma comienza a tener eco entre las mujeres. Catarsis de impotencia que dura apenas unos segundos, lo suficiente para hacerles recobrar la respiración.

 

 

Los subimos a los móviles. El personal del Ministerio de la Solidaridad les promete otro barrio, casas nuevas, un título de propiedad. Parten raudamente hacia los suburbios del sur donde está el nuevo asentamiento construido por el gobierno. Me quedo haciendo los trámites de rigor. Nunca volví a saber de ellos.

 

 

 

 

 

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Un mundo sin (fanáticos) de perros

Benyi: el perro de la discordia familiar.

A propósito del blog de Iván Ferreyra, me pregunté que pasaría si se extinguieran todos los ultra-fanáticos de los perros que se ocupan de hacer desagradables a las mascotas cuando no lo merecen. ¿Porqué una embestida contra los canes si la culpa es de quienes les dan de comer?

Estos amantes de los perros sin carné de club de fan a la vista pero con una conducta militante cuasi insoportable asumen conductas fácilmente reconocibles.

  

Sus únicos temas de conversación pasan por…su perro; que come o deja de comer; cuando ladra o bosteza y los momentos y/o lugares que elige para hacer pipí o popó.

 

Sus actividades favoritas siempre incluyen a la mascota: sacarle fotos con todos los conocidos posibles y crear un fotolog donde otros supuestos perros opinan sobre los atributos del can; hacerlo “hablar” por teléfono con la “mamá”  o el “papá” (en general, cuando alguno se ausenta); intentar conseguirle “amigos” entre las mascotas del barrio…siempre que eso no incluya a la chusma perruna que no tiene raza definida o demasiada inclinación al sexo; armar paseos -desde ir al super hasta salir de vacaciones-; festejar su cumpleaños y tirar la casa por la ventana en el día del animal.  

 

  

 Cuando se trastocan los roles y el perro se vuelve un integrante más de la familia, ahí el tema se complica. La humanización del can es, en realidad, la contracara del verdadero fenómeno: la animalización del supuesto amo.

  

Entonces, si sos cargoso con tu perro y le bancas todo, no podes desconocer el ranking perruno de las asquerosidades más frecuentes:

  

1. Dormir con él/ella. L@ queres tanto que l@ metes en tu cama y se vuelve tu peluche ¡vivo!. La desventaja: el olor a perro no lo sacas nunca más y te acostumbras a descansar entre pelos ajenos ¡qué horror!.

  

2. Parir con el/ella. Si es macho, vas a parir todas las calenturas del semental: si no encuentra una compañera gauchita es posible que se desquite con un trapo de piso o la pierna de un amigo o familiar cercano. Si tenes perra cruza los dedos para que saques muchos cachorros y te llenes de guita. Pero si la agarra algún ejemplar callejero vas a putear como loco.  

 

  

3. Compartir la comida. Es de los menos recomendables. Consiste en aprovechar tu almuerzo o cena para acercarle el tenedor o la mano con lo que hay en tu plato. También podes arrimar tu plato y que le pase lengüetazos.

 

  

4. Baño conjunto. Si se te ocurre matar dos pájaros de un tiro recorda que usar el mismo jabón puede traerte picazón en zonas difíciles y nadie va a creerte la historia del perro.

 

 

Cuando caes en la cuenta ya es demasiado tarde: te convertiste en el humano-mascota de tu perr@ y construís tu vida alrededor de él.

Ahora llegó mi turno, voy a cuidar el mío, que no quiero escucharlo ladrar. “¡Me parte el corazón! ¡ pobrecito!”…

Peregrino

fugacidad viajera

fugacidad viajera

Quiero ser un peregrino,

 

hacer de mi

un espíritu errante

Latente en las sombras,

ebullición en puerta,

tormenta de verano

que aguarda en su sitial.

 

Tomar el camino

subir una cuesta

incursión en la selva

                       hacia ningún lugar.

 

La urgencia del tiempo  

las ansias que vuelven

Los sueños son uno:

                                el viaje, la tierra, las sombras, el mar.

 

La sal de la vida,

los surcos,

las grietas,

el mundo se abre

                            y llama a volar.

La Gloria de Vanesa

Mi pequeña aldea es un edificio de trece pisos: un muestrario de cualquier barrio apilado pero con sus dinámicas propias debido a la cercanía de las viviendas.

Edificio corporativo de Vanesa.

Edificio corporativo de Vanesa.

 

 

Las paredes no sirven de gran cosa para resguardarse de miradas y oídos ajenos: llegué a conocer aspectos tan sórdidos de la vida privada de mis vecinos que hubiera deseado no escuchar jamás.

 

Uno de esos personajes inclasificables se llama Gloria. Gloria es podóloga -jamás debe confundírsela con una pedicura, a riesgo de sufrir un gualicho- y vive en la planta baja.

Desde que la conocí, unos cuantos años atrás, arrastra una cara de amargura que desde un primer momento atribuí a su angustiosa soledad.

 

Tiene una marcada inclinación hacia las artes culinarias que deja traslucir en los intensos aromas que inundan el hall de ingreso a la torre. A cualquier hora. De día y de noche.

 

Quizá sea una estrategia para conquistar algún hombre desprevenido: siempre me pregunté si usa o no guantes para tratar los pies de sus clientes y la más tímida duda me quita el apetito. 

 

 

El caso es que Gloria era socia de Vanesa, una mujer despierta y con veinte primaveras menos. Juntas vendían bijouterie a otras mujeres como ellas hasta el día en que a Vanesa se le ocurrió un ambicioso proyecto.

 

Gloria decidió abrirse y la sociedad se disolvió. Hoy, Gloria sigue manipulando pies ajenos en un departamento de dos ambientes, su gesto adusto se endureció.

 

VANESA ahora es una marca registrada y DURAN-te el último lustro amasó una pequeña fortuna que le permitió levantar un edificio corporativo en el centro de la ciudad…a sólo 50 metros de la casa-consultorio de Gloria.

 

Las ex socias ya no se hablan ¿Hace falta explicar porqué?